Un ourensano recorre África de norte a sur, con una bici y dos mudas
Arturo Guede es un alaricano de 34 años que lleva miles de kilómetros en la mochila. Acaba de volver a su Allariz natal para reencontrarse con su familia tras siete meses recorriendo África con poco más que su bici, una tienda de campaña, una chaqueta y dos mudas.
Sus redes sociales son un álbum de fotos para los desconocidos y un cuaderno de bitácora para los allegados. En ellas muestra los paisajes más espectaculares del mundo y pequeños relatos de lo cotidiano. Arturo Guede Seara (Allariz, 1989) es uno de los ourensanos más aventureros sobre la faz de la tierra. A sus 34 años lleva miles de kilómetros a sus espaldas en los cinco continentes. Hace varios años que recorrió Australia en bici y acaba de llegar de un segundo periplo de dos ruedas, siete meses recorriendo el este de África. En su manillar, dos alforjas con lo básico para sobrevivir: una tienda de campaña, un botiquín, dos mudas, una chaqueta y una cocinilla.
Viaja porque “es una forma de dar carpetazo y cerrar una etapa, una ruptura de la rutina para perseguir lo que más me apasiona y me llena: viajar en bicicleta conociendo otras culturas y puntos de vista”. Vive en París, es fisioterapeuta y trabaja como autónomo: “Puedo gestionar mi agenda. Trabajo muchas horas y no tengo grandes gastos, como un coche o un apartamento”. Dice que “ir a cuerpo me permite estar expuesto e interactuar con el medio”. Tanto es así que tuvo experiencias de todo tipo.
80 Km sin agua
Asegura que ir en bicicleta “son todo ventajas”, es su método preferido para desplazarse. La suya es de hierro porque es el material más fácil de reparar en los países subdesarrollados, pero los problemas llegan. “Sería ingenuo si pensase que todo iba a salir bien cuando salí de mi casa. Soy fuerte mentalmente y estaba preparado para las adversidades, porque estés donde estés, antes o después, has de ser consciente de que vendrán. Al final los malos tragos hacen que disfrutes de forma más intensa los pequeños detalles...”.
La última etapa en el desierto de Namibia fue una de las partes más duras de su viaje: “Llegué a almacenar 16 litros conmigo y me quedé corto. En Namibia tuve que hacer 80 kilómetros sin agua. Me dio para acampar, para cocinar y al día siguiente, después de haber acampado tuve que llegar al siguiente punto sin agua. Lo pasé mal. La boca seca, no conseguía tragar… fue un momento muy, muy duro”.
Una noche, en Etiopía, llegó a considerar abandonar la aventura después de que le intentaran robar su vehículo: “Estaba en un hostal en medio de las montañas que la gente usaba para tener sexo pagando por horas. Estaba en cama, con fiebre y cuando escuché la rueda de la bicicleta girar, salí corriendo, por instinto. La situación me hizo plantearme si volver”. No desistió aunque su salud no estuviera en óptimas condiciones, arrastró “gastroenteritis y fiebre durante un mes y medio”.
Detenido en Kenia
“Cuando crucé de Etiopía a Kenia por la zona del Lago Turkana, era una frontera oficial para Etiopía, pero no para Kenia. Llegué a la primera ciudad en Kenia en la que había una comisaría y fui para que me pusiesen el sello de entrada en el país. Me dijeron que había entrado de forma ilegal y que me podían meter en la cárcel o deportar”. Como tercera opción le ofrecieron dos días para salir del país. Uganda estaba a 200 km y decidió lanzarse a pedalear 100 km al día. “Se me rompió una pieza de la que no tenía recambio. Para evitar que me deportasen paré a un camión por la carretera al cabo de unas horas y le ofrecí dinero para que me llevara hasta la frontera”.
Tribus, jirafas y estrellas
Las adversidades que vivió no amargan sus recuerdos. Arturo cuenta que, en el Valle del Omo, en Etiopía, tuvo las primeras interacciones de su vida con tribus que siguen viviendo como hace cientos de años: “Ver cómo viven fue espectacular”. En Uganda, “te puedes encontrar muchísimos animales en libertad. Jirafas, elefantes, cebras, gacelas…”. Y de Namibia se lleva “los espacios abiertos”. Es uno de los países con menor densidad de población y “es espectacular ver la línea de dunas interminables y acampar bajo cielos estrellados increíbles, donde te de la gana”.
Amigos como hermanos
En El Cairo coincidió con otros tres chicos que viajaban en bicicleta: dos hermanos alemanes, Oscar y Emma; y un australiano, Jeremy. Iniciaron sus caminos por separado, pero a los cinco días se encontró con los alemanes cerca del Sáhara y continuaron un tramo juntos. “A día de hoy seguimos en contacto, cuando te gustan estas cosas es complicado encontrar gente que comparta este estilo de vida. Te unen lazos muy grandes y nos fuimos preguntando qué tal a lo largo del viaje”.
Lo más sorprendente para él fue encontrarse con Jeremy en Sudán. Estuvieron pedaleando juntos durante tres meses y a día de hoy lo considera “como un hermano”. Arturo explica que el momento en el que Jeremy se marchó porque no le daba tiempo a llegar a Ciudad del Cabo fue muy duro para él: “Estaba acostumbrado a compartir los descansos, las coñas, las risas y cuando me tocó volver a estar solo me costó. Fue en Zambia, que es un país súper largo y un poco aburrido”. Nuevamente, fue la magia del continente africano lo que le ayudó y al llegar a las cataratas Victoria “ya estaba al 100%”.
Hospitalidad
“Lo que más me sorprendió es lo acogedora y hospitalaria que es la gente, dan lo poco que tienen. Una persona andando en bici sola te puede generar miedo o respeto y, al final, todo lo contrario. Te abren la puerta de casa, te quieren invitar a un té o acoger para dormir”. El alacariano afirma que intentará aplicar este ejemplo siempre que pueda porque “sabe lo que se agradece una ducha o un sitio resguardado después de días a la intemperie”.
Cruzar el Atlántico
Por si todavía no había quedado claro, Arturo Guede es incansable y, aunque esté dándose un respiro de “cuerpo y mente” en Ourense, ya tiene la vista puesta en su próxima meta: cruzar el Océano Atlántico a remo. “Descubrí esto a través de un libro que se llama ‘Cien días entre el cielo y el mar’, de Amyr Klink y, desde entonces, se me ha despertado el gusanillo”.
La aventura extrema no sorprende a su familia, que lo apoya porque “ya van muchas y saben cómo soy”. Pero las madres son las madres y, para la suya, compró “un cacharro GPS” que permite localizarlo en tiempo real. “Aunque no tenga cobertura en 5 días me puede mandar un mensaje vía satélite y eso le da tranquilidad”.
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