Luis Menéndez Pérez, mucho más que empresario, padre de familia que irradiaba humor e ironía

Obituario

Chicho Outeiriño dedica unas palabras de despedida a Luis Menéndez, recientemente fallecido

Luis Menéndez Pérez.
Luis Menéndez Pérez.

Con un sentido del humor capaz de soportar tempestades, aunque nunca llegarían a ese estado las que él afrontó, Luis era desde joven ese curtido en los negocios familiares de los grandes almacenes de los entonces llamados coloniales que bajo la firma de Menéndez y Cía nosotros conocíamos por los Aragoneses, que tal vez no por proceder de Aragón (si acaso porque importadores de ingentes cantidades de garbanzos de las provincias aragonesas, como un día me contó Luis), que de Asturias, sí, se habían establecido dos hermanos, Adolfo y Anselmo Menéndez. Nosotros en la barriada de A Carballeira y aguas abajo, donde establecidos, conocíamos el tramo en subida del Posío al cruce de Piñor por la cuesta de los Aragoneses.

Recuerdo las muchas paradas que mi padre, desde La Región en la calle de Alba, hacía en su andar entre su vivienda y periódico como una obligada parada en los Aragoneses para conversar con los dichos, y, extraer de sus agudezas, material para sus artículos en Márgenes, mientras en llegando las Navidades encargaba por sacos higos pasos y uvas para su numerosa prole. Luis no era ajeno a aquellas charlas de paso, como agudo observador que era, cultivando su finísimo sentido del humor, sin concesiones a lo grueso, que le valdría en su cursus vitae para ir forjándose formando una familia con Julia Villalva, de otra numerosísima de catorce hermanos, que huella en la ciudad dejaron, y él deja con otra numerosa muy reconocida con Luis, ese inquieto periodista de TVG, afamado por sus reportajes de la emigración gallega por el mundo, y algunos libros publicados; de Julia y María, profesora y enfermera; de Anselmo, el único letrado de la familia; de Andrés, profesor de música en un Instituto de Toledo, o de Carlos reconocido médico con cargos en el Sergas, hijos todos de esa madraza que es Julia, de la que podría decirse que fémina por demás inquieta y andariega, lo que por familiar genética le viene

Le perdimos un poco la pista a Luis cuando el negocio familiar de aquellos almacenes alimenticios se cobijó en una gran edificio en el Posío cuando el comercio se engrandeció y Luis, por bregador y conocedor del ramo, asumió la condición de gerente de la empresa, que se convertiría en una referencia dentro de eso que llamamos productos alimenticios.

Un reencuentro, por esos azares que la vida depara, bastó para que se uniera a un grupo de caminantes que cada domingo vagábamos por la provincia, y donde él con poca apariencia de caminante cumplía con ese pasear de hasta 20 kilómetros a través de corredoiras, senderos o por las montañas del Xurés, San Mamede, Martiñá donde una vez a las puertas de una aldea, sedentes, de campestre comida, y sedientos, por faltos de agua, demandó de una vecina de provecta edad, al pairo, si se podía beber el agua que manaba por una canalillo: ella le contestaría: Hai, señor, ela por onde pasa, molla; sin otra desapareció de nuestra vista dejándonos en un mar de sed y de no menos dudas. El Menéndez, como Julia le llamaba, era estimulado continuamente por esa esposa al ánimo de ¡Vamos, Menéndez!; y Luis respondía y se dejaba mecer por algún empujoncito en cuestecillas que el jadeo demandaban, pero, animoso, nunca dejaría de ser de los fijos de esas andaduras por la provincia a las que no arredraban ni las lluvias, que para eso el paraguas, a pesar de calzar o botas de gruesa badana o zapatillas de más fina sensibilidad. Ese curtido caminero le serviría para afrontar el Camino Francés más allá de Roncesvalles, trepando desde Saint Jean Pie de Port, en Francia, hasta el famoso paso, dando un sonoro tropezón, del que, magullado, no impedido sería de continuar al siguiente día.

Irónico, a veces socarrón con quien se lo merecía, del Menéndez, habrían de contarse innúmeras anécdotas, insospechadas para quien la imagen daba de serio empresario y del que jamás podría sospecharse, si no con el trato amistoso, tamaño carácter que hacía del finísimo, o más bien agudo sentido de un humor, capaz de extraer la parte humorística de cualquier situación

Amante y sensible de la música clásica, de las conferencias o foros, era de los habituales con su inseparable Julia en conciertos que las extintas Filarmónica o sin Batuta organizaban en el paraninfo del Instituto Otero Pedrayo o los salones del Liceo o las butacas del Teatro Principal.

Una larga y fructífera vida, avistando la centena, para quien formó un entorno inigualable de familia y amigos, que enemigos nunca podrían imaginarse para quien tan moderado, perdonador de los excesos, diestro para sacar punta al instante a cualquier situación y presto a moderar relativizando cualquier conducta.

Amigo Luis, siempre en ti hallé alguna esperanza de advenimiento post mortem, aunque no fueses dado a pías prácticas, si no que el ejemplo fue tu mejor aporte, que como resultado alumbró esa familia de hijos, notables ciudadanos, alejada de cualquier triunfalismo como herederos también de esa estirpe Villalva que lucieron esa afición o amor por los deportes que impregnó desde los padres fundadores a toda una estirpe de ya nietos y aun biznietos con ese distintivo hasta más allá del tono de voz, aunque en jocoso tono dijeses: esos Villalva están tolos.

Luis, dentro de ese humor tuyo, vagabas en nuestras caminatas con paradas en iglesias y cementerios donde te detenías para averiguar la media de edad de los fenecidos, acaso para establecerte en el lugar con ánimo de alcanzar una longevidad a la que llegaste desde tu morada en los altos da Valenzá y la ahora no menos de la Rampa de Sas.

Imborrable y generoso Luis que te fuiste en la paz de tus lares no sin antes legar a tus hijos carácter, profesión y amor a la familia cual alongado distintivo de tu bonhomía.

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