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HUELLA DEL TERRORISMO
La memoria del terrorismo en Ourense siempre estará ligada a la figura de Miguel Ángel Blanco, cuyos restos descansan en Faramontaos tras traerlos su familia desde su Ermua natal. Como en el caso de Blanco, la memoria del terrorismo está casi siempre vinculada a las víctimas mortales que dejan tras de sí las bandas, opacando al mismo tiempo a muchos supervivientes que debieron rehacer su vida arrastrando secuelas de su enfrentamiento con los criminales.
Para reparar la memoria de estas personas, que solo pudieron acceder a su reconocimiento de víctimas del terrorismo a partir de 2011, la Fundación Centro para la Memoria de las Vícitmas del Terrorismo ha realizado un estudio en colaboración con el Ministerio del Interior que intenta explicar la trayectoria de estas víctimas y la gravedad de sus secuelas. Bajo el título “Un rastro de sangre. La historia de ETA a la luz de los heridos que causó”, recoge 5.000 casos de supervivientes de estos atentados que sufrieron heridas de distinta gravedad.
“La idea de este estudio surge en 2018, un momento donde ETA acababa de anunciar el cese de la violencia, y las investigaciones sobre su actividad empezaban a poner a las víctimas en el centro”, explica María Jiménez, profesora de la Universidad de Navarra y coordinadora del estudio, “pero había un colectivo que había sufrido el terrorismo del que no se estaba hablando: el de los heridos”. Para intentar conocer la realidad de estas víctimas, el equipo de Jiménez se puso en contacto con el Ministerio del Interior. “Nos enviaron un listado donde se establecía que en torno a 5.000 personas habían resultado heridas por actividades terroristas. Lo que hicimos fue establecer la trayectoria de estas víctimas y la gravedad de las secuelas”.
Un minucioso trabajo de investigación que hizo aflorar varias historias, “seguimos actualizando el listado, porque nuestras investigaciones nos han permitido localizar a gente que ha sufrido secuelas, pero que no sabía que podía solicitar la condición de herido por el terrorismo”, comentaba la profesora Jiménez.
Ourense no escapó a las actividades terroristas, localizando el estudio de la fundación hasta diez casos donde alguno de los heridos era vecino de la provincia. El mayor número de víctimas lo encontramos en el año 1990, en el atentado de la sala Clangor de Santiago, con dos heridos de Ourense. Policía Nacional y Guardia Civil, por su condición de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, fueron también los principales objetivos de estos ataques, encontrando en esta historia, además, un secuestro en San Cibrao das Viñas.
El agente Celso Ratón Míguez resultó herido junto a su compañero Gerardo Núñez Martínez en un tiroteo ocurrido en el barrio de Coia reivindicado inicialmente por la Liga Galega Armada y posteriormente por el Grapo.
Un comando de ETA con cinco integrantes entra en la casa de Jacinto Zulaica Iríbar, empresario afincado en San Cibrao, y lo traslada hasta Cestona (País Vasco), donde lo deja en una cantera con un tiro en cada pierna. Parte del comando retuvo a su familia.
El cabo de la Guardia Civil Juan Salgado Fuentes, que tenía 29 años, sufrió tres heridas de bala cuando ETA ametralló el vehículo donde viajaba en el alto de Huici, en la localidad navarra de Leitza. Los terroristas remataron el ataque con una granada.
Vicente Blanco Lorenzo, natural de Vilardevós, tenía solo 22 años cuando ETA atacó con lanzagranadas el coche con el que patrullaba en la zona de Pasajes (San Sebastián), provocándole heridas en brazos, piernas, tórax y cara.
Un vecino de Ourense sin vínculos con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado figura entre los heridos que dejó el lanzamiento de ocho granadas contra el cuartel de la Guardia Civil en Llodio (Álava) que no causó víctimas mortales.
Cristina Martínez Constenla y Alejandro López Espinosa se contaron entre los 40 heridos con los que se saldó el ataque del Exército Gerrilheiro do Povo Galego Ceive contra una discoteca de Santiago, donde dos terroristas murieron.
Un agente ourensano de la Policía Nacional sobrevivió al estallido de un coche-bomba detonado por ETA al paso de su patrulla en el Paseo de Errondo (San Sebastián). El blindaje del vehículo policial hizo que los agentes solo sufrieran heridas leves.
El agente de policía Francisco Javier Ferreira sufrió diversas quemaduras cuando se detonó un explosivo colocado bajo su coche, con el que se había desplazado por Basauri camino a su puesto de trabajo. ETA ya había asesinado a su padre en 1979.
Erika Folgoso solo tenía 20 años cuando resultó herida leve por la explosión de un coche-bomba al paso de su patrulla de la Guardia Civil en San Sebastián. Ella y dos de sus compañeros pudieron participar al día siguiente en la festividad de su patrona.
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