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La novela abre su juego con una niña de ocho años que canta en el patio de un colegio en Caracas, junto a poco más de dos centenares de otras niñas, las estrofas de un himno cuyo odio triunfal alude directamente a su país de origen. No es consciente de esa pugna de fuerzas que se devoran bajo la alfombra de la Historia.
Su actitud oscila entre la fascinación y el extravío. Se deja conquistar por la sensualidad exótica de la lengua huésped. Cuestiona su propia identidad, rectifica la procedencia íntima de su origen: “Procedo de la casa de mis abuelos. De un cuarto sin ascensor en un pequeño edificio de protección oficial frente a la Estación de San Francisco”. Es 1983, y esta novela es el rescate que improvisa la autora para salvar a la niña que fue, aturdida entre el cielo de Los Andes y la margen izquierda del Miño.
Es un ejercicio arduo: la niña se adentra por un túnel ferroviario en Ourense, y sale al pie de una ceiba en el casco antiguo de Caracas
Este es el drama central de La edad infinita, (Tránsito, 2025) de Miriam Reyes: la niña interior arrastrada por el aluvión de las decisiones adultas, hasta una orilla secreta donde las cicatrices le permiten comprender la hondura y gravedad de las heridas de antaño; perdonar y perdonarse. Mientras evapora los venenos del pasado, busca filtrar un antídoto que le cure del presente y el porvenir.
Es un ejercicio arduo: la niña se adentra por un túnel ferroviario en Ourense, y sale al pie de una ceiba en el casco antiguo de Caracas. La novela es un goteo pensativo de poesía, un ajuste de cuentas con un pasado que se revuelve de insomnio bajo su aparente lápida.
Hablar del yo protagonista en tercera persona, es una hábil estratagema de ocultamiento. Antes lo han hecho Marguerite Duras en El amante, y Paola Kauffmann en La hermana, pero aquí tiene un perfume distintivo, una suavidad fresca y diferente.
La sinceridad con que ha sido escrita la novela y su camaleonaje de juegos líricos, son de sus delicias más destacables. Es el viaje al interior de una niña cuyos pasos llevan al enigma de la mujer inconforme y cuestionadora de las lealtades familiares. Miriam Reyes, alejada de las vueltas de tuerca de lo comercial, nos adentra en el panorama de una narración cuyo argumento es tan difuso como la vida. Esta no es una novela para un lector hambriento de acción, o intrigas. No es un relato más sobre migración. Es un ejercicio de arqueología narrativa que le sirve a una mujer para reconstruirse y reinterpretarse. Quien cierra el libro, tan solo pone en pausa centenares de fotogramas mentales, la edad infinita de una niña ourensana cuyos pétalos de signficación y misterio, apenas empiezan a abrirse.
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