Ourense no tempo | El Tarzán ourensano, un misterio de 1950

LEMBRANZAS

Rafael Salgado ofrece otro viaje a través de los años con una nueva edición de Ourense no Tempo

Retrato
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Los años de posguerra no fueron fáciles, y menos para familias que habían quedado rotas o que ya con anterioridad sufrían problemas. El caso más frecuente era el de niños con enfermedades mentales a los que la falta de ayuda social condenaba en muchos casos al encierro o al abandono. En el mejor de los escenarios, cuando la familia era pudiente, su vida transcurría bajo una continua vigilancia y, en casos críticos, el médico incluso aconsejaba que se les atara.

En la ciudad fueron varios los casos conocidos, pero son los desconocidos los más graves, ya que suponían abandonos e incluso crímenes. Hoy, sin embargo, no me apetece recordar algo tan desagradable, así que aprovecharé para recuperar una historia que apareció en mis consultas mientras intentaba documentar sucesos similares. Hoy recordaremos al “Tarzán ourensano”.

El personaje de Tarzán de los Monos, creado por Edgar Rice Burroughs, es conocido desde 1912. No obstante, no fue hasta la década de 1930 cuando alcanzó fama mundial, gracias a la interpretación del nadador Johnny Weissmüller en la gran pantalla. En Ourense tuvimos nuestro propio Tarzán, aunque su historia fue mucho menos cinematográfica y su desenlace, aunque satisfactorio, dejó tras de sí numerosas incógnitas.

Todo comenzó la tarde-noche del sábado 2 de septiembre de 1950. Un grupo de gente que estaba en torno a las vías del tren en las Caldas vio a lo lejos lo que parecía una niña, con ropas raídas y desaliñadas. En un primer momento la figura intentó huir, pero intuyendo que necesitaba ayuda la siguieron hasta conseguir detenerla. La primera sorpresa fue su aspecto totalmente desaliñado, y la comprobación de que no era una niña, sino un chico con el pelo tan largo que le llegaba a la cintura. Iba descalzo y vestía una camisola tan deteriorada por el tiempo que a duras penas le cubría el cuerpo.

En un primer momento se hizo cargo del niño Carmen, la guardesa de las obras del ferrocarril, quien le proporcionó ropa y comida. Al mismo tiempo, se avisaba a las autoridades, que llegaron con la idea de trasladarlo al asilo de la Barrera mientras se realizaban averiguaciones.

Durante el tiempo que permaneció con Carmen, el joven fue incapaz de articular palabra alguna. Solo emitía gritos y sonidos guturales que recordaban a los de un animal. Una vez ingresado en el asilo, y tras comprobar que no mostraba signos de agresividad, se le permitió interactuar con otros niños. Estos, en un intento por comunicarse, comenzaron a recitar nombres al azar para ver si reaccionaba. Al pronunciar "Javier", creyeron detectar un leve gesto de asentimiento, por lo que se asumió que ese era su nombre.

Esa estancia en el centro fue muy breve, ya que el chico en cuanto pudo se escapó. Tal vez tantas miradas y preguntas fueran excesivas para alguien que aparentaba llevar viviendo tanto tiempo en soledad.

Rápidamente las fuerzas locales se dispusieron en su busca, pero de nuevo fue una casualidad la que facilitó encontrarlo. Entre dos vagones de la estación, un operario del ferrocarril lo encontró al día siguiente y nuevamente volvió a recluírsele en el asilo de la Barrera. Comenzaba así la labor de intentar identificarlo y explicar qué había sucedido. No existía en los alrededores de la ciudad ningún reporte de desaparición que coincidiera con sus características, lo que sugería que el joven podría haber estado vagando por los montes durante más de un año.

Pasado un mes de estancia en el asilo de la Barrera, casi se podía decir que estaba integrado; eso sí, pasando por alto otras dos fugas y otros tantos intentos fallidos. El principal problema era la comunicación, ya que prácticamente no pronunciaba palabras. Se le notaba interés y ganas de hablar, pero su vocabulario se reducía a una docena de palabras que repetía al escucharlas. Un detalle fue decisivo: en algunos momentos usó palabras más habituales en Portugal que aquí, como bola por pelota, o carro por coche.

Eso, sumado a la inexistencia de posibles casos de huida o desaparición en el entorno, obligó a ampliar el radio de acción para encontrar su origen. Uno a uno se fueron descartando los posibles casos de desaparición en la provincia. Al final se pensó en un posible deambular del muchacho desde algún lugar mucho más lejano. A esa teoría se sumaba la tendencia del chico a esconderse en la zona del ferrocarril, lo que hacía pensar en una cierta familiaridad. En esa tesitura, las autoridades decidieron realizar unas fotografías y circularlas por la prensa del norte de Portugal: “Encontra-se num asilo de Orense (Espanha) um menor que aparenta 14 ou 15 anos, de cabelo castanho e olhos claros. Que naquela cidade foi encontrado abandonado próximo da estaçao do camino de ferro. No dia 1 de setembro do ano corrente”.

No fue de manera inmediata, pero afortunadamente a finales de noviembre, una señora portuguesa de la zona de Vila Real se ponía en contacto con las autoridades para que la ayudaran a recuperar a su hijo, al que había identificado en la foto publicada. La alegría fue inmensa dado que desde el mes de abril, en que había desaparecido mientras jugaba con otros niños en el pueblo de Valpaços, ya se le había dado por muerto.

Final feliz para una historia que guarda muchas preguntas sin respuesta. A pesar de que he intentado averiguar qué fue de ese niño, no he conseguido ningún tipo de información; cierto es que, para su total reintegración en la sociedad, buscar la confidencialidad es lo mejor que se puede hacer.

Lo que sí se puede descartar es la mayoría de especulaciones iniciales de la historia que hablaban de un trágico accidente en el que fallecían sus padres, o de malos tratos que le llevaron a escapar al monte, incluso se le suponía testigo de un violento crimen en los montes portugueses. Cierto es solamente que ese muchacho de tan solo 12 años tuvo que afrontar una experiencia durísima, pero que su fortaleza de espíritu le permitió resistir un viaje de más de 100 km entre Valpaços y Ourense, en el que seguramente se enfrentó a peligros impropios para su edad, además de ser capaz de alimentarse por sí mismo. Me gustaría saber qué fue con el tiempo de ese muchacho que probablemente aún siga vivo hoy; tendría, si no me equivoco, 88 años, y uno de sus apellidos sería Rey.

(Mi agradecimiento a don José Paulo Azevedo da Silva, de la Biblioteca Pública de Braga, por su colaboración).

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