Ourense no tempo | A Conchada: el psiquiátrico de Toén
LEMBRANZAS
Viaja al pasado con una nueva entrega de Ourense no tempo por Rafael Salgado.
Hay edificios que nacen con una vocación y acaban teniendo otra completamente distinta. El de Toén quería ser leprosería y terminó siendo psiquiátrico. Tiene su lógica: la lepra casi había desaparecido, pero los locos, ¡ay!, esos nunca faltan.
Todo empezó en 1927, cuando alguien tuvo la idea de construir una leprosería para dar servicio a casi toda Galicia. Ourense fue elegida por unanimidad —uno de esos raros momentos en que casi todo el mundo está de acuerdo en algo—. El Concello de Toén ofreció los terrenos de los montes de Costeira y Bacariza, en el Lugar de A Conchada (San Pedro de Moreiras) y rápidamente la Diputación provincial los consideró una perfecta ubicación. Buen gesto, aunque la historia que vino después fue, como suele pasar, bastante más lenta y enredada de lo que nadie esperaba. Antes de seguir, un dato: en aquellos tiempos se construía también el sanatorio de Piñor y por esa coincidencia es frecuente encontrar errores en la prensa de la época.
Se encargó el proyecto al arquitecto de la Diputación Antonio Conde Fidalgo, y para 1929 ya tenía hasta maqueta, construida con mucho mimo por el profesor Luis Xesta y sus alumnos. Tan orgullosos estaban que la llevaron a exhibir a la Exposición Iberoamericana de Sevilla, y también a la Internacional de Barcelona, donde proyecto y maqueta recibirían grandes parabienes. Lo que finalmente se construiría ya no se parecía tanto a ella, pero eso es otro cantar.
Luego llegó el silencio. Años y años sin que el proyecto avanzara un palmo. No hay explicación clara para tanto parón —si exceptuamos el paréntesis bélico—, pero en este país las grandes obras sanitarias siempre han tenido el don de la paciencia infinita. No fue hasta 1944 cuando las cosas volvieron a moverse, y la Diputación cedió oficialmente los terrenos al Ministerio de la Gobernación. Para entonces ya nadie hablaba de leprosería: los pabellones, construidos en piedra con mucho cuidado y detalle, esperaban un destino diferente.
Ese destino llegó con el ofrecimiento al Patronato Nacional de Higiene Mental. Fue el presidente de la Diputación, Rodríguez de Dios —a quien hay que citar con justicia porque sin su empeño esta historia habría quedado en nada—, quien vio la oportunidad. La Diputación gastaba cada año una fortuna enviando enfermos al sanatorio de Conxo en Santiago, y aun así registraba quejas frecuentes por la atención que estos recibían. Había alternativas, sí, pequeños centros como el de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en O Couto, pero era muy pequeño y de coste elevado. En Toén tenían edificios, terrenos y carretera. Solo faltaba convencer al Ministerio. Y Rodríguez de Dios lo consiguió. Unas modificaciones serían suficientes: ya no sería necesario tener tan separadas las construcciones, al no ser enfermedad contagiosa, pero ningún edificio debería de tener más de dos alturas por riesgo de…
Dejaré al margen el tema de las obras, solo citaré a la empresa Rodolfo Lama como la encargada de llevarlas a cabo, y que en la administración de la obra estuvo mi suegro, Pepe “Labareda”, casi desde el comienzo. Con apenas 14 años, ya conocía por nombre y apellidos a los más de 400 obreros que a diario tenían que ser controlados para que cobraran puntualmente las horas trabajadas.
La puesta en funcionamiento fue otra odisea. Desde 1957 se anunciaba la apertura, pero hubo continuos retrasos que fueron venciendo uno a uno con voluntad firme. A finales del 58 llegaron a la ciudad las monjas que se encargarían del cuidado de los internos, las HH. de la Caridad de María Santísima del Huerto, con la experiencia de haber atendido en Madrid el Hospital del doctor Nájera. Ellas gestionarían las compras del ajuar preciso. En enero del 59 se nombró al doctor Manuel Cabaleiro Goás como primer director, pensando que todo estaba a punto, pero… se hablaba ya de una puesta en funcionamiento más que de una inauguración, y el doctor, con la mejor de las voluntades, no tuvo más remedio que señalar las carencias.
Quince días antes de que llegaran los primeros enfermos trasladados desde Conxo, el propio Rodríguez de Dios andaba pidiendo ayuda a los alcaldes de la provincia para reunir las 170.000 pesetas que costaba un encefalógrafo. Sí, han leído bien: el centro iba a abrir sus puertas sin uno de los aparatos básicos de diagnóstico de la época. Fueron muchos los alcaldes que contribuyeron, y no precisamente por altruismo puro: todos pensaban en poder alojar algún día en el centro a alguno de sus paisanos. Porque ya se sabe, aquello de que cada pueblo tenía su tonto. Hoy… ?
El día que el centro echó a andar, el doctor Cabaleiro aprovechó la ocasión para pedirle al gobernador que mediara para que les instalaran el teléfono. Así, en 1959, a más de doce kilómetros de la ciudad, con enfermos mentales a su cargo, el psiquiátrico de Toén no tenía línea telefónica. Si algún paciente desaparecía, la única opción era mandar a alguien corriendo a avisar a las autoridades. Una situación tan surrealista que casi encajaría mejor en el repertorio de sus propios internos. El personal y los 14 primeros enfermos estaban preparados. El centro, casi… Entre las carencias, en muchos artículos consultados citan la de instalaciones preparadas para internar a mujeres, y de hecho jamás se construyeron; al final se acondicionó una zona del edificio general para albergar a 30, pero era a todas luces insuficiente. Por no recordar que eso ya fue en los 80.
Y aquí viene la parte que más me gusta de esta historia. En el sanatorio residían personajes a los que yo llamo entrañables. Uno de ellos era Emilio, más conocido como el Capitán Bombilla, aunque también le llamaban Emilio o do Toxo. Durante muchos años había vivido en la ciudad, durmiendo en el horno de Camilo en el Puente o en el de Chaparro en la avenida de Buenos Aires, cuando no en cualquier portal. Emilio estaba considerado loco, pero si lo veías hablando con los niños te entraban serias dudas sobre quiénes podían ser los locos y quiénes no. En sus últimos años, quizás de manera acertada, se decidió llevarlo a Toén. Allí, sin uniforme ni gorra ni “toxos” ni bombillas, admitía que Toén era su casa, que allí estaba su familia.
A Conchada fue eso para mucha gente: un lugar con historia, con raíces, con personas. Cierto alcalde de Toén solía decir que sin sus “locos”, el municipio se habría muerto de olvido. Una enfermedad, esa sí, muy difícil de erradicar en estas tierras.
La inauguración oficial, por mis datos, aún se espera. Lo que sí es bueno recordar es que el centro sirvió además de para dar asistencia a un buen número de enfermos, para que se formaran excelentes psiquiatras que han dejado y dejan huella en la psiquiatría actual: Lamas, Cabaleiro…
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