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Los últimos de Calveliño

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Reportaje

Los últimos de Calveliño

Una pareja de octogenarios, Baltasar González y Marisol Vázquez, son los últimos habitantes de un pueblo ubicado en las faldas de la sierra de San Mamede, Calveliño, que llegó a superar el centenar de vecinos en sus buenos tiempos.

En las faldas de la sierra de San Mamede y a una altitud de 879 metros se encuentra el pueblo de Calveliño do Monte, donde Baltasar Gonzalez y su esposa, Marisol Vázquez, octogenarios ambos, son los últimos habitantes de un lugar que llegó a tener el centenar de vecinos en sus buenos tiempos.

Baltasar y Marisol decidieron  no emigrar y permanecer en el pueblo en el que nacieron. "Aquí criamos a nuestros hijos y ganamos dinero con una explotación ganadera, nos fue bien", comentan. Añaden, con tristeza, que vieron como se iba perdiendo la   población en las últimas décadas,  hasta quedarse completamente solos. Y así llevan ya cinco años.

Ahora en Calveliño, este pueblo solitario del municipio de Maceda, reina la paz y el silencio, se ha quedado con tan solo dos habitantes, pero según nos comenta Baltasar González, nunca fue olvidado por el ayuntamiento: "Aunque estemos solos nosotros, el alcalde sigue manteniendo las infraestructuras necesarias". Los meses  mas duros son los de invierno, comentan. Dicen también que antes "venia el panadero cada dos días, pero ahora tampoco viene". Uno de sus dos hijos, Alberto,  el menor, que vive en la ciudad de Ourense, les suministra de víveres semanalmente y los visita.

En el pueblo ahora viven con 10 vacas en una pequeña explotación que siguen conservando con su perro mastín, subrayan que más que por otra cosa, para no aburrirse. Aunque matizan que la explotación es del hijo. La mayoría de los vecinos de este pueblo de Maceda comenzaron a emigrar en los años sesenta del pasado siglo, a Cataluña, sobre todo, pero también a otras ciudades o países. 

"Nosotros nunca salimos de este pueblo, ya no sabríamos vivir en otro lugar después de mas de 80 años aquí", aseguran. Baltasar dice no tener miedo, porque como él señala, tiene licencia de caza, "ya me entiendes”, y esboza una sonrisa.

Calveliño Do Monte posee una forja muy antigua y no de grandes dimensiones donde aún se conserva el gran fuelle, que sigue deteriorándose año tras año por falta de uso. Este matrimonio ve con ojos tristes como con el paso del tiempo van desaparecieron inevitablemente las tejas y después los muros de algunas de las casas abandonadas del pueblo.

Es cierto que ni antes, ni por supuesto ahora, Calveliño contó con ningún tipo de tienda, pero apunta Baltasar González, todo orgulloso, que en su pueblo existían todos los oficios, siendo el más importante y el que daba reconocimiento al pueblo, la forja.

En otros tiempos hubo también arrieros, comenta Baltasar González. "Era un oficio muy necesario en la época en la que no existían otros medios de transporte. El mulero era la persona que se ganaba la vida dando portes con bestias. Normalmente no les faltaba trabajo en el municipio. La mayoría de los vecinos de Calveliño Do Monte se  dedicaban a la explotación ganadera y trabajaban en el campo y el pastoreo".

El cementerio es pequeño en la parroquia, y se encuentra junto a la iglesia. Algunos de los vecinos que emigraron a otro lugar regresan para ser enterrados en la tierra que los vio nacer. Es el último reencuentro con esos conocidos con los que un día convivieron en las empedradas calles de esta aldea ubicada en las laderas de la sierra de San Mamede.

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