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Crónica
Humberto Vaz Bárcena (Santander, 1976) ingresó en la cárcel de Pereiro de Aguiar a mediados de junio de este año. Sabía, así se lo habían dicho en innumerables ocasiones policías y jueces, que los delitos tienen consecuencias, aunque haya una pandemia por medio.
También sabía, por su historia clínica y las advertencias de los médicos del Servicio de Urgencias, que frío, alcohol y hambre no eran la mejor medicina. Pero pese a ese basto conocimiento, convirtió las calles de Ourense en su hogar, a donde llegó a principios de abril, procedente de Pontevedra. Tampoco dejó de delinquir y beber, aunque no necesariamente en ese orden.
Condenado a un total de 12 meses de prisión por dos asuntos penales, de muchos, por resistencia y grave desobediencia a la autoridad durante el estado de alarma, cuando ya comía tres veces al día y vestía ropa limpia, obligado a acatar las normas que tanto despreciaba, comenzó a enfermar. Una especie de ironía del destino que, desde la cárcel de Teixeiro, le llevó a la cama de un hospital coruñés hasta que finalmente una neumonía, no atribuida a la covid-19, lo mató a finales de septiembre.
El "sin techo" que abanderó el récord de detenciones en Ourense durante los meses del confinamiento y la posterior desescalada ingresó en el centro penitenciario de Pereiro para cumplir dos sentencias de ocho y cuatro meses, respectivamente. Acumulaba 19 detenciones entre abril y junio por desobediencias graves o atentado a la autoridad. Y, según la Policía Nacional, movilizó en más de 40 ocasiones a las patrullas de Seguridad Ciudadana e incluso al 061. Casi tres meses en los que su irreverencia fue subiendo de nivel: rehusó a dormir en el albergue; transitó por las calles cuando la ciudad estaba encerrada, se apoderó de las latas de cervezas sin pasar por la caja del súper y mandó a "tomar por culo" a los agentes que le salían al camino.
Cuando ingresó en la prisión ourensana -ya había estado encerrado en 2012 por amenazas-, su aspecto hablaba por sí mismo de la deriva personal y la desidia institucional: olía muy mal y su ropa acumulaba restos de heces y orina. Aunque no siempre, según comentó en contadas ocasiones, había vivido en la indigencia. Su último trabajo remunerado había sido en una empresa de paquetería hasta que perdió el carné de conducir porque bebía demasiado.
En el módulo de Enfermería, en el que estuvo durante toda su estancia en Pereiro, apenas causó problemas, con medicación y muchos cigarrillos con los que contrarrestar la abstinencia y adaptación.
El 11 de septiembre, Instituciones Penitenciarias autorizó su ingreso en la cárcel de Teixeiro, a petición de la de Ourense, porque es la única prisión en Galicia con un módulo integral para enfermos mentales. La cabeza de Humberto no necesitaba un brik de vino peleón para delirar.
Allí, de un día para otro, el hombre corpulento -medía 1.90 metros- e irreverente se debilitó. En la cama de un hospital, con el salvoconducto de la libertad condicional por enfermedad grave, llegó su última sentencia. Y, como en las ocasiones en que acudió al juzgado, la acató desafiante y sin apenas rechistar.
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