O Ramón da Merca, cultural referente en su comarca
OBITUARIO
Chicho Outeriño despide a Ramón da Merca, figura clave en la recuperación de la memoria popular, el patrimonio etnográfico y la vida cultural de la comarca del Arnoia.
No me esperaba tan pronto el deceso del amigo Ramón, que para todos, más que ese Ramón Rodríguez Conde, era Ramón da Merca. Un personaje más que singular, que trascendía más allá de los lindes de su comarca, donde desarrolló una intensa actividad cultural, social y de convivencia vecinal, hasta el punto de que difícilmente habría alguien por el contorno que no lo conociese. Por esas aldeas transitó incansablemente en la búsqueda y recuperación de leyendas, mitos y cuentos, que tuvo tiempo de plasmar en sus libritos o en esa revista divulgativa llamada Trato, que aún pensaba reeditar. A ello sumó la dirección de grupos teatrales, el coleccionismo de utensilios aldeanos, la fundación de revistas, festivales culturales y muchas otras iniciativas que hoy se escapan de la memoria.
Más de medio siglo de conocimiento, tratos, visitas y salidas compartidas. Como aquella en la que, allá por Ponte Grande, se metió en el Arnoia y apareció con unas truchas cogidas a mano. Pero él, sumergido, en lugar de apresarlas con rapidez, las acariciaba suavemente por el vientre, como si fuese un embrujo, para sacarlas dulcemente del agua, enseñárnoslas y devolverlas después al río. Nunca a la sartén. Era una demostración de un don especial de respeto por la naturaleza, impropio de quien jamás se vería pescando con caña o cazando a tiros.
En otra ocasión coincidimos por las aldeas fronterizas de A Serra do Xurés, donde innumerables amigos se acercaban a conversar con él y le ofrecían herramientas y utensilios de antiguos oficios para enriquecer su colección de aperos de labranza, carpintería o cerrajería, piezas que después describía e ilustraba en su revista. Otro viaje nos llevó hasta Caldas do Gerês, donde un ingeniero forestal caboverdiano del Parque Nacional Peneda-Gerês le proporcionaba nuevas historias para alimentar sus profundos conocimientos sobre la raya.
No cabría en estas páginas todo lo que habría que decir de un personaje como él. En ese tiempo siempre breve —para todo lo que aún le quedaba por recopilar y clasificar— seguía proyectando nuevas ideas. Jubilado prematuramente de los Talleres de Renfe, atendía el negocio familiar de hostelería, O Mesón do Labrego, toda una referencia popular dentro y fuera de la comarca. Allí Ramón ejercía mucho más que de maitre: era conversador, repartiendo su tiempo entre todas las mesas porque ninguna le era ajena. Tenía una empatía especial con todo el mundo, heredada, quizá, de su madre, Teolinda.
Poseía ese aire agarimoso que invita a la amistad sin necesidad de buscarla. También se reflejaba en su grupo de teatro, donde predominaba el género femenino. Era un amante de la belleza, no solo de la apariencia, sino de esa que sabía descubrir en el interior de las personas.
Fue capaz de atraer a su Festival da Cantiga Galega o a la Festa do Porco a figuras como los cantautores Suso Vaamonde, Benedicto y Bibiano, o al escritor Manuel Vázquez Montalbán, mientras sobre su cabeza pendía la amenaza del arresto por las veladas críticas a la dictadura. En aquellos recitales sonaba O Vello Can de Palleiro, con claras alusiones a Franco. Ramón fue también un valiente provocador.
Aún departíamos cuando, en mis rutas en bicicleta por A Mezquita, Proente, Rubillós o Foramontaos, hacía un alto para visitarlo. Siempre me recibía con una botella de agua y repasábamos los recuerdos compartidos, menos de los que hubiésemos deseado. Quedábamos en volver a recorrer juntos la raya y sus aldeas, pero su cuerpo, ya castigado, aunque el espíritu permanecía intacto, no le permitía afrontar esos desplazamientos.
Ramón, quizá alguno de los tuyos pueda hacerse cargo del legado que dejas: esa colección de objetos, tus inagotables libros de cuentos, tu revista y todo aquello que hace que tu nombre siga sonando más allá de las tierras del Arnoia o de Celanova.
En la orfandad deja a su hermano Lolo, a su cuñada Rosiña y a su sobrino Moncho. Una familia unida que nunca dejó de sostener a ese quijotesco soñador que fue Ramón y, por encima de todo, una buena persona, de trato afable, interesada siempre en los demás, atenta a escuchar y a compartir esa paz que irradiaba como un don natural.
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