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La tecnología, la carretera y el sentido común

Recuerdo a la perfección que en los años 80 morían en las carreteras más de 6.000 personas cada año. No hace falta que destaque que aquello era una auténtica barbaridad y que hizo falta tomar medidas drásticas para paliar esa tragedia.

La tecnología, la carretera y el sentido común

La mejora de las vías públicas ha sido una de las razones más importantes de la rebaja en los accidentes en la carretera. En condiciones normales, hoy es posible plantarse en cualquier punto de este país en menos de 12 horas y todo ello sin necesidad de saltarse ninguna norma de circulación. Las autovías y autopistas consiguen evitar los puntos donde más accidentes se producen: las carreteras de doble sentido de circulación que además están plagadas de stops, cruces y peatones que también son víctimas de los accidentes de tráfico. 

El incremento de la vigilancia en las carreteras, el endurecimiento de las sanciones y, sobre todo, la entrada en vigor del carnet por puntos, han sido también factores determinantes en la rebaja de la siniestralidad. 

Si hoy en día nos compramos un coche de gama media, poco tendrá que ver con los de hace 40 años –vehículos con en los que aquellos que ya tenemos una edad recorrimos el país–. Salvo por el hecho de que los coches siguen teniendo un volante, unos asientos y cuatro ruedas, el resto de factores han cambiado ostensiblemente. 


LAS MÁQUINAS AL SERVICIO DE LA SEGURIDAD DE LAS PERSONAS 


En la actualidad, un coche de cualquier segmento dispone de frenada ABS, control de tracción, airbag, una estructura de chasis que evita que el coche se convierta en una guillotina móvil y además están dotados de cristales laminados que evitan aquella lluvia mortal de cristales que se producía hace años en el momento de un alcance. 

Los sistemas de ayuda a la conducción, tan de moda en los albores de la conducción autónoma, dotan al vehículo de una inteligencia jamás soñada en aquella época y estoy plenamente convencido que en el futuro los accidentes en las carreteras pasarán a ser muy eventuales e incluso anecdóticos. 

La tecnología en este caso vuelve a cumplir su misión principal que no es otra que velar por la vida de las personas. Pero mientras la conducción autónoma no es algo cien por cien real y al alcance de todos los ciudadanos, independientemente de su poder adquisitivo, tenemos que complementar todo los factores que anteriormente he mencionado con algo que poco tiene que ver con los métodos represivos. 


NUEVAS TECNOLOGÍAS, NUEVA LEGISLACIÓN


Algunos dirigentes políticos pretenden investigar al conductor involucrado en un caso de accidente, y comprobar si este habría hecho uso del terminal móvil  segundos antes de producirse y poder imputarle en un delito de imprudencia grave que supondría una pena de hasta cuatro años de cárcel. Ante esto se me ocurren varias preguntas: ¿Cómo van a constatar este hecho?¿Van a respetar los derechos de las personas a su privacidad?¿Si el teléfono está protegido con contraseña, la van a hackear?¿Podrá un conductor no revelar su PIN?¿Será el conductor desde el minuto uno un presunto culpable?

Para defender la vida de las personas hay que hacer todo lo posible y más,para ello hay que educar a las presentes y futuras generaciones y legislar de forma justa sin vulnerar los derechos fundamentales de las personas. 

En la actualidad me consta que muchas personas encarceladas por delitos contra la Ley de Tráfico y Seguridad Vial lo tienen bien merecido por reincidentes y por haber ocasionado enormes daños a personas, pero siempre he pensado que un mal día lo tiene cualquiera y un conductor puede despistarse al pasar por un desierto pueblo de Castilla a las ocho de la mañana y llegar a los setenta kilómetros por hora estando regulado a cincuenta, mientras que otro puede tener la desgracia de tener un accidente y que alguien lo inculpe sin pruebas de haber usado el móvil.

Solo con que una persona acabe injustamente en la cárcel, todas las medidas que se hayan tomado quedarán deslegitimadas desde el punto de vista moral y humano. Hagamos que el sentido común deje de ser el menos común de los sentidos.