El otro precio de los robos de casas en Allariz: “Pisotean tu intimidad”

HABLAN LAS VÍCTIMAS

El valor de las joyas sustraídas y el dinero en efectivo son solo la parte cuantificable de los asaltos de Outeiro de Orraca. Para las tres familias afectadas por la banda, la verdadera factura es psicológica.

Algunas de las casas que sufrieron robos.
Algunas de las casas que sufrieron robos. | La Región

A M.Q.D. el asalto la sorprendió en un momento especialmente doloroso. Hacía justo un mes que había enviudado y no pasaba precisamente por su mejor momento. Por eso, al hacer balance de los daños, lo primero que le viene a la cabeza es la factura sentimental: se llevaron la pulsera de pedida de su marido y la cadena con un crucifijo que él solía llevar.

En julio de 2027, habrían cumplido 50 años de casados. Al miedo por una pérdida repentina se sumó el de verse asaltada bajo su propio techo, hasta el punto de que, aunque su hijo vive muy cerca, admite que le da reparo entrar en la casa.

En el amasijo de ropa que dejaron por el suelo logró encontrar la alianza del difunto. “El robo en sí te deja una sensación de inseguridad y angustia, pero es que, además, me ha cogido en un momento muy bajo”, relata apenada.

La estampa no duda en calificarla de “terrible”: “Los armarios estaban vacíos; los cajones, las mesillas, las cómodas de los dormitorios... lo revolvieron todo”. Habla de “desasosiego” y de “una intimidad pisoteada”.

Esa misma huella se repite en el resto de los afectados. En el chalé de la OU-320, la invasión del espacio privado se tradujo de inmediato en una sensación de “inseguridad y vulnerabilidad”, centrada en la certeza “de que andan en tus cosas”. Asimilar que un grupo organizado de asaltantes se movió con total impunidad por las estancias familiares en una franja de apenas una hora ha alterado los hábitos cotidianos de la casa.

El impacto emocional estuvo condicionado por la presencia de menores en la vivienda. Para evitar el susto del desorden y el posterior despliegue de los agentes, los padres recurrieron a la fecha festiva para disimular: “La suerte es que las niñas son pequeñas y les contamos que era una broma de Halloween y coló; porque el guardia que vino también lo conocían”, explica la progenitora.

Para P., la vecina del Camiño Piñeiral da Silvela, el impacto va más allá de lo sustraído. Habla de una “violación de la intimidad” que deja una profunda sensación de impotencia: “Lo de menos son las joyas; lo difícil es asumir que alguien estuvo dentro de tu casa, hurgando en tus cosas, porque eso psicológicamente afecta más”.

Ninguna de las tres denunciantes cree que los asaltantes vayan a regresar a Outeiro de Orraca, pero el daño ya está hecho. Coinciden en lo mismo: reponer las joyas y reparar las ventanas forzadas o instalar sensores de movimiento o cámaras, en el caso de M., es cuestión de tiempo; recuperar la sensación de seguridad dentro de sus propias casas llevará bastante más.

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