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SAMAÍN
Reina la oscuridad a lo largo de las calles de piedra del Casco Viejo. Los reflejos de las velas en el interior de las calabazas juegan a proyectar misteriosos haces de luz sobre las baldosas y los soportales. Y, al fondo de la praza do Trigo, se alza la presencia imponente de la catedral. La esfera blanca del reloj se divisa a lo lejos. Las agujas marcan las 19,15 horas. Los viandantes prosiguen la marcha sin detenerse. Han desempolvado sus galas más terroríficas y se han echado a las calles para celebrar el Samaín, la fiesta de fin del verano de los celtas, y que ayer se conmemoró en la ciudad con actividades del Concello, además de fiestas en colegios y entidades como Amencer o el Ponte Vella.
Familias al completo conforman un ejercito de muertos vivientes, esqueletos y brujas. Lucen sonrisas maliciosas, tienen un aspecto amenazador, se desgañitan en gritos terroríficos y tienen una mirada penetrante. De algún modo y, pese a su obsesión por dar miedo, uno pronto siente cercanía al divisar la comitiva. "¡Me encanta disfrazarme y pasarlo bien!", cuenta Martina, de siete años. Esta bien podría ser la consigna del día y, por extensión, la del desfile de las calabazas.
Imposible permanecer ajenos a lo que es ya toda una tradición familiar, tal y como lo definen el grupo de madres, hijas y amigas compuesto por Ari, Geni, Estela, Sarai y Andrea. "¡É marabilloso, non se debe perder!", reivindica Ari dejándose llevar por el ambiente festivo. Las pequeñas escuchan atentas el espectáculo de sonidos guturales que sirve de música de ambiente y se limitan a asentir y mostrar orgullosas sus trajes "made in casa" emulando personajes de terror. Las clases no les han permitido llegar a tiempo al taller de vaciado y decorado de calabazas pero, como buenas alumnas, traen la suya de casiña, siguiendo el modelo aprendido en los talleres del año pasado. El logrado resultado hace que uno llegue a dudar entre si lo correcto debería ser considerar a la calabaza amenazadora o, más bien, entrañable.
Pablo, de 4 años, confiesa estar un poco asustado, la culpa la tienen en parte los rematadamente feos y tenebrosos trajes que lucen algunos de sus compañeros de verbena. Sin embargo, el disgusto parece que le dura poco y en breve se familiariza con las criaturas terroríficas y los sonidos espeluznantes de Crash Stage!!! que sobre el escenario de la Praza Maior amenizan el baile con instrumentos realizados a partir de material reciclado. Para meterse bien en la celebración, Pablo ha participado junto con su hermano Cristian en todos los talleres. Empezando por la decoración de calabazas y siguiendo por el maquillaje y la creación de chapas.
En el taller de maquillaje a Martina la han caracterizado con tanta expresividad que, a juzgar por sus telarañas y heridas espeluznantes, consigue vencer a los vivos.
Se suceden entre los disfraces continuas referencias a los grandes del terror. El reguero de personas se detiene en la Praza Maior y no precisamente sedientos de sangre, sino de ganas de mover el esqueleto. Para despedir el Samaín hasta el próximo año, Freddy Krueger alza sus garras diciendo adiós.
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