Meghan, una bostoniana con morriña de… Trives

ENCONTRÓ UN HOGAR

De Estados Unidos a la montaña ourensana, Meghan Guilfoyle encontró en Trives un hogar que nunca esperó. Años después, vuelve para reencontrarse con la gente que la adoptó y con el lugar donde aprendió a pertenecer. Puente áereo Boston-Trives.

Meghan en su quedada con algunos de los amigos triveses.
Meghan en su quedada con algunos de los amigos triveses. | La Región

Cuando Meghan Guilfoyle aterrizó en A Pobra de Trives en septiembre de 2013, lo hizo con la mentalidad de cualquiera que emprende una experiencia temporal en el extranjero. Joven, recién graduada, llegaba desde Estados Unidos para trabajar como ayudante de lectura en el IES Xermán Ancochea Quevedo. Era una auxiliar más, una de tantas que cada año pasaban por el centro. Pero con ella las cosas iban a ser distintas. Lo que debía durar un curso se transformó en cinco años consecutivos y lo que parecía una estancia académica acabó convirtiéndose en un capítulo decisivo de su vida.

Meghan Guilfoyle en Trives.
Meghan Guilfoyle en Trives. | La Región

Meghan no tardó en integrarse. La escuela se convirtió en su espacio cotidiano, los profesores en amigos y los alumnos en una referencia afectiva que todavía hoy recuerda con ternura. No era una auxiliar de paso: pedía volver al mismo centro cada año, al mismo rincón de la montaña ourensana, a la misma gente que, sin buscarlo, se había convertido en su familia. Con el tiempo, sus vínculos se hicieron más profundos y empezó a llamar a sus amigos de Trives “padres, tíos, abuelos y primos”, una broma que terminó siendo una descripción exacta de lo que la villa representaba para ella.

En 2018 emprendió el camino de regreso a Estados Unidos, donde vive actualmente en Boston dedicada al mundo del cine. Ha formado parte de equipos de atrezo en producciones relevantes, entre ellas “Puñales por la espalda”, y ha seguido labrando una carrera que exige dedicación plena. Pero ni la distancia ni el cambio de vida han borrado lo que Trives supuso para ella. Lo resume con contundencia: aquí se siente en casa. “La morriña existe, y es una mierda. Duele”, admite entre risas y nostalgia. “Es bonito acordarme de todos, pero me cuesta no tenerlos cerca. He soñado hasta que estaba en una batea comiendo mejillones en Vigo”.

Este año, a finales de noviembre de 2025, decidió hacer una pausa en su rutina estadounidense y coger diez días de vacaciones para volver a Galicia antes de regresar a Boston para celebrar Acción de Gracias con familia y amigos. Una celebración que, cuando vivía en Trives, trasladaba cada otoño a sus amigos triveses, quienes aprendieron a preparar pavo, a dar las gracias en inglés y a abrazar una tradición ajena como si fuera propia. Ella recuerda aquellas comidas multitudinarias como uno de los gestos más simbólicos de la vida compartida que construyó allí.

Para una persona que nunca imaginó quedarse más allá de unos meses, Trives se convirtió en un punto fijo en el mapa emocional. Por eso, cuando sus amigos bromean diciendo que, si se dibuja un punto medio entre Irlanda e Italia (sus raíces de padre y madre), “ese sitio sería Trives”, Meghan se ríe, pero asiente. No lo dice cualquiera: lo dice una mujer que vive en Boston, trabaja en cine y, aun así, sigue organizando sus calendarios vitales en función de cuándo puede volver a abrazar a su otra familia.

Cuando alguien le pregunta si regresaría a vivir a este lugar, sonríe con nostalgia. “nunca se sabe, siempre estoy mirando cómo hacerlo”, confiesa. Sabe que su trayectoria actual le dificulta esa posibilidad, pero también sabe que la vida da giros inesperados. Ya lo hizo una vez, cuando la llevó a una pequeña villa ourensana que acabó cambiándola para siempre.

Quizás por eso, cada vez que vuelve, no llega como visitante. Llega como quien regresa al hogar. Porque, para ella, Trives no es sólo un lugar en el que vivió. Es un lugar que vive en ella.

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