La vida real revoluciona la pasarela

En tiempos de incertidumbre global, la moda ya no puede limitarse a ser únicamente estética. En medio de crisis geopolíticas, tensiones económicas y una creciente conciencia medioambiental, cada desfile se convierte en algo más. Bajo esa premisa, Prada ha vuelto a situarse en el centro del debate al transformar el cotidiano gesto de vestirse por capas en una declaración cargada de simbolismo

Desfile de Prada en la Semana de la Moda de Milán
Desfile de Prada en la Semana de la Moda de Milán

En un contexto de crisis geopolítica que amenaza con remover los cimientos de la sociedad y con la espada de Damocles de la moda como segunda industria más contaminante del planeta sobrevolando a la industria en todos sus movimientos, la vida real de cualquier mujer ha sido la inspiración de Prada para ofrecer un desfile con el que han llenado titulares.

El escenario ha sido la Semana de la Moda de Milán, donde, en un alarde de creatividad, Miuccia Prada y Raf Simons, directores creativos de Prada, han empleado matemáticas básicas para multiplicar sus diseños. La fórmula consistió en ordenar los factores en base a un juego de capas, sumándose a esa tendencia bautizada como “layering” que tan bien ejercemos por obligación cualquiera de nosotros en las estaciones de entretiempo.

Fueron un total de 60 los estilismos presentados sobre la pasarela italiana, algo en línea con la propuesta de cualquier otro diseñador. Pero lo hicieron con tan sólo 15 modelos, desfilando cuatro veces cada una y dando como resultado esas seis decenas de looks. Así, al primer modelito de cada una le fueron restando piezas en sus apariciones posteriores disponiendo de un 90 segundos -ni uno más- para modificarlo. Prada convirtió el vestirse a capas en un espectáculo y el mundo real no tardó en hacerse eco. Quizás porque todas nos vimos reflejadas en ese ejercicio de buscar diferentes combinaciones para aprovechar al máximo el potencial de nuestros armarios sin necesidad de caer en el consumo excesivo que siempre rodea a la moda.

A esta propuesta de intenciones circulares hay que sumar el desgaste. Y quizá ha sido este el punto más polémico de la cuestión. El planteamiento con el que partían Prada y Simons era el de ejemplificar los efectos del uso en las prendas, incluso aquellas que pasan de generación en generación. Se valieron de la filosofía de lo imperfecto traducida en zapatos sucios, prendas mal acabadas o dobladillos sin coser. Mientras su objetivo era el de alabar a piezas con múltiples vida, que se heredan y sobreviven al paso del tiempo, el mensaje no fue recibido así por todos.

Algunas voces han encontrado en cierto modo insultante e inmoral esa referencia romántica a la pobreza con prendas que llegarán a las tiendas superando el salario medio de la mayoría en un momento en el que millones de personas en el llamado primer mundo tienen que hacer números para cubrir sus necesidades básicas. Ya no hablemos de cuántos pueden comprarse un Prada… Por eso, en tiempo convulsos, tanto en lo bélico como en lo ecónomico, pero también en lo social, convertir los rasgos estéticos de los que menos tienen en un fetiche ha provocado opiniones contrapuestas.

Sea como fuere, no es la primera vez que Miuccia Prada apela a los símbolos de la clase obrera como leit motiv de sus colecciones. Recordemos las famosas batas de toda abuela en la cultura mediterránea con las que sus modelos desfilaron en la colección primavera-verano 2026. En esta ocasión, más allá de ese uso desvirtuado de la crisis mundial como elemento estilístico, han creado propuestas muy realistas que cualquiera podría llevar un día de mayo o de octubre. Se trataba de mostrar el potencial de cada prenda a través de diferentes combinaciones partiendo de siluetas relajadas en un ejercicio de economía de prendas y una oda a la creatividad.

Bien es cierto que, aunque novedosa, su propuesta no ha sido tan innovadora. En 2019 el español Moisés Nieto ya hizo algo parecido. En su caso, el desfile de la colección otoño-invierno de aquel año empezó con modelos muy sencillo para ir añadiendo capas y más capas a medida que avanzaba el desfile, en una crítica al consumo desmesurado y a la necesidad que nos provoca la industria y sus aliadas redes sociales de comprar y comprar para no quedarnos nunca fuera.

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