La nostalgia del 2016 está de moda

Si en 1999 temíamos que los ordenadores volvieran al pasado, en 2026 hemos sido nosotros quienes pulsamos el botón de vuelta a 2016 para rescatarnos de la estética algorítmica, desde el fenómeno de las búsquedas de archivo al regreso de las zapatillas con cuña y un caos visual que se ha convertido en el nuevo uniforme de la moda

Gigi Hadid en 2016
Gigi Hadid en 2016

Durante los últimos meses de 1999 el mundo entró en pánico. Lo bautizaron como efecto 2000 y se basaba en el temor de que los sistemas informáticos globales no fuesen capaces de concebir que se acababa el siglo XX y regresasen de vuelta a 1900. El último diciembre de los 90 terminó y los ordenadores fueron perfectamente capaces de interpretar que detrás llegaba el siglo XXI. Y eso en un momento en el que la totalidad de nuestras vida no estaba supeditada a un lenguaje de ceros y unos. 

Sin embargo, este año sí que ha ocurrido. Desde el primer minuto del recién estrenado 2026, las redes sociales se volvieron locas y regresaron de forma automática a 2016. No fueron los cien años que se temían del efecto 2000 pero sí una década en la que internet ha cambiado mucho y, con él, nuestra propia identidad. Alimentados por esa nostalgia de un tiempo en el que la tiranía del algoritmo todavía no nos había infectado, la moda también está mirando atrás. Pero, ¿cómo éramos hace diez años estilísticamente hablando?

El relax por bandera

Era un tiempo, el de 2016, en el que la moda era todo menos “silenciosa”. Antes de que el minimalismo clínico y la obsesión por el lujo sin parecerlo borrasen a grandes rasgos la personalidad de nuestros armarios, existió un año donde el exceso, la mezcla incoherente de texturas y el postureo analógico reinaban sin oposición. Hoy, exhaustas de las microtendencias imposibles e innecesarias y de la velocidad a la que caduca todo, la industria ha decidido que la mejor forma de avanzar es, precisamente, mirar diez años hacia atrás.

El fenómeno, bautizado por muchos como el “gran reinicio estético”, ha transformado las redes sociales en una pasarela de archivo. Lo que comenzó como un movimiento nostálgico de la Generación Z en TikTok ha terminado por asaltar los departamentos creativos de las grandes maisons. 

Así, tras años de dictadura de los tonos neutros y los básicos elevados, el consumidor de 2026 sufre fatiga estética. La respuesta ha sido un regreso al caos controlado de mediados de la década pasada. Las búsquedas de pantalones rotos han aumentado un 60%, mientras que el interés por los pantalones pitillo desafía todas las predicciones que los daban por muertos.

Sin embargo, no es un regreso literal, sino una reinterpretación. El estilo indie sleaze y el soft-grunge de la era Tumblr han vuelto con una fuerza renovada. Ya no buscamos la cohesión, sino la experimentación. En las calles de Madrid, CDMX o Nueva York, los culottes de tejidos llamativos conviven con camisetas de Topshop x Christopher Kane, creando una amalgama de texturas.

Uno de los síntomas más claros de esta fiebre es la obsesión por los accesorios que definieron la década anterior. Los datos de Google no mienten. El bolso Speedy de Louis Vuitton ha experimentado un repunte del 40%, seguido de cerca por el icónico Phantom de Céline de la era de Phoebe Philo, cuyas búsquedas han subido un 52%.

Pero si hay un retorno que ha dividido a la opinión pública es el de las zapatillas con cuña. Las Bekett de Isabel Marant, que durante una década fueron el símbolo de lo pasado de moda, vuelven a ser el objeto de deseo. Junto a ellas, las botas mosqueteras reclaman su espacio, aunque llegan con matices. En 2026 el consumidor huye del ante desgastado de 2016 para abrazar acabados en piel y diseños más estructurados.

La moda es cíclica no solo en sus prendas, sino en sus estructuras. Y, en este caso, se da a partir de una curiosa coincidencia histórica. 2016 fue un año de rupturas y relevos masivos, con Hedi Slimane dejando Saint Laurent y Maria Grazia Chiuri llegando a Dior. En este último ciclo de 2025-2026, la industria ha vivido un sismo similar.

Grandes casas como Balenciaga, Loewe y Versace han atravesado cambios creativos que parecen espejos de los ocurridos hace diez años. Esta inestabilidad en las cúpulas suele preceder a eras de gran creatividad y el resultado actual es una invitación abierta a la “moda de archivo”. El lujo ya no se mide por lo nuevo, sino por la capacidad de rescatar y dar un nuevo contexto a lo que ya fue icónico.

¿Qué rescatamos?

A pesar de la euforia, el criterio del 2026 es selectivo y no todo lo que brilló en 2016 merece una segunda oportunidad. De este modo, regresan con fuerza tendencias como las chaquetas bomber o la estética lencera. Pero, ¿por qué la moda de 2016 nos hace sentir seguros en 2026? Quizás porque fue la última época donde vestirnos era un juego y no la búsqueda de un estatus algorítmico. Al ponernos un choker o unos skinny jeans, no sólo estamos siguiendo una tendencia, sino también intentando recuperar la ligereza de una era donde Instagram era un lugar para publicar fotos borrosas de atardeceres y no un catálogo de ventas mediado por IA.

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