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LA NUEVA OURENSANÍA
Un nuevo comercio de alimentación florece en Ourense con sabores de otras tierras y vitrinas coloreadas. Al frente del negocio Shirlane Rosa Freitas, cuerpo de brasilera, atuendo de mujer gallega, espíritu mixto. Una familiar que por allí pasaba le planta un cuello de pelo, apetece pensar en Carnaval, todavía se acicala la señora Rosa, con un espejito y un labial.
El establecimiento está especializado en alimentación brasileña y en él no faltan las harinas y farofas, los chocolates, los refrescos o los aderezos picantes, además de muchas otras delicias con un packaging pop tropical que uno querría comprar aunque solo fuera para decorar el salón. Ipanema es un negocio familiar porque ella, matriarca latinoamericana, lo montó pensando en sus tres nietas de acá, que son gallegas, aunque también dominan el portugués de allá.
Hablamos de sus orígenes, de una ciudad ubicada en el centro oeste de Brasil con mucha producción de café, arroz, soja, habas y un tabaco riquísimo. “O fume sabe a folla”, explica y se le enciende una chispa como la de un cigarro en su comunicar. Goiânia se llama tal paraíso, del que se vino en 2007 para ya no volver más que en esporádicas vacaciones. “Eu non gosto máis do Brazil”. Reconoce que se acostumbró a vivir aquí. Vecina de la avenida de Portugal, donde ha morado siempre con su marido ourensano de Proente, transmite una mezcla muy curiosa de vida moderna y antigua todo a la vez. “Vivín con el e despois xa casados dezaséis anos”, deja caer una pincelada de lo primero, “Iamos bailar ás Camelias, ao centro de maiores”, evoca imágenes de lo otro. “É un home marabilloso, somos moi compañeiros”, concluye con una frase muy poco del ayer, y el mañana nos dirá del hoy.
Propietaria de un negocio de “manteis e roupas” en Brasil, vino para aquí para estar cerca de su hija y ayudar con las nietas, y estuvo un año sin trabajar, que es un decir, porque ejercía al servicio de la familia. Después se desempeñó quince años al cuidado de personas mayores. “Era unha interna máis á vontade”, poco descanso y sin tiempo para “camiñadas”, su asequible afición, recuerda sobre aquellos años con cariño. “Ellos me trataban muy bien, como si fuese de la familia”, comenta en relación a sus empleadores en la época. Hace dos años que falleció su último jefe y todavía se hace eco de tal falta, “sentino moito”, susurra.
“Me acostumbré a todo, al frío, a la comida…”, reflexiona sobre Galicia. No dice que no al cocido pero tampoco a la feijoada, antepone la caipiriña al aguardiente y al cristo redentor carioca por el local al que le crecen las barbas. Disfruta las termas de Outariz pero sigue presente en ella el recuerdo de Caldas Novas en Brasil, municipio que es uno de los mayores balnearios hidrotermales del mundo. Pero esto no dice gran cosa de su ourensanía porque se palpa que vive al margen de nacionalismos y pertenencias y está más con lo del día a día. “Succeso” (éxito), dice sin miramientos al preguntarle por una autodefinición que ella enfoca como un análisis de su vida.
Huelga decir que la conversación con Shirlane se realiza en un popurrí de lenguas que por otro lado debe de ser el pan suyo de cada día. La hija de aquí “está casada cun ourensán tamén”, ergo en la familia habitan gallego, español y brasilero. “¡Pulpo!” (queriendo decir ‘polbo’), cuando le preguntan por una palabra en el primero, esas cosas tiene lo de nuestro idioma que en pasado fue el suyo, que de parecido se le confunden los términos.
De Ourense le gusta la calma al venir de un país “muito agitado”. “No hay cómo acabar con ella”, opina sobre la delincuencia en su país que abarca a los malos reconocidos y a los buenos camuflados. “No todos”, puntualiza cuando se habla de corrupción. Y argumenta sobre las fuerzas especiales de la policía militar del estado de São Paolo conocidas por el acrónimo ROTA, “non teñen pena de bandido… son todos guapos non vin un feo”. Acaba como empezó la charla con Rosa Freitas, brasilera y coquetona.
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