Juan José Feijóo
Yolanda, yo sigo
TINTA DE VERANO
Quienes pasaron su infancia en Ourense y ahora peinan canas, tal vez recuerden, como quien suscribe, que, hace cincuenta años, el paisaje de la ciudad presentaba un equilibrio distinto. Al retenerse el agua en la presa Velle, su evaporación constante alimentaba nubes bajas que quedaban atrapadas entre las montañas. Aquella niebla era persistente, fría y húmeda, marcando inviernos que parecían durar meses sin tregua.
El crecimiento urbanístico de las últimas décadas ha transformado la ciudad en una isla de calor. El asfalto y el hormigón absorben la radiación solar durante el día y la liberan lentamente por la noche, impidiendo que el aire se enfríe lo suficiente como para condensar la humedad. Por eso el centro de Ourense registra temperaturas mínimas más altas que en los años setenta, lo que rompe el ciclo necesario para que la niebla perdure.
La fisonomía de la ciudad también ha jugado un papel clave, pues la construcción de edificios más altos y la apertura de nuevas vías de comunicación han alterado las corrientes de aire locales. Los corredores urbanos permiten una mayor ventilación del valle, facilitando que la brisa remueva el aire estancado. Aquella niebla antes pesada y estática sobre las plazas, ahora se disipa con rapidez ante el mínimo movimiento atmosférico.
Para la ciudadanía actual, ver el sol en diciembre ya no es una rareza estadística, sino más bien la norma. La percepción de que la niebla ha desaparecido responde a una realidad climática donde los episodios son más breves y menos intensos. Aquellos días en los que no se distinguía el Puente Romano desde la orilla opuesta forman parte de una memoria colectiva ligada a una ciudad que ya no existe, transformada por el progreso y el clima.
O tal vez sí; pues, a diferencia de la oscuridad, la niebla es un fenómeno que no impide ver del todo. Ése es su efecto más engañoso. Permite distinguir contornos, luces lejanas, figuras borrosas que parecen suficientes para orientarse. Uno cree saber dónde está, aunque en realidad solo alcance a ver unos pocos metros por delante. Es la confusión que no nace de una ausencia total de referencias, sino de la falsa sensación de claridad que produce lo incompleto.
Además, la niebla produce otro efecto curioso, porque altera la percepción del ruido. Los sonidos llegan amortiguados, distantes, como si todo ocurriese detrás de una pared invisible. Tal vez por eso ciertos debates suenan menos estridentes de lo que deberían. No desaparecen: simplemente, se difuminan; se convierten en un murmullo constante al que terminamos por acostumbrarnos, hasta dejar de prestarles verdadera atención.
Sin embargo, la niebla nunca es completamente inocente. Obliga a reducir velocidad, pero también favorece al que aprende a moverse mejor que otros dentro de ella. Siempre hay quien conoce el terreno, quien distingue señales invisibles para el resto, quien sabe orientarse incluso cuando los demás avanzan a tientas. Y en esa diferencia de visibilidad suele esconderse también una diferencia de poder, aunque pocas veces se reconozca abiertamente.
Cabe entonces preguntarse cuánto tiempo más estamos dispuestos a caminar así, viendo apenas unos metros por delante. Porque, tarde o temprano, la niebla acaba levantando. Y entonces reaparecen las calles, las fachadas, las grietas y también las responsabilidades. La ciudad volverá a verse con nitidez, aunque no siempre guste demasiado lo que se descubra cuando el paisaje deje, por fin, de estar difuminado.
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