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Lleva un país en el nombre Alejandro España Gil, farmaceutico de formación y de profesión, nieto de gallegos de San Román de Viña, parroquia y lugar de San Cristovo de Cea. “Toda una nación encima”, comenta chistoso, liviano en espíritu y maneras, en contraste a la carga del apellido. Una amena charla tenemos con él sobre su exitosa migración, aunque opine que “el proceso no es fácil, pero es posible”.
Marcharon los abuelos a hacer fortuna del otro lado del mundo, criaron allá a su madre que llegó mocita y se hizo maestra. Estudió el nieto de los gallegos en la universidad y trabajó en un laboratorio farmacéutico hasta planear la vuelta. “No era una cosa que tenía en mente, pero el aumento de la delincuencia, y el tema de la seguridad fue lo que nos animó a movernos”, comenta. Reconoce que allí tenía una vida plena en La Urbina, un barrio residencial de clase media en el centro de Caracas.
“El principal problema de la industria farmacéutica allá es el desabastecimiento”, explica. “Como gerente de productos veía como no llegaban por cuestiones políticas”, elabora. Aquí empezó en el sector aquí en un almacén en Seixalbo, siguió como gerente de un producto analgésico viajando por toda España, y finalmente se ubicó como empleado en una farmacia del centro. “Empecé a homologar mi título estando allá, pero cuando llegué aún no estaba el proceso finalizado”, aclara. Así que antes de estos puestos de trabajo se dedicó a hostelería, y tantas otras cosas. “Poner alarmas, por ejemplo”, apunta sobre un menester, que le resultó curioso.
Viajó con su padre, mujer e hija, la segunda aterrizó con cuatro años. Siguieron su madre “la que siempre habló gallego”, y los abuelos, los gallegos emigrantes y últimos retornados. “¡Miña vella!”, dice sobre la matriarca de Cea, que ya pasa de los noventa años. A veces la visitan para una paparota de domingo, a veces viene ella a la capital a verlos.
Vive en el centro, practica senderismo, se siente bien en Ourense y aspira a ver crecer a su hija como objetivo en la vida, una meta concreta con altas probabilidades de éxito.
Siente morriñas de su país, pero no se aturde con el propósito de una vuelta, “me dejo llevar por las circunstancias”, aclara. “Los objetivos van cambiando”, añade racional, como se nota que es de ciencias.
“‘Palante es pallá’”, dice en su español caraqueño cuando se le insta a compartir léxico. Un proverbio que anima a la superación, y a tener claro donde está el norte, algo que transmite también con su talante sereno.
No tiene cuerpo inerte el farmacéutico, que nos habla de la tranquilidad que encontró en este lado del mundo no solo de boquilla o con su gesto, sino también con aforismos y refranes.
“¡Ay, los dos, abrazados!”, suspiros de España (y de Alejandro) al mencionar a la virgen del Coromoto y al Santiaguiño compostelano. “El camino lo he hecho cuatro veces”, declara, aunque se reconoce poco practicante los domingos. “Patrón de Ourense… ¡San Lázaro!”, le hemos pillado en un renuncio, dentro de lo malo, bueno es saber que no pierde la cabeza por las castañas y los criollos de balde del San Martiño.
“El caldo de mi abuela”, ahí queda eso, gustos, juicios y opiniones del protagonista si se le hace elegir entre cuchara de nuestra tierra o el sancocho de Venezuela. La sangre tira más que la tierra para Alejandro, con una nación en el apellido, y otra en los documentos.
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