CRÓNICA - OURENSE

Aquellas noches de San Juan...

La llegada del verano se celebró de un modo muy especial en la residencia que la Fundación San Rosendo tiene en San Xoán de Río. Música, adornos y comida no faltaron para festejar entre sus inquilinos el día más largo del año. 
 

Los habitantes de la residencia de la Fundación San Rosendo degustan sus helados "hartasanos".
Los habitantes de la residencia de la Fundación San Rosendo degustan sus helados "hartasanos".
Aquellas noches de San Juan...

La noche de San Juan, popularmente conocida como la más mágica del año, señala además el principio del ansiado verano. En la residencia que la Fundación San Rosendo tiene en San Xoán de Río se invierten las tradiciones y, en lugar de celebrar la noche más corta de la temporada, optan por hacer buen acopio de las largas horas de luz diurna para su particular romería.

Los inquilinos del hogar de San Xoán del Río celebran cada 23 de junio al patrón de su residencia con una gran fiesta. "Los días previos decoramos las distintas salas. El día propio, un grupo de residentes bajan a misa y participan en una procesión pequeñita. Por la tarde, nos dedicamos a jugar. En esta ocasión hicimos un juego de memoria a partir de fotos del pueblo para recordar dónde se ubica cada instantánea-señala la animadora sociocultural, Natividad Mariño-. A continuación, llega la parte más esperada, la merienda cena y el posterior baile".

El San Juan es una tradición principalmente costera, pero en este rincón de Ourense conservan desde hace muchos años la fórmula gracias a la cual celebrar esta festividad en el interior también es posible. Es cierto que lejos de la orilla del mar la celebración siempre ha guardado un sabor diferente. Rosa López Vázquez recuerda cómo de joven venía a la fiesta a San Xoán de Río, porque ella era de un pueblo vecino, y como las casualidades de la vida le han llevado hoy a habitar aquí en la residencia. "Aquí nós nunca fixemos fogueiras", precisa Rosa. Sin embargo, "era unha festa moi grande a que acudía moita xente. Bailababamos, paseabamos e se nos invitaban a tomar un vaso de viño ou do que fora, pois alá íbamos a cantina", añade. Puesto que, "naqueles tempos había pouco, pero desfrutabase ben".

No faltaba el vestido de estreno. "Bueno, dependía de se os nosos pais podían. Viñamos co mellor traxe que tiñamos, as veces tiña que ser algo sinxeliño pero si que é certo que sempre arregladiñas", se apresura a añadir Modesta González. Su compañera Juana Domínguez, que se encuentra sentada a su lado, replica con sorna: "Yo cuando era joven la verdad es que era un poquito más guapa, me echaba colorete y me pintaba los labios para ir a la fiesta".

Las populares sardinas tampoco eran tradición en un San Juan de interior. "Nada, aquí o das sardiñas non se facía", reitera Modesta González. "Había que ahorrar antes para después gastar el día de la fiesta. Teníamos de todo, cabrito, cordero y roscón", puntualiza Juana Domínguez. "La víspera de San Juan ya tiraban los cohetes y las bombas. ¡Pum, pum, que viene San Juan! Todos estábamos ya contentos, sabíamos que llegaba la fiesta y que íbamos a bailar. Íbamos a misa y la procesión y después tocaba comer el buen cocido y la empanada, todos esos productos tan gallegos", concluye Marina Domínguez, que a sus 99 años guarda muchos recuerdos de noches de San Juan especiales.

La parte religiosa también conserva para ellos un significado muy especial. Inés Pérez recuerda que era unha procesión muy bonita. "Todos levaban moitos ramos á igrexa, tanto nenos como maiores lanzaban flores dende os balcóns cando pasaba á procesión", añade. A continuación, "cada un ibamos para a casa a comer e estar coa familia. Despois a partir das sete da tarde facíamos unha gran festa, moitos ían merendar o campo e logo continuabamos a bailar ata as tantas da noite", comenta emocionada. Coinciden con ella muchos de sus compañeros, que asienten mientras la escuchan.

"San Juan sempre foi a miña festa preferida- destaca Modesta González-. A min sempre me gustou bailar moitísimo, eu non podía estar sentada, en canto empezaba a música a soar eu tiña que poñerme a bailar. E aínda é agora que escoito música e os pés e o corpo pídenme bailar", finaliza Modesta con una sonrisa.