Antes de la partitura: otra forma de enseñar música

María José Novo es profesora de Música en el colegio Padre Feijóo Zorelle

Música en el Padre Feijóo Zorelle
Música en el Padre Feijóo Zorelle

En algunas aulas, la clase de música empieza sin libros abiertos ni partituras sobre la mesa. En su lugar hay palmas, ritmos improvisados y alumnos que escuchan, experimentan y crean juntos partiendo de la experiencia sonora antes que del papel.

Durante décadas, la imagen tradicional de una clase de música ha sido bastante clara: alumnos sentados, un profesor frente a una pizarra con pentagramas, un libro y un cuaderno de partituras abierto sobre la mesa. Leer notas, seguir el compás y reproducir fielmente lo que está escrito han sido durante mucho tiempo el núcleo de la enseñanza musical escolar. Sin embargo, en la mayoría de las aulas actuales hay otra forma de aprender música: la clase sin partituras.

No se trata de eliminar el conocimiento musical ni de renunciar al rigor. Más bien al contrario. La idea fundamental es acercar la música al modo en que los seres humanos han aprendido este arte universal durante siglos: escuchando, imitando, experimentando, creando y jugando con los sonidos.

En las aulas, el aprendizaje comienza antes de abrir un libro. El profesor propone un ritmo sencillo con palmas. Los alumnos lo repiten. Después alguien añade un pequeño cambio. Otro alumno inventa una variación. Poco a poco, lo que empezó como un ejercicio rítmico se transforma en una pequeña pieza colectiva. Nadie ha escrito una sola nota, pero todos han participado en la creación musical.

Este enfoque parte de una idea simple: la música es, antes que nada, un lenguaje sonoro. Igual que los niños aprenden a hablar mucho antes de leer o escribir, la mayoría de los docentes defienden que los alumnos deberían experimentar la música de forma directa antes de enfrentarse al código escrito. Los estudiantes exploran la percusión corporal, crean ritmos con objetos del aula o improvisan melodías utilizando solo la voz. Incluso, a veces, el punto de partida puede ser un sonido cotidiano: el golpe de un lápiz contra la mesa, el cierre de una mochila o incluso el murmullo del grupo. El objetivo es descubrir que la música no está solo en los instrumentos o en las partituras, sino en la capacidad de organizar sonidos y escucharlos con atención.

Trabajar sin partituras cambia la dinámica del aula. En lugar de centrarse únicamente en reproducir una pieza, los alumnos pasan a ser creadores activos. Se les pide que inventen ritmos, que respondan a una frase musical o que construyan una pequeña composición en grupo. Esto fomenta habilidades que van más allá de la música: la cooperación, la atención al compañero y la creatividad.

Un aspecto interesante es la relación con la diversidad del alumnado. En una clase tradicional, los estudiantes que tienen más facilidad para leer música suelen avanzar más rápido, mientras que otros pueden sentirse perdidos. Cuando la actividad se basa en la escucha y la improvisación, todos pueden participar desde el primer momento. El error deja de ser un problema y se convierte en parte del proceso creativo.

Algunos docentes explican que, paradójicamente, trabajar sin partituras puede facilitar más adelante la comprensión de la notación musical. Después de experimentar físicamente el pulso, el ritmo o las frases musicales, los alumnos comprenden mejor qué representan esos símbolos en el papel. La partitura deja de ser un conjunto de signos abstractos para convertirse en una forma de registrar algo que ya han vivido musicalmente.

Este enfoque también conecta con una idea cada vez más presente en la educación: aprender a través de la experiencia. En lugar de empezar por la teoría, se empieza por la práctica. Primero se escucha, se toca, se experimenta. Después se reflexiona sobre lo que ha ocurrido.

Por supuesto, nadie plantea que la partitura desaparezca por completo de la enseñanza musical. La lectura musical sigue siendo una herramienta valiosa, especialmente para quienes quieren continuar estudios musicales más avanzados. Pero muchos profesores empiezan a preguntarse si el orden del aprendizaje debería invertirse: primero vivir la música y después escribirla.

En un momento en el que los estudiantes están rodeados de música —en el móvil, en las redes sociales, en los videojuegos— la escuela tiene la oportunidad de enseñar algo diferente: no solo consumir música, sino comprenderla y crearla.

Otro elemento que está cambiando estas clases es la relación entre el profesor y el alumno. En el modelo tradicional, el docente suele ser quien explica y corrige, mientras los estudiantes intentan reproducir lo indicado. En cambio, cuando no hay partitura de por medio, el profesor adopta a menudo un papel más cercano al de guía o facilitador del proceso creativo.

Esto significa plantear preguntas en lugar de dar respuestas cerradas: “¿Cómo podríamos cambiar este ritmo?”, “¿Qué pasaría si lo tocamos más despacio?”, “¿Quién quiere proponer una nueva idea?”. De esta forma, el aula se convierte en un pequeño laboratorio musical donde experimentar es parte fundamental del aprendizaje.

Tal vez la mayor lección de estas clases sin partituras sea recordar algo que a veces se olvida en la educación musical: antes de ser un sistema de signos, la música es una experiencia humana compartida. Un ritmo que pasa de unas manos a otras, una melodía que alguien se atreve a inventar, un grupo que descubre que puede construir algo juntos a partir del sonido. Y todo eso puede empezar con algo tan sencillo como una palma, un silencio… y la invitación a escuchar.

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