La nueva ourensanía | Ymircia Jiménez Gervasio, inconformiso, modo de vida de una discreta dominicana
NUEVA OURENSANÍA
Con más de veinte años viviendo en la ciudad de las Burgas, difícil es toparse con Ymircia Jiménez en un sarao latino. Dominicana de nacionalidad, venezolana de corazón y gallega integrada, dar más de de sí misma es imperativo en su vida
El descubrimiento de Ymircia Jiménez Gervasio (Samaná, 1976) comprando en un negocio de la calle Ervedelo fue un ‘chic and shock’. Con un rollazo ‘afro casual’, pestañas en un vivo azul, punto de luz en pendientes y en toda ella, de decir a esta tengo que pararla, disfrutaba de una mañana de compras y recados con una amiga venezolana. Solícita, en la propuesta cuenta su historia en un bar.
“Los Cacaos, una aldea”, explica sobre sus orígenes en un pueblecito costero de la República Dominicana. De padre agricultor y mamá cocinera que iba y venía a la pequeña isla de Cayo Levantado, regentaban un chiringuito en un destino que siempre fue turístico. “Antes era todo más primitivo, no te podías quedar a dormir”, describe Ymircia un paraíso caribeño “blanco y transparente” que apetece comparar con las Cíes pero con las bondades de unas aguas de temperatura más cariñosa. “Nosotros éramos seis e íbamos a ayudarle”, imagina la mente una tribu de niños isleños y felices entre “moro de guandule, pescado con coco, pollo frito y variadas ensaladas”, nombra la samanense delicias locales.
Travesía al viejo mundo
“La morriña la llevo bien”, confiesa. “Yo muy apegada no estoy”, relata Ymircia una historia de traslado a Santo Domingo con una tía a los nueve años y una posterior emigración a Venezuela a los dieciseis. “Me fui con una señora que andaba buscando una persona para cuidar a sus tías”, informa. “Siempre fui muy aventurera, trotamundos”, comenta. Tuvieron sus padres que hacer un poder a la señora para tal misión. De ahí, ya en Caracas, tuvo diversos trabajos en geriatría y decide empezar a formarse. “Pensé que podía dar mucho más de mí misma”, enuncia Ymircia una frase que repetirá varias veces a lo largo de la entrevista. “No me rindo nunca, me caigo pero me levanto”, una imagen que la define. “La lucha constante”, y el hambre de crecer habría que añadir. “Empecé a hacer cursos de inglés, secretariado…”, continúa un relato de formación continua mientras en paralelo se empleaba en bares y casas.
“La empresa en la que trabajaba como secretaria cerró”, concluye con su último período laboral en Venezuela. Los dueños, originarios de Celanova deciden retornar y hacen una carta de invitación para ella y otra empleada. “Maravilloso, más frío”, describe Ymircia estas tierras hace veinte años. “¡Pero aquí no hay negros!”, ríe Ymircia sobre un tiempo en el que la gente les miraba con una mezcla de curiosidad y extrañeza. “¡Sí sí (hay), y mucho más que tú!”, le dijo un día una dependienta. “En ese aspecto lo pasamos un poquito mal porque siempre se tiende a confundir”, insinúa situaciones poco agradables “yo era risueña, dicharachera, hasta que me di cuenta de que no podía ser”, añade. “Eso pasó y nos adaptamos rapidísimo”, concluye pues es ella de la luz y el espíritu positivo. “El sol siempre sale por muy negro que esté el día”, dirá en otro momento de la plática.
Rareza dominicana
Dominicana que va un poco por libre, “no me van las fiestas ni la manada”, confiesa, se saca el bachillerato con veinticinco años en el Ingabad, siempre trabaja que trabaja de ancianos a bares. El ciclo del no parar se detiene parcialmente cuando conoce a su expareja. Se casa, tiene un hijo a los cinco años y se separa a los doce. Poco que decir de un período en el que pergeña planes nuevos, y a par la casa y el niño, hoy ya adolescente.
“Hice el ciclo superior de cocina en Villamarín”, comenta sobre sus últimos logros académicos que remató el año pasado. Cocina más gallego que dominicano porque ya son muchos años fuera y es del ‘adonde fueres haz lo que vieres’. “La cocina española es amplia, variada”, dice la chef.
Da por preguntar sobre su pelo que se arregla a lo loco, porque además de verse muy top, hay que sacar a la disfrutona un poco y aparcar a la empollona de la clase. “Me gusta la tranquilidad, soy muy única, muy trabajadora, no bebo, no fumo, no salgo de noche, no me gustan los escándalos”. A ella le va el deporte, y en especial el meneo ‘all style’, el pole fitness y el pole dance. “Te trabaja todo el cuerpo”, dice del baile en barra, y descubre a esa mujer empoderada haciendo con su cuerpo un cristo invertido o una escuadra.
“Yo sé quién soy, de dónde vengo, y así lo transmito en casa”, comenta una caribeña, que cocina caldo y tortilla, privada por su hijo de la leche de coco, más apegado a nuestras vacas. “Verlo crecer y que sea un hombre de bien”, esboza un sueño. ¡Se la vio estudiando un ciclo de moda o estilismo, auxiliar de enfermería o chino!, se leerá algún día en un anuario de raros ejemplares ourensanos. Si no lo ha hecho es porque tiempo le falta a esta hormiguita, atípica dominicana.
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