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El 11 de febrero de 2013, el papa Benedicto XVI anunciaba ante los cardenales reunidos en la Sala Clementina que renunciaba a su pontificado, al considerar que por su 'edad avanzada' no tenía fuerzas 'para ejercer adecuadamente el ministerio petrino'.
De natural discreto, dio hace un año al mundo su lección 'más revolucionaria' al anunciar su renuncia. En sus últimas apariciones a nadie se le escapaba que Benedicto XVI estaba agotado, apenas lograba caminar, debía ser sujetado por dos sacerdotes para subir o bajar los escalones del altar de San Pedro.
El portavoz del Vaticano, Federico Lombardi explicó ayer que la decisión de Benedicto XVI la tomó 'con una gran preparación desde la reflexión y la oración y con gran valor porque, efectivamente, al ser una decisión inusual podrían haber surgido dudas sobre su significado, consecuencias para el futuro o cómo lo recibiría el pueblo de Dios o la opinión pública'.
Una dirección fuerte Para el analista Giuliano Ferrara, que escribió entonces el artículo 'Pequeño, gran papa', el papa que en su momento emprendió la guerra contra el relativismo cultural y moral hizo con su despedida el gesto de 'relativizarse' a sí mismo para brindar a la Iglesia una dirección fuerte que combatiera todos sus males.n
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