Diego Salinas, poesía que surge en el centro del fenómeno migratorio

La nueva ourensanía

Real o ficticio, personalidad o personaje, el poeta -y otras cosas- Diego Salinas comparte con entusiasmo su amor por el arte y la vida en sus múltiples manifestaciones

Miriam Blanco | M. Vázquez
Publicado: 24 ene 2024 - 04:41 Actualizado: 24 ene 2024 - 08:28

El runrún de un pasado venezolano se deja oír al final de una corta pero intensa conversación con Diego Salinas Gardón (San Antonio de los Altos, 1991).

No hay pregunta sobre la que no tenga nada que decir, y si no sabe la respuesta capaz es de inventársela. “¡Lo miré en el móvil!”, confiesa entre sonrisas su desconocimiento del presidente de la Xunta. Sumamente creativo y posiblemente poseedor de altas capacidades, conversa a ritmo, mirada inquieta, pupila traviesa, y mide las palabras para no explayarse.

Es un gusto hablar con Diego de sociología venezolana cuando la charla se vuelve más íntima. “Entiendo la izquierda desde otro lugar que no es la izquierda venezolana”, explica, y da a entender que las cuestiones políticas las tiene más que superadas. “Mi país es profundamente conservador y hasta que no sales no te das cuenta”, continúa Diego. Lleva ahora el discurso a una esfera más cotidiana y denuncia el “chalequeo”, un americanismo que designa la broma de mal gusto reiterada, y el haberse sentido víctima de esa cultura malsana. “Te hacen chistes hirientes sobre tu aspecto pero no te puedes sentir mal”, aclara.

Cierto es que Salinas no pasa desapercibido, ni por su atuendo, ni por su actitud. Le va el faranduleo y el adorno, y no se siente representado por la cultura heteronormativa a pesar de tener una vida perfectamente corriente. Ostenta un trabajo, aficiones, una mujer artista -también venezolana-, madre, tía, padre, dos hermanos y abuela todos ellos residentes entre Caracas, una aldea de la Villa Termal de Cortegada, Vigo y Ourense capital.

Éxodo y poesía

Nieto de emigrantes gallegos, y residente en Argentina durante ocho años, se enorgullece de su identidad de emigrante retornado, y la incorpora a su trabajo poético. “El gallego se convirtió en el idioma del silencio”, comenta en relación a una lengua que considera propia y que nadie en su casa hablaba, y se siente protagonista de “una historia diaspórica” que viene de muy atrás y que se repite ahora desde Latinoamérica.

Diego Salinas se deja ver en la ‘Cerimonia de Gaivotas’, un recital de poesía itinerante a micrófono abierto donde participa como poeta. “Empecé a leer muy precozmente”, especifica en relación a una actividad que le sirvió de barbitúrico durante una infancia inquieta. “Le escribía cartas a las niñas que me gustaban”, “necesitaba sacar imágenes que me venían a la cabeza en un contexto un tanto rudo”, afirmaciones sobre distintas épocas de su vida en las que la creatividad afloraba de una u otra manera. En 2017 recibió un premio de poesía joven en Venezuela “y esa instancia de validación”, le impulsa a seguir escribiendo. “El herrero se hace en la forja”, comenta sobre su ininterrumpida actividad lírica. “La casa, la familia, el arraigo, la tristeza por lo perdido, el paso de la infancia a la adolescencia…” son algunas de las temáticas recurrentes en su poesía. “Me manejo en esos espacios liminares, que no son ni una cosa ni otra”, especifica.

“De alguna manera se pierde pero también se gana”, habla Diego en distintos contextos -un parque bajo la lluvia, un coche en petit comité- de las transiciones vitales. Salinas se ve muy adulto y muy niño, quiere estar a todo, y su impronta transmite puro efluvio creativo. ¿Una palabra favorita en gallego?, se le pregunta. “Sacho”, pronuncia rotundo, con todo lo que el vocablo trae detrás. “Es de las que más le escuchaba a mi abuela”. Sobran palabras para describir a un artista.

Contenido patrocinado

stats