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LA NUEVA OURENSANÍA
No se entiende porqué fluye fabulosamente una charla con John Hernández Quijano (Palmira, 1989) hasta que uno conoce su pasado como comunicador y su vis de tertuliano en Curazao, la isla neerlandesa del Caribe. Allá se mudó desde Colombia con once años para vivir con su madre y allí desarrolló su carrera como periodista y productor de televisión. “No sé qué decirte en holandés, mejor en inglés”, conversa John sobre su infancia “hacia atrás” en lo académico en un colegio bilingüe, en la isla de las Antillas menores, y quizá por humildad no comenta su dominio del papiamento en el que da gusto oirle y verlo diciendo dios sabe qué en un plató de televisión. Ávidos de vocablos de tal exotismo fantaseamos con su descripción del “kadushi”, una sopa local que se hace “con el cáctus que es largo”, algo tan viscoso como apetecible pero que nos hace salir un poco del puerco. No le falla la semántica, por mucho que se enrolle siempre encuentra el camino de vuelta, y algo noble de su talante, no juzga pregunta alguna, por chorra que sea, ni se le conocen tics, prejuicios o manías.
El John de hoy se ve más joven que el de ayer, a pesar de que en el presente asome la calvicie y en el pasado luciese puro pelo. Allá era un hombre con la vida resuelta, acá es un joven que ambiciona crear de nuevo el camino. De John se pueden escribir estas cosas porque es un cachondo que se ríe de sí mismo y se toma en serio sólo lo que es genuinamente importante. Habla lindo de los suyos. “Somos familia todo el tiempo”, sobre su enorme tribu en Palmira. “Al sol de hoy mis mejores amigos siguen siendo los de Curazao”, acerca de los primeros lazos.
Llega a esta parte del mundo “no me preguntes porqué, de pronto la crisis de los treinta”, confiesa sobre un primer viaje a Barcelona, y se decanta por Ourense asesorado por una prima que lleva aquí veinticinco años. “Era productor de un programa y fue más bien el querer cambiar”, describe una emigración que huye de la monotonía de una isla pequeña. “Al princpio fue duro pero ahora creo que fue una muy buena decisión”, el sosiego habla por él.
Anécdotas curiosas la del agua del tiempo, que entendía era marca comercial y buscaba desesperado en los frigoríficos como empleado de un bar en los vinos. Tarde cayó en identificar lo que allá se conoce como “agua al clima”. Y más hilarante aún aquella vez que pisando los talones de un extraño reduce el paso creyéndole villano, mientras el pobre hombre, que andaba en las mismas, le ofrece un adelantamiento. Aquello acaba en diálogo nocturno de dos señores amedrentados. “Pasa tú porque me tienes nervioso, pienso que me vas a hacer algo…”, risas y posterior diálogo sobre la inseguridad de su país. “En Colombia tú le tienes miedo a él y ya está”, sentencia con gracia. “Leite fervendo”, es lo más gallego que conoce, y una bonita estampa de nuestra gente de toda la vida. “Lo escucho aquí día tras día”, explica entre carcajadas.
Vecino de la carretera de la Granja, tiene pareja y a su madre cerca que se afincó posteriormente con su marido portugués. Pasó por bares, cocinas y casas particulares como profesor de inglés. “Tengo un proyecto de montar mi propio bar”, comenta bajito, y como periodista quiere complementar sus estudios. “Aquí con este acento súper colombiano…”, se ríe John cuando se le ofrece hacer un llamamiento, “por favor visita mi canal de Youtube”, donde le vemos en un magacín de estilo de vida.
Amante de la escritura la utiliza a modo terapéutico aunque, porqué no, quizá algún día publique. “No sé si soy bueno o malo pero lo hago constantemente”, confiesa. “Me ha ayudado a que me vaya bien el sólo hecho de pensarlo”, fiel al dios del optimismo y de la proyección universal, John es una de esas personas conseguidoras que sabe poner los medios para que las cosas pasen.
“Es muy difícil mantener un bajo perfil en un lugar tan pequeño”, le cuesta a John Hernández encontrar un defecto a estas tierras, y lo elabora con corrección pudiendo haber mencionado el cotilleo sin más.
“Que la gente conozca ese aspecto de mí”, elabora un sueño al hilo precisamente de esas dotes comunicativas. Todavía es John más del Caribe que de las Rías Baixas pero este divertido encuentro, y anteponer la Catedral del Santo Apostol al Cristo de Buga caucano, puede que ayude. Como él mismo diría, “Amén”.
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