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LA NUEVA OURENSANÍA
“En la cuarta república, mi abuela hizo una casa a base de vender empanadas”, explica Carmen Crisber Hernández Mejías. Su segundo nombre, como el de tantos otros en Venezuela le viene por sus padres, “Cristina y Bernabé”, aclara. Estos apelativos popurrí son muy de la cultura de allá, se vive a través de los hijos, de forma también literal.
Nació en Caracas, pero pasó su infancia en la región de Barlovento, en un pueblo llamado El Clavo, donde la actividad principal es la siembra y secado del cacao. “Mi padre es carnicero”, se diferencia Carmen, que comenta que en su casa ni frío ni calor en términos de cuartos, pero que quizá por ese negocio propio fueron pasto de los malandros en alguna ocasión. “Mi padre no es millonario, pero tiene un par de gandolas”, explica. “Mi abuela fue secuestrada en un par de ocasiones”, añade. “Llamaban amenazando con enviar sus dedos”, recuerda Carmen.
De esos trances salió la familia, aunque la vida sigue sin ser fácil. “Ahora están pasando por un momento difícil, como cualquiera que no esté con el gobierno”, aclara.
Opina Carmen que muchos de los delincuentes de aquella época están ya muertos y otros emigraron. “Siempre se dice que alguien del pueblo es el chivato”, comenta, más allá de eso, pasado el suceso la familia prefirió no saber nada.
“Soy la mayor de cinco hermanos”, comenta Carmen. “Mi hermano quiso dedicarse al béisbol, conseguir una firma de grandes ligas, lo luchó pero no lo logró y eso que era muy bueno”, explica. “¿El factor suerte existe?”, se pregunta. Con el tiempo fue aceptando lo que tocaba hasta que se fue a la América rica, atravesando el bestial Tapón del Darién, uno de los corredores migratorios más peligrosos del mundo, de pura selva prístina, que conecta Colombia con Panamá y que hay que atravesar para llegar a los Estados Unidos a pie.
Otras dos hermanas son enfermeras, y la pequeña está en Caracas con su madre soñando con convertirse en modelo profesional. “Aún cursa bachillerato, pero le gusta el modelaje, a ver qué consigue”, explica. Enseña Carmen unas fotos de la joven que tiene quince años en un posado muy Rita Hayworth, y cierto es que, contemplando su belleza, una se pregunta por qué unos triunfan y otros no. En un país con una de las crisis migratorias más importantes del mundo, aferrarse a un clavo ardiendo está a la orden del día.
Carmen Crisber acabó en estas tierras porque la hermana de su marido ya llevaba dieciocho años aquí. Sus suegros son de aquella zona y apoyados por esa parte de la familia se decidieron a venir. “Mi esposo entró con una visa de trabajo en un taller mecánico, aunque ahora tiene una furgoneta y trabaja en reparto”, explica. “Aquí estamos bien, me gusta esto, pero el tema del empleo a veces me aflige”, confiesa Carmen. Licenciada en Derecho ha decidido no homologar su carrera porque casi sería como empezarla de nuevo. Intentamos quedar con ella en varias ocasiones, pero le van surgiendo pequeños trabajos a los que no puede decir que no, como hacer alguna pedicura o algún servicio de limpieza. “Ya sabes cómo va esto, toca hacer un poco de todo”, comenta. Tiene Carmen una niña de dos años, y se dedica a ella la mayor parte del tiempo. “Nai, filla, eu”, recita en gallego. Ya le tocaban unas vacaciones con su marido, pero él es autónomo y por el momento, siendo su trabajo el principal ingreso, difícil es lo de pararse.
Sobre Ourense dice, “he encontrado gente buena”, que quizá sea lo que más le gusta, pero reconoce que anda en una guerra interna con el “qué soy, quién soy, a qué voy, a qué vine”, comenta. “Las cosas no se me están dando como me gustaría”, resume.
El pulpo, el cocido, todo está “sabrosito”, opina Carmen Crisber sobre nuestra gastronomía patria. No se le ve mucha afición por la cocina, aunque confiese que le gusta zampar, pero destaca un plato familiar, que ha podido heredar. “Un pollo a negro que queda como quemado en el caldero, es una receta de mi abuela”, explica.
Remata la entrevista con Carmen Crisber Hernández con unos cuantos titulares. No hay machete de carnicero que achante a un delincuente en Caracas, ni trabajo para los jóvenes de Ourense, así se conformen con hacer camas. Y una última reflexión más importante, que de la experiencia de su familia se extrae: la nación venezolana vive en estos tiempos, un intento desesperado por salvarse.
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