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Una línea de fuego asciende desde el pasado domingo por el este de la montaña en el alto de Testeiros, cercanías de A Mota, aldea perteneciente al concello de Avión. Por suerte, la emergencia no ofrecía ayer un peligro directo para la vida humana, animales o propiedades, pero ya había devorado más de 150 hectáreas.
El fuego se mantenía activo desde las cinco del domingo en la parroquia de Nieva y trabajaban en su extinción 3 técnicos, 18 agentes, 27 brigadas, 16 motobombas, 5 palas, 9 helicópteros y 6 aviones.
Las primeras alarmas comenzaron en la tarde del domingo, sumiendo en la incertidumbre a los habitantes de Cerdeiroa, Camposancos y Lagoa. Si bien predominaba ayer un clima de relativa tranquilidad en la comarca, al estar las viviendas considerablemente separadas del área de incendios, la irritación por el humo y la preocupación por el desenlace han desencadenado una crispación y una expectativa ansiosa en parte de la población, integrada esta en sus tres cuartas partes por personas mayores.
En el sitio, brigadistas, aviones y helicópteros estuvieron irrigando oportunamente la zona de incendio. Al cierre de esta edición, lo que pudiera ofrecer un peligro respecto al avance de las llamas, es la cercanía de un sistema de torres de conducción eléctrica a las inmediaciones de A Mota, Cerdeiroa y Camposancos. Se encuentra igualmente bajo riesgo una sección del parque eólico de la alta montaña, en especial el tendido eléctrico, que estaba cercado por las llamas.
Pero hay un enemigo silencioso que magnifica estas grandes tensiones: la soledad de muchos ancianos sin otra compañía a veces que animales domésticos y mascotas. Se les observa desvalidos, y con una notable fragilidad de cara a la proximidad de un fuego cuyo cese definitivo es muy difícil predecir.
En la aldea de A Mota, María confiesa: “Yo estoy aquí muy sola, porque hace menos de un año que mi marido murió, pero los vecinos han venido a preocuparse, incluyendo los chicos de las brigadas que pasaron por aquí esta mañana a preguntarme cómo pasé la noche”. Se seca las lágrimas con la mascarilla, y tímidamente sonríe.
En Cerdeiroa, una vecina octogenaria se desahoga mirando hacia un galgo y un bulterrier: “Le puse una correa a cada uno de mis perros, por si había que salir. Son lo único que me queda”. La soledad avanza con el fuego, pero el calor humano la hace retroceder.
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