El negocio de los coleccionables regresa a los quioscos con una facturación de 300 millones

Los quiosqueros se quejan del escaso margen de beneficio que le proporciona cada ejemplar vendido

El mes de septiembre trae consigo el regreso a los quioscos de una oferta abrumadora y variopinta de todo tipo de coleccionables, que ofrecen a los compradores desde rosarios a insectos disecados, y que mueven cifras que se acercan a los 300 millones de euros.

AGENCIAS
Publicado: 14 sep 2008 - 13:26 — Actualizado: 10 feb 2014 - 23:39
Los coleccionables invaden los quioscos. (Foto: EFE)
Los coleccionables invaden los quioscos. (Foto: EFE)

Como cada mes de septiembre, al regreso de las vacaciones de verano, los coleccionables abarrotan de nuevo los quioscos de prensa de toda España. Con una oferta abrumadora, muchas veces insólita y variopinta, que ya el año pasado supuso para las editoriales un negocio de casi trescientos millones de euros.

Rosarios, ‘el bombazo de este año’, aseguran los quiosqueros, insectos disecados, minerales, abanicos, dedales, frasquitos de perfumes, soldaditos de plomo,... conviven en los quioscos, reconvertidos en bazares, con colecciones de libros, maquetas de coches, barcos o naves galácticas. Con vajillas infantiles decoradas con dibujos de Disney, relojes antiguos, manuales de ‘punto de cruz’ o con los inevitables cursos de inglés.

Según la Federación de Gremios de Editores de España, los quioscos facturaron en 2007 por la venta de coleccionables 272,08 millones de euros, frente a los 170,60 de 2006. Una cifra, esos cerca de trescientos millones de euros, que Eduardo Acín, director de márketing y coleccionables de RBA, con una cuota de mercado del 39%, considera ‘tremendamente conservadora’. Sólo este grupo editorial catalán, que cada año pone en el mercado más de 100 lanzamientos, facturó en 2007 por este concepto 163. Hace diez años fueron 53 millones. Cifras que ponen de manifiesto el auge en nuestro país de un coleccionismo variopinto y popular, de arraigada tradición en otros países, y que desde hace unos años han imitado periódicos y revistas para aumentar sus lectores. ‘Ni estamos en crisis ni los coleccionables están pasados de moda’, insiste Eduardo Acín, quien explica así la proliferación de colecciones de objetos insólitos: ‘si la competencia los desarrolla es porque hay público para ello’.

Alberto Dorado, quiosquero madrileño, lo llama ‘el negocio de la peseta’, por el escaso margen de beneficio que les deja cada ejemplar vendido, entre un 20 y un 25% del precio total, y como todos sus colegas de oficio se queja de los problemas de almacenamiento que ocasio na tan abrumadora oferta, dado el muy reducido espacio de sus negocios. ‘Las colecciones suelen ser larguísimas y la gente no se engancha. La primera y segunda entregas se venden bien, por los precios de lanzamiento, que actúan de gancho, pero a partir de la tercera y cuarta, cuando ya hasta se han triplicado, las ventas son insignificantes’, apunta este quiosquero, que cifra en un dos por ciento los compradores que acaban las colecciones.

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