OBITUARIO
O galeguismo de Pepe Cotarelo
OBITUARIO
Conocía a Marisa de siempre no solo por un no tan lejano parentesco de parte de su padre Julio Amor Outeiriño, ese inolvidable docente de la entonces delegación de Industria que tenía competencias que hoy asume la DGT, si no por su cercanía y algunas coincidencias en cualesquiera sociales aconteceres.
Con Lalo Arce formaba Marisa una ejemplar pareja, atractiva y elegante; podría decirse que de moda por aquellos tiempos en los que lucían su palmito. Constituía una de ésas, ejemplo de amor e indisoluble unión.
Alegre, dispuesta, simpática, amable, graciosa, siempre de buen humor; así recordaremos a Marisa Amor, que sobrados méritos al apellido hacía, la cual deja una secuela con todavía más atributos
Marisa Amor, de incansable jovialidad, de la palabra siempre amable para con todos, ocurrente, que desprendía una empatía especial que la hacía diferenciarse de tantos, llevó en estos últimos tiempos con tal discreción su enfermedad que solamente conocida por unos pocos, y que ella sobrellevaba con una entereza y dignidad encomiables. Era querida por sus muchas amigas, por todos los que la conocían, por su cercanía y bondad. Y esto se comentaba en sus funerales entre la mucha concurrencia de familiares y amigos que se vieron en la iglesia de los Franciscanos con la que tenía gran conexión.
Esa Marisa festiva, risueña, dispuesta a asombrarse de todo lo que le contases, de la que la prima Maribel Outeiriño hizo una amena semblanza de cuando ellas jóvenes, amigas y desenvueltas, estaban en lo que se dice la movida ciudadana. Se podría decir más de esta amante esposa y madraza de cuatro hijos, que la lloran. Una católica convencida y coherente con sus principios. Una mujer moderna, en suma, y tolerante, a la que su fe no impedía ir con los tiempos.
Si la fe dicen que ayuda, nuestra Marisa la poseía en grandes dosis, lo que le habrá valido en su vital tránsito. Imaginarla en ese otro paraíso de los que creen es como verla desenvolverse con tanta desenvoltura cuanta por entre nosotros desplegó. Y con este recuerdo de bondadosa madre deben de quedarse sus hijos Patricia, Begoña, Lalo y Jesus, y sus ocho nietos, todos ellos impregnados de esa vitalidad que emanaba.
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