Brasileiras en la Ribeira Sacra y María Villarino ilustrando

Deambulando

Nos unimos para perdernos por cañones, mosteiros, viñedos abancalados, miradores de esta Ribeira

Las hermanas Maria Helena, Edesia y Santuza Bretas con Paloma y Rosana Lana en el centro, de visita en Elcercano.
Las hermanas Maria Helena, Edesia y Santuza Bretas con Paloma y Rosana Lana en el centro, de visita en Elcercano.

Que cuatro brasileiras por la cuarentena recalen en esta ciudad de turisteo, no cuadraría mucho y menos haciendo el camino de Santiago por la costa, pero es que estas cuatro, tres hermanas y una amiga, tenían en mente la Ribeira Sacra y por eso hicieron residencia en la capital, desde Santiago, por unos días. Helena, Santuza y Edesia Bretas, nombres que no suenan a los habituales brasileiros, se han unido con Rosana Lana para perderse por cañones, mosteiros, viñedos abancalados, miradores de esta Ribeira; nada que ver con la ruta pedestre de una semana que a pie hicieron desde Viana do Castelo a Santiago, por tramos de un camino que los romanos llamaban per loca maritima, una vía de gran circulación por aquella Gallaetia.

Estas chicas, residentes en Brasilia, que en la vida profesional son empleadas de banco o de empresas participadas por el estado, se han caído por acá, ignoro si para retomar raíces de antepasados del norte luso, los que más emigraron a un Brasil después del descubrimiento de las costas del Nordeste por el navegante portugués Pedro Alvares Cabral. Elcercano fue el lugar de vespertino reposo y estudio de los mapas antes de emprender la excursión por la Ribeira de la que maravilladas estas muchachas de orígenes bretones también, como su apellido Bretas indica, que como en casa se sentirían en esta Galicia de tantos lazos con la Bretaña francesa.

María Villarino, profesora en Ponteareas se ha llevado el premio Deputación, llamado Dora y Pura Vázquez, por las ilustraciones de un libro de cuentos infantiles en gallego titulado As Historias da Ogra Pinta, compartido con la autora Anxela Gracián. Me encuentro por acaso con esta hija del amigo y laboral colega Carlos Villarino de la que ignoraba esta afición a ilustrar de quien en docente trashumancia anduvo por Alicante, Sevilla y ahora Galicia como deambulando hasta tener puesto aquí.

María que empezó Historia en esta universidad la finalizaría en Santiago, ya con esa disposición para el figurativo e imaginativo que me dice que a veces ni siquiera conoce a los autores de los libros que ilustra, aunque esto del pictórico arte pudiera parecer más próximo a su marido el andaluz Fernando Díaz Mirón que licenciado en Bellas Artes hizo alguna exposición sin animus vendendi. Como las mujeres tiran, acabaría afincándose en Galicia donde opositaría a Institutos previo estudio del gallego; si no llegó a dar clases de esta lengua poco le faltó, pero si de Historia, Dibujo… o lo que las circunstancias demanden allá por Bande. Un profesor de gallego venido del Al Andalus, el culto Sur del Califato islámico en oposición al tosco Norte cristiano, pudiera por paradoja tomarse.

Un paso fugaz, de estos de semáforo, hace que casi choquemos Benito Batán y yo. Así que ni tiempo de intercambiar palabras con quien te ves de año en año, acaso por el llamemos destierro que impuesto se han Gill, su esposa galesa, y él, allá por su casa de turismo rural, a la que ahora en el retiro de la docencia, él que fue de Instituto, amén de delegado de Cultura en su día, y ella, de academia de inglés. Esta entrañable pareja de británica y galaico, de tanta armonía que años ha se han embarcado en ese turismo rural que precisa de empatía por parte de los anfitriones en lo que se convierten recíprocamente a nada que te asomes por la casa pazo del siglo XVIII de Soutullo de Abaixo, que el da Cima a menos de lo se lee.

Benito y Gill, con desmedido entusiasmo, han desechado las comodidades urbanas por los trabajos que la campestre vida a diario demanda, al revés de esos hombres del chalet que poseídos temporalmente de ilusiones trasladan sus ocios al campo y a medida que la prole crece y ellos en años, como el usurero Alfio del Beatus Ille horaciano retirado a la campiña añoraba el bullicio ciudadano de la Urbs, por excelencia Roma, pensando en recoger en los idus el dinero prestado en las calendas, solo que el hombre del chalet cansado de tanta paz acabará por ponerlo a la venta, aminorando el precio cada temporada, cuando, desanimado, incluso se planteará como donarlo a cualquiera que por su heredad se asome. Gill y Benito nunca formarán parte de esa tropa de aburridos de tanta paz como la campiña exhala.

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