Hasta pronto “amigo”
OBITUARIOS
Inicio el día con la ya esperada, aunque no por ello menos triste, noticia: ¡Carlos nos ha dejado!
Vienen a mi memoria recuerdos de los 35 años de la intensa vida laboral que compartimos, y echo de menos, desde que te jubilaste, tu peculiar saludo diario al llegar a Fiscalía: ¡Buenos días “Maese Julián”!, así como las inmediatas conversaciones que manteníamos después de ese saludo, tanto de los asuntos profesionales del día, como personales de nuestras respectivas familias, la educación de nuestros hijos, y, como no, de esos partidos de futbito que organizaste durante años todos los martes y en el que “El Fiscal Carlos” era uno de los pilares del equipo de abogados-jueces –procuradores.
Recuerdo cómo me reía de ti por la intensidad con la que vivías cada partido y de cómo abroncabas a tus compañeros de equipo por esa ansia de ganador que tenías, pero envidiaba cómo te apreciaban, te querían y olvidaban todos ellos, nada más acabar el partido, esas “broncas deportivas”.
Serás recordado como un gran Fiscal, fino jurista, serio, riguroso, con un inmenso sentido de la responsabilidad, ecuánime siempre en tus planteamientos, estudioso, y hombre de absoluta discreción, a quien se podía confiar cualquier confidencia con la certeza de que jamás saldría de ti. Por encima de todo, tuviste un inmenso sentido de la “JUSTICIA” con mayúsculas.
Si todas esas cualidades profesionales eran importantes, mucho más importante fue todavía tu faceta humana; amante de tu familia, de tu querida mujer Elba, de tus hijos Carlochos y Elbiña y ahora de tus nietos. Magnífico deportista, hombre dotado de gran sentido del humor, simpático, alegre, que sabía disfrutar, con esa parsimonia que te caracterizaba en el comer, tanto de una buena comida como de la degustación de un buen vino o del descubrimiento de una nueva bodega. Forofo hasta la médula de ese Real Madrid y de tu Celtiña que llevabas en las entrañas.
Solo me queda la satisfacción de recordar la alegría que te dimos con ese merecidísimo homenaje por tu jubilación. Nos consta, a mi y a las 300 personas que nos reunimos para homenajearte, que ese día te hicimos plenamente feliz. Nunca hubo una jubilación más fácil de organizar, ni de asistencia más masiva. Quedó patente cómo te habías ganado el respeto, la admiración, y cariño de todos nosotros.
Déjame que finalice estas líneas enviándote un mensaje en él que te repetiré lo mismo que dije como colofón de las palabras que pronuncié aquel día: “Sólo pido que, si en el más allá El Señor en quién yo creo nos adjudica un compañero de trabajo, el mío lo seas TÚ”.
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