Siempre hacia el Atlántico

Publicado: 19 jul 2026 - 08:11 Actualizado: 19 jul 2026 - 12:17
Opinión en La Región.
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Como ourensana de manual, cuando llega el verano pongo rumbo a las Rías Baixas. No necesito aeropuertos, husos horarios ni destinos de Instagram para que el cerebro me haga clic vacacional. Me basta con conducir hacia el mar y hacer la primera parada en A Cañiza. Hay quien inaugura con un baño o una barbacoa; yo lo hago con una tosta de jamón y café. Mi particular kilómetro cero.

Las vacaciones comienzan oficialmente cuando llego a San Vicente do Mar. Pero, si soy sincera, empiezan mucho antes: en esa carretera que desciende hacia la costa, en el primer olor a mar y en la certeza de que, un año más, el Atlántico sigue esperándome.

Algunos lugares se visitan. Otros, sin hacer ruido, acaban por habitarnos. Para mí, ese lugar es San Vicente do Mar, en O Grove. No sé exactamente cuándo ocurrió. Tal vez fue aquel primer amanecer respirando salitre entre los pinos. O una tarde cualquiera, caminando sin rumbo por el paseo de tablas mientras el océano rompía abajo con esa mezcla de violencia y ternura que solo él conoce. Quizá fue cuando entendí que hay paisajes capaces de enseñarnos otra manera de mirar el tiempo.

Vuelvo cada verano con la certeza de que ciertos lugares no se agotan nunca. Son eternos. Todo permanece y, sin embargo, nada es igual. Las calas siguen entre las rocas, diminutas, casi secretas, con ese agua transparente que parece guardar la memoria de todas las mareas. Los pinos continúan inclinándose hacia el océano, resignados al viento. Y el paseo de tablas sigue ahí, suspendido entre la tierra y el mar, como si hubiera sido construido para recordarnos que la belleza también puede recorrerse despacio.

Durante mucho tiempo fui de las que llegaban tarde a la playa, cuando el día ya había despertado del todo. Hasta que mi hermana Lucía, empeñada en descubrirme otra forma de mirar, me descubrió un secreto que el mar reserva para quienes madrugan. Desde entonces, levantarme temprano dejó de ser un sacrificio para convertirse en un privilegio. Hay una hora en la que A Lanzada todavía se pertenece a sí misma. La arena permanece intacta, el viento camina solo y el océano respira con una calma solemne, ajeno al bullicio que llegará unas horas después. Descubrir esa playa casi vacía fue como encontrar un lugar distinto escondido dentro del mismo paisaje.

El frío deja de doler y empieza a cobrar sentido. No conozco ninguna sensación comparable. Es como si el mar borrara de un golpe el cansancio acumulado durante todo el año. Como si la piel despertara después de meses dormida. Como si el agua helada arrastrara también las preocupaciones, las prisas y el ruido.

Caminar entonces por la orilla es una experiencia difícil de explicar. El agua lame la arena con una cadencia hipnótica. Ninguna ola rompe igual. Las gaviotas aún parecen desperezarse. El horizonte se estira hasta confundirse con el cielo y una tiene la absurda sensación de que el mundo acaba de ser creado y todavía no ha dado tiempo a estropearlo.

Y entonces llega mi momento. No el café frente al mar. No la cerveza en un chiringuito viendo caer la tarde. No una comida que se eterniza con el océano de fondo. Mi momento es entrar en el agua.

Cada verano me engaño pensando que estará un poco menos fría. Cada verano el Atlántico me demuestra que tiene mejor memoria que yo. El primer contacto es un sobresalto. El agua sube por los tobillos, las piernas, el pecho y el cuerpo entero protesta. Todo invita a salir corriendo. Pero sigo avanzando. Siempre sigo avanzando.

Hasta que ocurre. El frío deja de doler y empieza a cobrar sentido. No conozco ninguna sensación comparable. Es como si el mar borrara de un golpe el cansancio acumulado durante todo el año. Como si la piel despertara después de meses dormida. Como si el agua helada arrastrara también las preocupaciones, las prisas y el ruido. Durante unos minutos solo existen el Atlántico, mi respiración y esa felicidad extraña que llega cuando el cuerpo deja de resistirse y decide entregarse.

Después aparecen las ronchas. Una urticaria caprichosa dibuja pequeños mapas sobre mis brazos y piernas. Son mis heridas de vacaciones, el precio de unos minutos de felicidad absoluta. Nunca las he vivido como un castigo. Al contrario: son la firma del Atlántico. Mientras otros vuelven del verano con la piel bronceada, yo regreso marcada por el agua. Y no cambiaría esas pequeñas cicatrices efímeras por ningún bronceado del Mediterráneo.

Quizá por eso admiro tanto a los surfistas. Ellos conocen ese pacto silencioso con el océano. Saben que este mar nunca regala nada. Cada ola exige respeto. Cada baño implica aceptar el frío, la fuerza de la corriente y la incertidumbre. Tal vez por eso quienes aman el Atlántico nunca hablan de conquistarlo. Se limitan a entrar en él con humildad, sabiendo que siempre será más fuerte.

Y luego llegan esos otros rituales que también saben a verano: los chiringuitos de A Lanzada y los furanchos de Meaño, donde nunca hace falta pensar qué pedir. Pimientos de Padrón, mejillones, calamares, xoubas o chinchos y que no falte una buena ensalada de tomate . Mi particular kit de supervivencia estival. No necesito cartas interminables ni platos de autor. Me basta esa cocina sin artificios, una copa de vino y una conversación que se alarga mientras el Atlántico sigue respirando muy cerca.

Pero cuando pienso en mis vacaciones, no son esas sobremesas las que regresan primero a la memoria. Lo que vuelve una y otra vez es ese instante en el que el agua helada me rodea por completo y el mundo desaparece. Ese segundo en el que ya no existen el trabajo, las obligaciones, las noticias ni los calendarios. Solo el corazón latiendo con fuerza y el Atlántico recordándome que sigo viva.

Hay quien busca el verano en el calor. Yo lo encuentro precisamente en el frío. En ese frío salvaje que vuelve todo más nítido, más verdadero. El agua me dejará la piel erizada, las manos entumecidas y la certeza de que pertenezco a este rincón del mundo. El regreso a Ourense se llevará el salitre y la urticaria, nunca la felicidad en O Grove.

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