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El juego de la llave es un juego de destreza y habilidad más que otra cosa y, desde un punto de vista que pudiéramos llamar higiénico, es el más apropiado para ventilar unos cuartillos de vino, pues con el ejercicio físico se elimina mejor y así se pueden injerir grandes cantidades de ese líquido elemento sin que se suba a la cabeza.
El juego, en pocas palabras, consiste en darle a un hierro en forma de cruz, de aspas movibles y clavado en el suelo que es la llave- con unos discos también de hierro llamados pesos, desde cierta distancia. Cada vez que se acierta a darle, es una llave; se juega por parejas y previamente se fijan las condiciones, a ocho llaves, a diez, etc., teniendo en cuenta que si en una tirada se iguala el número de llaves éstas se anulan, es decir: se juega a restar. Antiguamente había las llaves y los tantos. Estos se hacían con los pesos que quedaban más cerca y un número determinado de tantos hacía una llave Pero hubo que suprimir esta modalidad por el sin número de discusiones a que daba lugar, así como por lo engorroso que resultaba andar midiendo con un cordel la distancia para ver que peso estaba más cerca.
El tiro ha de ser limpio, hay que darle directamente a la llave sin que el peso toque antes en la tierra; a poco que toque, aunque roce ligeramente ya no vale.
Recuerdo una partida que vi jugar hace años en la Taberna de la Carlota, en la carretera de La Granja, que me quedó grabada por un incidente que se produjo y por el desenlace inesperado que tuvo.
Era un domingo por este tiempo. Había salido a tomar el sol por la carretera del Cementerio que era la más soleada de Orense. En la Carlota, un grupo de gente presenciaba una partida de llave. Los jugadores eran unos conocidos y enxebres orensanos: El Berdellón, el Cartao, el Perica y un tal Lino, aunque no recuerdo como estaban emparejados. La partida estaba igualada y había gran expectación. En medio de un silencio emocionante se oyó el chin inconfundible de un choque metálico.
-¡Llave! gritó el Cartao con voz profunda y gesto ovante que presagiaba la victoria.
-¡Deu terra, deu terra! rectificó el Berdellón con su voz atiplada expresando su disconformidad.
La discusión que se armó no se puede ni describir.
-Vamos a ver a chave terció el Perica.
-Non lle toques adivirtió el Berdellón- y dirigiendo una mirada en torno de los mirones se fijó en un cierto señor que estaba tranquilamente sentado ante una mesa, disfrutando del espectáculo. Este señor, a quien llamaremos don José, era un conocido médico orensano, hombre de mucho mundo, gran psicólogo y gran humorista y al que gustaba todo lo típico y popular de aquel Orense.
-Don José: faga o favor de examinar o ferro e decirnos si ten terra ou está limpio.
Don José se levantó, se acercó a la llave, la exploró detenidamente por ambas caras y no contento con esto, extrajo de las profundidades del bolsillo de su gabán un fonendoscopio y, ajustando las gomas a sus oídos, auscultó la llave ante el asombro de los espectadores y, con toda seriedad, dictaminó: Ten terra, está contaminada. Con lo que quedó zanjada la cuestión.
Al salir emparejé con él, a propósito, y le pregunté tímidamente que por qué había hecho aquella comedia.
-Mire usted -me dijo- la verdad es que yo entiendo poco de llave, pero aprecio a los jugadores, que son unos buenos rapaces y aproveché la oportunidad para dejarlos empatados. Ahora tienen motivo para un desquite otro día, y hoy pagarán a escote, lo que será mucho mejor para todos.
Y es que aquel don José era todo un filósofo.
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