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En una ciudad en la que los consensos parecen imposibles, el modelo de movilidad sí parecía haber conseguido poner de acuerdo a todos. O casi, ya que el actual alcalde, Gonzalo Pérez Jácome, ya demostró en el pasado mandato ir por libre cuando ordenó a su entonces concejal Manuel Álvarez abandonar el Móvete por Ourense. Con todo, tras las elecciones y su llegada al poder, el empeño del edil Miguel Caride en llevar adelante con éxito la transformación parecía ser una garantía, pero poco a poco el intervencionismo de Jácome provocó que el camino se torciese.
"El PMUS era el modelo perfecto, un consenso ciudadano pero él lo fastidió", explica el exconcejal de Movilidad. En todo este tiempo, los cambios en Ourense se han visto marcados por arrebatos o "intuiciones" de Jácome, como él mismo llegó a decir cuando en plena desescalada tras la primera ola de la pandemia decidió cerrar el primer tramo de la rúa Parque de San Lázaro pese a que unos días antes había descartado adoptar medidas de ese tipo.
Esta fue solo una de las controvertidas acciones que, por su precipitación, ponen en riesgo que las peatonalizaciones lleguen a buen puerto y sean aceptadas por la ciudadanía. Ejemplos hay de sobra. Sucedió por ejemplo con la restricción de tráfico en la rúa Concordia, una vía que en teoría ahora solo pueden utilizar los transportistas, vecinos con garajes o usuarios de los aparcamientos públicos. Lo chocante de esta peatonalización es que Jácome la ordenó sin ejecutar antes, como estaba previsto, el proyecto de reforma que instalaría en ella la plataforma única para igualar aceras y calzada y una rampa mecánica. El cambio generó una importante controversia entre los vecinos y comerciantes.
Apenas un mes después de poner patas arriba Concordia, llegaba otro impulso del alcalde ourensano. En esa misma calle, en la confluencia con Santo Domingo, sembraba el descontrol en el Casco Vello al ordenar la bajada de los bolardos que impedían el acceso a aquellos vehículos sin autorización. "Soy el alcalde, baje los bolardos", dijo por el interfono para escenificar la activación de una medida sin el respaldo de los técnicos y de la Policía Local. El PMUS lo dejaba claro: primero la contratación de un sistema de cámaras de vigilancia con lector de matrícula y, cuando estuviese operativo, se desactivarían los pivotes. Nueve meses después, nada se sabe de una licitación de la vigilancia que Jácome vendió como inminente.
No ha sido la única promesa rota en su mandato. Calles peatonales como la del Paseo continúan sin el control adecuado para impedir el tráfico excesivo de vehículos. Todo ello pese a que Jácome aseguraba ya hace más de un año que "se acabaría con la ley de la selva". Sus anuncios sin filtro, sin consultar a sus concejales del gobierno y técnicos, provocaron también confusión al dejar caer la posibilidad de cambiar el sentido de acceso al Paseo para garajes y parkings.
Por otra parte, tampoco se sabe nada de las actuaciones planteadas para mejorar la seguridad en un centenar de pasos de peatones de la ciudad, ya que en muchos de ellos la visión es reducida para los viandantes. El objetivo era elevar estos pasos para obligar a los vehículos a reducir la velocidad. Ese control también se quería imponer mediante la colocación de radares en puntos estratégicos, otra de las medidas contempladas en el plan de movilidad.
Pese al rigor con el que se elaboró ese documento, la foma de gobernar de Jácome en esta materia parece abocarlo al fracaso si no existe un giro de 180 grados. Por el momento, los ourensanos ya están acostumbrados a arrebatos e intuiciones.
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