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"Estamos con los últimos toques", nos dice Santiago Couto, Santi, que tiene que interrumpir nuestra conversación un momento porque un cliente habitual se quiere despedir de él. Como todos los que cada día iban a Casa Conde a leer el periódico y tomar el café, que a partir del 1 de enero de 2024 tendrán que buscar otra cafetería para hacerlo. "Hay gente que se alegra por ti, que te desea lo mejor, y otros te dicen '¿Y ahora, dónde voy a tomar el café?", cuenta.
Y es que después de 28 años no hay nadie en Coles ni en los concellos limítrofes que no conozca esta cafetería que Santi abrió, recuerda sin titubeos, el 15 de septiembre de 1995. Aquel año recogió el testigo de sus suegros. Ellos se jubilaban y la tienda que tenían, que también era bar y estanco, iba a cerrar. Santi entonces decidió tomar las riendas y abrir su propio negocio. "Me llena de orgullo haber empezado con un negocio pequeño, pero dejando un negocio grande, formal y al que la gente le guarda mucho cariño", reconoce Santi.
Después de todos estos años ha decidido que es el momento de decir adiós. "Fue una decisión muy difícil, egoísta, pero ahora me toca pensar en mí", confiesa. Problemas de salud, una pandemia y el día a día de un trabajo muy exigente le hicieron tomar la decisión. "Hace unos meses estuve ingresado, por un problema de salud, y ahí fue cuando dije 'Ahora tengo que pensar en mí".
Tampoco fue fácil pasar por una pandemia que se ensañó especialmente con la hostelería. "Fueron años de mucho estrés, con toda la normativa que debíamos cumplir a rajatabla". Pero lo más duro, sin duda, fue la pérdida personal que sufrió: "Mi padre falleció en plena pandemia y no pude despedirme, eso me afectó".
Un cúmulo de circunstancias le hicieron ver que era el momento de pensar en uno mismo. "Llevo tres años sin ir a la playa, no sé si el agua sigue siendo salada o si es dulce", bromea. "He trabajado desde los 16 años y ahora me apetece disfrutar de la vida".
Desde aquel día de 1995, Santi empieza su jornada laboral a las cinco de la mañana, hora de comenzar a preparar la famosa repostería de Casa Conde, y no descansaba hasta las diez de la noche, cuando echaban el cierre. "He trabajado muy duro. Ni el cuerpo, ni la cabeza, están ya para tanto trote", reconoce.
Haciendo gala de su optimismo, Santi asegura que de todo lo vivido, en su recuerdo perdurarán los gratos momentos disfrutados. "Me quedo con lo bueno, todos los clientes, amigos que hice aquí y el cariño que recibí. Lo malo lo aparto, solo sirve para aprender", reflexiona.
Ahora que se retira, solo lamenta una cosa. "Me hubiese gustado que alguien cogiese el negocio, pero la hostelería es muy dura, no interesa". Pero una vez la decisión está tomada, Santi solo piensa en lo que hará con todo el tiempo libre que gana. "Lo voy a dedicar a mí, a hacer cosas que me gustan: viajar y estar con los amigos".
El día de Fin de Año Casa Conde abrirá sus puertas por última vez y para el broche final Santi invitará a los clientes "a un café o una cañita, lo que quieran. Ahora toca vaciar las neveras".
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