Un paseante Alberto Sierra, el medico que operó en Guinea

Deambulando

Los troncos de maderas preciosas de la selva guineana de Rio Muni aún se transportan en parte por via fluvial, tal como los conoció Sierra. Una política de concesiones de tala e inmediata reforestación permite la conservación de esta pluviosa jungla.
Los troncos de maderas preciosas de la selva guineana de Rio Muni aún se transportan en parte por via fluvial, tal como los conoció Sierra. Una política de concesiones de tala e inmediata reforestación permite la conservación de esta pluviosa jungla.

Nacido en Sáa de Sadurnín, aldea encima de la autovía Ourense-Vigo, a poco distancia de As Chavolas, fue Alberto Sierra, uno de esos que recién estrenada la carrera de Medicina no se lo pensó dos veces cuando el Dr. Meleiro, anestesista, amigo de profesión, le dijo que por qué no se iba a la hoy Guinea Ecuatorial, Guinea Española, que entonces se decía, colonia cedida por Portugal a España en 1778, a la que se dio la independencia en 1968, con Fraga como representante del gobierno franquista, para ocupar una plaza de médico en Rio Benito (Rio Muni), donde un hermano tenía una farmacia. Aún veinteañero, cogió el andante con la libertad que la soltería da, y allí se plantó en la citada población con rio donde por tres años ejercería, además como arriesgado médico de consulta privada, dejando una estela de 1.000 operaciones quirúrgicas de todas clases. Éstas, si en el hospital Público. Aquellas gentes acudían en masa a su consultorio, a veces medio millar entre más acompañantes que pacientes, que despachaba en un día, gracias a su ojo clínico. Pocos cuartos traería a la vuelta porque muchos clientes de tan escasos recursos que apenas tenían para el viaje de sus poblados al consultorio. Además, Sierra era de esos médicos que ejercían en aldeas ribereñas, remontando el rio en barco más de una hora, o también pasaba consulta allí, en los poblachos del interior de la selva. Por Rio Benito o Rio Muni o Muné o Mbini como le llaman los guineanos, ese muy caudaloso que atraviesa el país, casi 400 kilómetros desde sus fuentes en Gabón, por el que bajaban lo troncos flotables de las maderas más preciosas, y los que no lo eran, en barcazas, hasta ser embarcados rumbo a Europa, allí donde el fluvial tramo más amplia ría o mar pareciere. Vivir en la selva entre miríadas de mosquitos no es plato de gusto, aun para quien en el vigor de una juventud en busca de profesionales experiencias que, indudablemente, le marcaron.

Estos médicos como Sierra, superviviente con dos hermanas de una familia de doce, nacida toda al amparo de los muros de un familiar pazo, me recuerdan a tantos otros, que aunque de privada cobranza de honorarios, no dejaban de hacer voluntariado como tantos otros que se fueron allende nuestra tierra y no pocos gastando sus veraniegas ocios, sin que de ellos mucho se conozca, en un no sepa la mano izquierda lo que la derecha hizo. Mi encuentro fortuito con Sierra por el paseo Barbaña me dio la oportunidad de escuchar a una mente despierta como la de éste más que nonagenario que aún se da sus paseos para mantener lúcida la mente a la par que el vigor del cuerpo. Sierra fue un cirujano de referencia en la Residencia Sanitaria, maestro de unas cuantas generaciones, con sanatorio propio, que aun hasta hace poco en activo y que forma en la pléyade de aquellos hoy pasados los noventa aun supervivientes como Carlos Guitián, urólogo reconocido en la pública y la privada, presto a implicarse en pro del galleguismo y de la Naturaleza; Gonzalo Rodríguez, el pneumólogo, en aquel entonces joven médico al que conocí con mi padre en visita de enfermos, cuando de prácticas en un sanatorio de Piñor, por entonces antituberculoso, y luego fue referente en la Residencia Sanitaria (hoy CHUO); J. Luis Santos Ascarza, segunda generación de reconocidos cirujanos de una saga familiar de profesionales de prestigio, de procedencia de la Rioja navarra, que ejercería con sus colegas Sierra y Prudencio, operando en la Mutua General de Seguros, cuando no existía la llamada seguridad social, para ser uno de los primeros en la llamada Residencia Sanitaria (CHUO, ahora). Y algunos más habrían de nombrarse en este listado de avanzados en edad cuyos saberes fueron perdiéndose por el decurso de los años…aunque no del todo, porque los referentes siempre crean escuela. Más nonagenarios habrá de los que uno memoria no tiene.

Este camino, concurrido como los del Miño y Loña, demuestran que hay que crear espacios; luego aparecen los caminantes. Han bien reparado el tramo de este paseo Barbaña, de losas muy movibles, algunas rotas y no sustituidas por cemento, una barbarie que se repite en muchos tramos de aceras urbanas. Aquí, la reposición con las mismas losas y terrazos, sin recurrir a lo fácil de un parcheado de cemento. Allí un estanque con surtidor pocas veces funcionando, donde los alabancos o ánades reales acuden desde sus dormideros miñotos, y las urbanas palomas a la búsqueda de migajas

Los atardeceres junianos, los más alargados del año, dan para mucho y para concurrencia de tanto paseante al que los médicos han sacado de su confort de sofá; se nota por los que pueblan, ya las márgenes del Miño, ya las del Loñá o las del Barbaña-Pontón.

Hagamos paseos y habrá paseantes sin las temidas trampas de una oscilante losa o la carencia de ella.

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