Muere a Luis García Fernández, el policía nacional de Ourense a quien no se le escapaba nadie

OBITUARIO

Luis sabía mirar, escuchar y relacionar pequeños indicios que para otros pasaban inadvertidos. Poseía un conocimiento del terreno que no se adquiere únicamente en los manuales, sino trabajando cada día y prestando atención a todo cuanto sucede alrededor.

Luis García Fernández, el policía nacional a quien no se le escapaba nadie
Luis García Fernández, el policía nacional a quien no se le escapaba nadie | La Región

Ourense despide a Luis García Fernández, policía nacional jubilado, muerto a los 63 años. A lo largo de su trayectoria pasó por destinos como La Jonquera, en Girona, antes de desarrollar la última etapa de su carrera en la Comisaría Provincial de Ourense. Allí prestó servicio en la UDEV —Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta— y, posteriormente, en el Grupo de Informes, hasta que una dolencia cardíaca lo obligó a jubilarse antes de tiempo.

Luis pertenecía a esa clase de policías que conocían la calle de verdad. Tenía una memoria privilegiada y una capacidad extraordinaria para reconocer a los delincuentes habituales de la zona. A veces le bastaba una forma de caminar, una determinada vestimenta, un gesto o una manera de actuar para intuir quién podía encontrarse detrás de un hecho delictivo. Conocía sus costumbres, sus movimientos y su modus operandi. Era capaz de identificar a una persona con una rapidez que difícilmente podía igualar cualquier base de datos.

Aquel instinto no era casual. Era el resultado de muchos años de experiencia, observación y buen hacer profesional. Luis sabía mirar, escuchar y relacionar pequeños indicios que para otros pasaban inadvertidos. Poseía un conocimiento del terreno que no se adquiere únicamente en los manuales, sino trabajando cada día y prestando atención a todo cuanto sucede alrededor.

Su esposa, Ana, recuerda que cuando caminaban juntos por las calles de Ourense era habitual que los delincuentes conocidos de la ciudad se detuvieran a saludarlo. Lo hacían con el respeto que inspira un policía que cumple con su deber, pero que también sabe tratar con corrección y dignidad a las personas con las que interviene. Luis hacía cumplir la ley con firmeza, sin renunciar nunca a la educación y al trato humano. Ese equilibrio le permitió ganarse el respeto de sus compañeros y también el de quienes, desde el otro lado, sabían perfectamente cuál era su función.

Fuera de esa vertiente profesional, destacaba por su carácter abierto y por su facilidad para relacionarse con personas de cualquier lugar. Quienes coincidieron con él durante sus años en La Jonquera todavía recuerdan una anécdota que lo retrata perfectamente. En una ocasión, durante un servicio, se desplazaron hasta un pueblo formado por apenas tres o cuatro casas. Incluso en un lugar tan pequeño y apartado, Luis conocía al propietario de una granja situada a la entrada. Allí donde llegaba siempre encontraba una cara familiar, alguien con quien detenerse a hablar o una historia compartida.

Era una persona alegre, cercana y con un enorme sentido del humor. Siempre tenía una sonrisa para los demás. Esa naturalidad en el trato, además de hacerlo muy querido entre quienes trabajaron con él, fue también una de sus mejores cualidades como policía.

Sus problemas de corazón fueron apartándolo antes de tiempo de la profesión a la que había dedicado buena parte de su vida, pero no borraron el recuerdo que dejó entre sus compañeros: el de un policía observador, intuitivo y conocedor del oficio, pero también el de una buena persona que sabía ganarse el afecto de quienes lo rodeaban.

Hoy lo despiden su familia, sus amigos y cuantos compartieron servicio con él. Se marcha un policía de los que conocían la calle y entendían el oficio; un hombre cercano, alegre y difícil de olvidar.

Descanse en paz, Luis.

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