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Si hablamos de rugby en Ourense es irremediable hablar de Sumi. Jesús Miguel Cortés Rodríguez se fue muy pronto, pero en 41 años le dio tiempo a levantar un tótem tan grande como la Catedral de San Martiño. Compaginó la pasión del XV con la del fútbol y el equipo de la villa que le vio nacer. Durante tres lustros vistió la camiseta del Cortegada y cuando estaba en la élite del ovalado, podía jugar por la mañana en Madrid, coger un avión y, por la tarde, saltar al campo de fútbol de A Lomba, que hoy lleva su nombre. En el deporte de caballeros jugado por salvajes también militó en Ribadavia, Arenteiro, Francelos y Ribeiro y en el de salvajes jugado por caballeros, llegó a lo más alto, compitiendo en División de Honor con el Canoe, alcanzando la selección nacional de Seven y, como no, jugando en su querido ARVO.
Cuando cambiamos a clave autonómica, los mayores logros los ocupan las mujeres. La séptima plaza y consecuente diploma olímpico de la selección femenina en Londres 2012 es, uno de los mayores logros del rugby nacional. Un hito que no se hubiese conseguido si en aquella manada de leonas, dos mujeres no rugiesen en gallego: Vanesa Rial como apertura y Paula Medín desde la tercera línea. Además de su origen, a la boirense y a la cambresa les une el amor por unos únicos colores: los del Club de Rugby Arquitectura Técnica de A Coruña. La cuadratura de este baile de similitudes no se cerraría si no incluyésemos a Elena Roca. Pionera, avanzada y mentora, la coruñesa fue la primera internacional. Disputó un Torneo de Seis Naciones y tres mundiales con la selección de XV y, del mismo modo que sus sucesoras, el CRAT fue su exclusivo bastión. Las tres están en el equipo de la década que la federación escogió en 2021.
Ojalá durante otro medio siglo, el mayor triunfo del CRAT siga siendo la sonrisa en el rostro de todas las niñas que quieren imitar a sus heroínas y golpear a palos en el campo de la Torre.
Como casi siempre, no fue fácil para las mujeres. Durante decenios, tackles, touches y melés parecían contravenir la gracilidad femenina pero, ¿quién quiere ser grácil? La correspondencia de Emily Valentine, una niña irlandesa de los años 50, nos demuestra que por aquel entonces, las mujeres ya se embarraban entre hombres para convertir ensayos, pero hasta 1982 no se disputó el primer partido de rugby femenino. Fue entre las selecciones de Francia y Países Bajos para festejar el 50 aniversario de la Unión Neerlandesa de Rugby.
Hoy, celebramos con estruendo otro quincuagésimo cumpleaños, el de ese CRAT que abrigó los sueños de tantas mujeres aunque comenzase siendo un club de hombres. En octubre de 1976 un cartel en la Escuela Universitaria de Arquitectura Técnica de A Coruña anunciaba que se buscaban jugadores para un equipo de rugby. Lo había colgado Nacho Lobón que conoció el deporte en el Colegio Aquinas de Madrid junto a Maxi Casares. Los dos fueron los artífices del milagro y reclutaron a quince benditos.
De Labra, Matarranz, Montiel, Pérez o Ramírez son los apellidos de las mujeres que imitaron los pasos de aquellos estudiantes en 1991. Las hermanas, amigas y compañeras de clase querían instruirse en el noble arte y aprendieron placajes en bermudas sobre la arena de Riazor. Si el CRAT femenino salió a flote fue por la decisión irrevocable del club pese a las reticencias de una época aún trasnochada para el género. La apuesta fue de las más brillantes de nuestro deporte. El CRAT fue uno de los fundadores de la División de Honor. La ganaron en 2015 y 2019, solo tres equipos tienen más cetros que ellas y, en 2024, volvieron a jugar la final.
Ojalá durante otro medio siglo, el mayor triunfo del CRAT siga siendo la sonrisa en el rostro de todas las niñas que quieren imitar a sus heroínas y golpear a palos en el campo de la Torre.
@jesusprietodeportes
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