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LA NUEVA OURENSANÍA
“Aquí tengo a la hermana de mi padre”, comenta Gabriel Arcila López en las inmediaciones del centro comercial Ponte Vella, a punto de entrar al trabajo. Su tía lleva media vida en Ourense y él tomó la oportunidad que se le ofrecía por la parentela. “Tengo la tarjeta roja, la conseguí a los seis meses”, aclara. Se desempeña en un restaurante del complejo, y está en la puerta minutos antes para no llegar tarde. Nos sonríe tímidamente, y nos concede cortés la entrevista, ligeramente alegre. No sabe bien que nos va a revelar sus secretos, y que luego pensará ¡madre mía lo que he contado!.
“Las cosas están muy mal allí, si tienes por ejemplo un niño, tienes que elegir entre si le compras las cosas que necesitas, o la comida”, comenta. Un ejemplo viene a usar para explicar, cómo lo tienen hoy los jóvenes padres de Venezuela, para sacar adelante a la prole.
Su familia en el barrio de Santa Rosa, en Maracay, de donde es originario, la componen sus padres. “Mis hermanas están en Italia”, explica, una casada con un natural del país de la bota, y una menor que fue después siguiendo a esta primera. “Yo fui allí invitado por una de ellas y al final acabé en la calle”, comenta. “Me compró el pasaje porque yo iba a trabajar con mi cuñado, pero al final con mi sueldo quería que le pagase la deuda”, aclara. Malos entendidos hubo por lo visto con su ‘fratello’ político, y un poco también con su hermana. “Estuve tres meses en Macerata”, revela sobre la ubicación precisa en la península itálica, concretamente en el ayuntamiento de Recanati, cuna del gran poeta y filósofo del XIX Giacomo Leopardi. No hablamos con Gabriel de estas erudiciones porque en cuestión de felinos, y en reyerta con otro hombre por cuartos, imaginamos más una escena que esboza el dicho aquel de que “todos los gatos son pardos”.
El caso es que se vio en la calle con la mochila, y se refugió con su otra hermana. Aquello tampoco resultó y se dijo, ‘me voy a España’. “Llamé a mi padre que habló con mi tía y ella me recibió muy amable”, explica. Seis meses vivió con esa buena mujer, hasta que pudo emanciparse.
Aquí reside en la avenida de Portugal, compartiendo habitación con gallegos ourensanos. “Mis padres en Venezuela viven como pueden, mi madre tiene una pensión del estado por edad, muy poco dinero, y mi padre trabaja en una empresa de electricidad”, aclara.
Antes de venir a Europa, él se desempeñaba como operario en distintas empresas, desde plásticos a alimentos, pasando por cartones. “Un año estuve bien, pero después se puso más complicada la cosa”, explica.
“Mi círculo es de aquí y de allá”, explica, aunque pinta que mucha vida social no hace. “Cuando no trabajo estoy sacando el carnet de conducir”, aclara. No nos habla de pareja pero seguro que pretendientas no le faltan, luce coqueto y combinado Arcila López, y está en la edad del post pavo.
Tiene no obstante un aire gentil y un poco triste Gabriel, se nota que un poco extraña. “Non falo galego”, dice con una media risilla. “Está arrecha la cosa”, contrasta con una expresión venezolana.
“No soy de buscar problemas”, se describe, tiene Gabriel la palabra ‘amor’ en japonés tatuada en el cuello. “Es una letra del abecedario kanji, para mí algo muy significativo, el sentimiento está muy desvalorizado”, comenta. Esperemos que esos arrebatos de amor no se queden sólo en tatuajes.
“Tener mi piso, mi coche, que mi familia esté bien”, enumera objetivos un joven que se hizo adulto casi al mismo tiempo que emigrante.
“Ya tengo que marcharme”, corta con un suavísimo tono Gabriel Arcila López la entrevista, por internet hemos descubierto que de segundo nombre es Eduardo.
“Cuando estaba bien, aquel año que trabajé en la empresa de alimentación, pude darme mis caprichos”, justifica en algún momento de la entrevista el dibujo que decora su gollete de lado antes mencionado.
Entrañable resulta que dé explicaciones de en qué se gastó algún día el dinero, pinta que aquel que consigue hoy, tiene bien donde colocarlo. Mejor sabe que nosotras el joven Gabriel, que el camino del emigrante hacia la bonanza es largo.n
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