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PSIQUIATRÍA Y LITERATURA FILOSÓFICA
Natanael Antonio (Ourense, 1991) es médico y trabaja en el área de Psiquiatría del CHUO. En 2025 publicó su primera novela “El desfile de los penitentes” (Editorial Eco, Bilbao). No se trata de una ópera prima al uso, sino de una narración permeada de una profunda carga filosófica que indaga en la salvación personal y familiar del individuo.
Pregunta. ¿En qué momento de su biografía sitúa usted los primeros brotes de su pasión literaria?
Respuesta. De niño, la medicina era mi sueño, mi deseo más grande. Y la literatura fue apareciendo de forma inevitable, mucho más natural, sin que fuera algo pretendido. Ya en mi adolescencia se fue volviendo más urgente la necesidad de escribir, también en consonancia con un ejercicio voraz de la lectura. Y de este modo se fue consolidando en mí como una especie de gimnasia espiritual que me permitía comunicarme con los demás.
P. ¿Qué caminos argumentales y temáticos propone usted en “El desfile de los penitentes”?
R. Es la historia de tres hermanos. Damián, que es el mayor, es un joven seminarista de 17 años. Es un joven en el que la fe es profunda, pero también conflictiva. Es una fe con aristas y claroscuros, y más que una fe propiamente es una necesidad de creer. Por otro lado tenemos los mellizos Eva y Samuel, de 14 años, ambos con trastornos mentales importantes, frutos, como como su hermano de un padre distante y una madre con un rol limitado en la realidad. También es capital Moro, un perro que desempeña un papel dinamizador en la trama. Vive en un pueblo rural que está muy inspirado en la aldea de mis abuelos, Valdemir, aunque el espacio de la ficción carece de nombre.
P. Su novela es muy ourensana…
R. Yo me veo y me pienso como un escritor ourensano. Y esta novela tiene mucho de mi infancia en Ourense. Pero es en el rural ourensano, específicamente en la zona limítrofe con Portugal, donde tiene lugar esta ficción, y me interesó ambientarla ahí porque es un mundo todavía influido por la religiosidad visceralmente gallega, intempestiva y descarnada de unos conflictos atávicos que moldean a los personajes y los empujan hacia afuera. Es muy ourensana en el sentido de cómo los ourensanos carnavalizamos nuestras tragedias, lo cual es un fenómeno muy interesante.
¿Cómo fue el proceso de escritura?
R. Yo soy muy obsesivo, y en este caso tomé muchas notas, muchos bocetos anclados en la realidad, con una mezcla de deseo, necesidad e instinto, porque para mí escribir es ir a la caza de lo que no puede decirse. Comencé a escribirla en mi primer año como joven aprendiz de psiquiatra, con bolígrafo y papel, que es como más cómodo me siento escribiendo, creo que así las ideas fluyen mejor, y así fue saliendo esta novela, nacida de un largo proceso de observación de los fenómenos y las personas, tomando un poco de todo y fundiéndolo en una unidad de sentido. De forma general mi escritura nutriéndome de lo que vivo, incluso de los relatos clínicos, de las profundidades ajenas de las que me nutro y por las que siento un profundo respeto. Yo creo que un escritor es alguien que esencialmente lucha contra el silencio, y defiende con su escritura aquello que no puede ser postergado.
P. ¿Cómo vive usted el binomio medicina-literatura?
R. Completamente hibridados, de forma muy natural y espontánea. No necesito quitarme la bata para ponerme el batín y escribir, ni viceversa, van de la mano. Son dos formas de auxilio, de terapia, tanto para los demás como para conmigo mismo. Y creo que hay una gran tradición de médicos escritores y de escritores médicos que para mí son grandes espejos, como Chéjov, Luis Martín Santos y António Lobo Antunes… En todo caso siempre trato de delimitar el territorio que estoy pisando.
P. ¿Qué otros escritores le han ayudado a encontrar su yo literario?
R. Sin dudas William Faulkner lidera el ranking. Su tesis filosófica de personajes que huyen para salvarse así mismos y a sus afectos, ha influido directamente en el cuerpo de ideas de esta novela. Y por otra parte, escritores que también desgranan la fe, la espiritualidad y los temas más hondos del ser humano, Dostoievski, Graham Greene, Flannery O’Connor.
P. ¿Qué le preocupa de la salud mental de los ourensanos?
R. Se ve una juventud extraviada en los vicios y una adolescencia subyugada por las redes sociales y el mundo tecnológico. Y es entonces que caen en las garras a menudo de algo devastador que es el cannabis. Es una droga tan popular, tan mundana, que devasta silenciosamente biografías y familias. Me preocupa ver jóvenes que se sumen en la psicosis y eso nos dice ha fallado casi todo: modelos familiares y de educación. Hay un desengaño, un desencanto que hace que avancen sin demasiada fe, y es algo que reflejo en mi visión literaria del mundo.
P. ¿Qué hace usted para no psiquiatrizar la literatura?
R. Cuando escribo trato de que no se filtre la farmacología. Tan solo narro unas vidas únicas que escapan a clasificaciones y diagnósticos. La psiquiatría es solo una muy útil herramienta, pero nunca un sesgo ni un matiz a la hora de observar la conducta humana. Cuando escribo soy tan frágil y precario podría serlo cualquiera de mis pacientes. La clave está en la empatía, no en la sensación de privilegio.
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