Moda y apropiación cultural, el debate

Desde los mocasines de las tribus americanas hasta los kimonos que llegaron con la Ruta de la Seda, la historia de la moda ha sido un constante intercambio entre civilizaciones, una práctica en ocasiones acusada de apropiación cultural, un fenómeno más allá de la línea que separa la inspiración de la trivialización de un pueblo

Moda y apropiación cultural
Moda y apropiación cultural

Aunque todas y cada una de las prendas que vestimos hoy en día tienen, o bien su origen directo o sus formas primigenias, en algún rincón del mundo y, por lo tanto, responden a una civilización o pueblo determinado, son muchas las ocasiones en las que la industria ha sido acusada de apropiación cultural. Se torna complicado así establecer el lugar en el que trazar esa línea que separa la inspiración del robo a la identidad y las marcas no siempre han sabido gestionarlo como es debido.

¿Qué es?

Como el propio término sugiere, la apropiación cultural se considera como la adopción de elementos propios de una cultura -vestimentas, estética corporal, música, rituales, símbolos…- de forma irrespetuosa. Por lo general, la apropiación suele partir de una cultura o colectivo dominante sobre otro que históricamente ha sido oprimido o no ha gozado de tanta influencia.

Ahí de hecho está la clave, en hacerlo sin permiso o sin tener en cuenta su significado original, de modo que no se realiza de forma horizontal, sino que se descontextualiza y se desproviste de sentido histórico o simbólico para relegarlo a algo puramente estético.

Nace en este punto el gran debate. ¿Cuándo es inspiración y cuándo apropiación? En el caso de la inspiración, basar los diseños en prendas propias de una cultura ayuda a difundirla y ensalzarla a nivel global. En el caso de entenderlo como apropiación cultural, los argumentos en su contra la acusan de trivializar los rasgos estéticos que definen a un pueblo.

Los mocasines de las tribus americanas convertidos en el calzado más pijo de Inglaterra. Las bermudas de las islas del mismo nombre reinando en los armarios de los alemanes que se jubilan en el Mediterráneo. Las faldas escocesas en los uniformes escolares de buena parte de la población más joven… Los ejemplos de prendas comunes hoy en todas las calles del mundo occidental son muchísimos y ninguno de ellos ha sido acusado de apropiación cultural, sino como un intercambio propio del avance de la globalización.

Algunos ejemplos

Ese intercambio cultural no es nuevo, pero los casos acusados de apropiación cultural han sido numerosos en los últimos años por parte de las más grandes casas de moda que no han sabido, o bien comunicar su mensaje de inspiración o bien seguir un proceso creativo riguroso en el significado de determinados símbolos.

Uno de los ejemplos más famosos fue el del keffiyeh de Louis Vuitton, un pañuelo de más de 700 euros inspirado en la pañoleta palestina, símbolo de la independencia del territorio árabe que, a juicio de su pueblo de origen, fue banalizado con el logotipo de la marca francesa despojándolo de su simbolismo político.

Fue en 2021, pero 27 años antes años antes Chanel había causado un revuelo internacional al utilizar versos del Corán como estampado de algunos diseños. Los musulmanes lo consideraron una alta ofensa a la que Karl Lagerfeld decidió hacer frente prometiendo quemarlos.

Los trajes tradicionales también han sido objeto de este tipo de debates. Le ocurrió a Isabel Marant en 2015 con bordados de la de la comunidad Mixe de Santa María Tlahuitoltepec en México con un escándalo de tal magnitud que incluso tomó partido el propio gobierno del país americano. Al go similar ocurrió con Louis Vuitton en 2012 y Valentino en 2016, ambos empleando estampados de las tribus masái de Kenia y Tanzania, que dio lugar a la Maasai Intellectual Property Initiative (MIPI), un proyecto para registrar y proteger legalmente la iconografía de este pueblo y exigir regalías.

En esta línea transcurrió también la polémica de Dior en 2017 al utilizar abrigos idénticos al traje tradicional rumano conocido como Cojocel de la región de Bihor, vendiéndolos a precios exorbitantes. La crítica señaló que los artesanos de Bihor, los custodios del diseño, no recibieron ningún beneficio económico por la mercantilización de su herencia, mientras que la marca capitalizaba su arte.

Más allá del textil, las acusaciones de apropiación cultural también se extienden a otro tipo de símbolos asociados a culturas racializadas. Dos ejemplos: las rastas postizas de Marc Jacobs en 2016, un icono de pueblos afroamericanos en un desfile dominado por modelos de raza caucásica; o las trenzas masai de Valentino ese mismo año.

Pero decíamos que no se trata de un fenómeno para nada novedoso y prueba de ello son las prendas orientales que llegaron a Europa con la popularidad de la Ruta de la Seda y que eran lo más entre las mujeres de las altas esferas de principios del siglo XX. Saris o kimonos son dos de esas prendas. Décadas después, la estétita hippie puso su foco en los chalecos, bordados y vestimentas de países como Afganistán e India como gesto de rechazo al consumismo occidental que derivó en una mercantilización masiva de ropas tradicionales sin importar su significado.

Estos son algunos ejemplos de ocasiones en las que la inspiración ha trascendido los límites para convertirse en apropiación cultural. O al menos así lo han sentido las comunidades de origen de una estética determinada. Las claves para evitarlo y subsanar este debate parecen estar en dos factores: el respeto y el crédito.

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