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“El vivo vive del bobo”, comparte Francisco Pastrana (Colombia, 1996) un proverbio de su país. Emigró para darle una educación mejor a su hijo, porque considera que la suya propia, en según qué aspectos, está dañada. “Allá si no eres un tramposo, no triunfas”, opina. Sabe bien de lo que habla porque con su guitarra se peinó la nación entera de mariachi bajo pedido por todo tipo de casas. “De las más humildes a las millonarias”, apunta.
Originario de Isnos, un pueblo del departamento del Huila, marchó de casa con once años, dejando atrás a una madre muy joven de bajos recursos y a un padre autoritario al que dinero no le faltaba. “Hice doce horas en lancha hasta Puerto Carreño, en la frontera con Venezuela”, comenta, y emociona imaginarse a un Pastrana niño navegando el río Meta, por la Orinoquía colombiana, dejando atrás tristezas que no detallaremos, y “una zona verde, similar a Galicia, o el salto de Bordones, una de las cascadas más altas latinoamericanas”, explica. Recuerda Francisco de su pueblo “la cultura agustiniana”, un parque de esculturas indígenas talladas en lava volcánica, “la mejor panela del país”, y describe un edén de tradiciones y grandezas haciéndole un gran agujero a otros fragmentos familiares. “Mi caso es común allá, yo tenía dos opciones: o aventurarme, o perderme en las calles”, concluye.
“Como un presidente de mi país”, dice en relación a su apellido, Francisco Pastrana. Se define como “guerrero”. Sobra decir que su historia lo avala, pero algo de constelar debe de haber pues, al hilo de la América precolombina bromea con que si no fuera por Cristóbal, hoy se llamaría “garra de tigre por ejemplo”. Felino manso, este Paco no araña. La vida le llevó a Bogotá con catorce años tras ese preludio de tres, con un pariente en un comercio de ropa, en el departamento de Vichada. “Después la música lo fue todo para mí”, cuenta sobre el período en la capital. “Trabajé con grandes artistas como Alan Ramírez o Yeison Jiménez, en importantes bares como La Chula, de música mejicana en vivo, también grabando, produciendo, y nunca estudié como tal”, confiesa un mariachi que ha tenido clientes de más y menos poderío, personajes célebres “y hasta presidentes como Iván Duque o Álvaro Uribe”, revela.
“Toco guitarra, vihuela, guitarrón, casi todos los instrumentos de cuerda y canto un poco”, habla Francisco de “Mariachi Juvenil Mi Tierra”, su agrupación de música mejicana por encargo de tres, cuatro, cinco o siete componentes, “para todos los bolsillos”, aclara. Una hora en formación mínima de serenata ronda los doscientos cincuenta euros, y se contrata para eventos, homenajes y situaciones varias. Reivindica el artista un género “muy completo porque escuchas música clásica, cumbia… no solo ranchera”. Y cuenta que ya aquí recorrió Galicia entera con su mujer, trajeado con sus grecas plata y su moño charro. “En un año hice más de 150.000 kilómetros”, comenta.
Llegó aquí en 2022 tras una primera intentona en 2020 que lo devolvió a su pueblo. “Hubo un paro fuertísimo”, explica, y continúa: “Mucha gente empezó a ser reclutada por el ejercito de Liberación Nacional y me preocupaba”. El conato fallido se quedó en un periplo pesadilla. “Estuve tres semanas en Madrid pidiendo asilo, la peor experiencia del mundo, horrible, una cárcel, una barbarie”, revela con tristeza. Dos años después, esa madre que lo hizo como pudo y supo siendo el niño, le escribió una carta que le permitió volver y establecerse. “Ella había venido aquí antes por una amiga”, explica.
En Ourense tuvo un bar, que no le fue como esperaba. Aún montará Francisco La Chula das Burgas, donde hará sonar sus tonadas. “Ese fue mi sueño siempre”, confiesa. “Algo armonizante, pero muy bonito y elegante”, versa en rima consonante el trovador. “La vida mariachi es una maravilla”, sube el tono y el espíritu, “pese a lo poco valorada que está”, desciende el alma.
Comparte Francisco una anécdota curiosa sucedida en Bogotá, de cuando fueron a homenajear a la amante de un hombre misterioso que, ¡sorpresa!, resultó ser mujer casada, y que cuando allá se plantó la formación a modo de lindo presente, ¡desconcierto!, se topan nada menos que con la esposa del que cantaba. “Obviamente no hubo serenata”, cierra Pastrana el telón de este espectáculo.
También aquí le pasaron cosas como el señor que le pidió que fuese a cantar “cielito lindo canta y no llores, solo esa canción”, puntualiza, al político que estimaba perdedor durante las elecciones. “Su partido ganó, no hubo tema”, ríe la jugarreta pese a que en lo económico se quedó como estaba.
“Cantar en las calles, en los buses… la música es vida, para mí es todo”, concluye. Los vídeos en sus redes dan prueba de cómo toca y canta, pero lo simpático que es, lo decimos hoy aquí, por si no quedase claro que ser mariachi es como hacer magia o vivir el “clown”, que te pueden lanzar un tomate que el artista extrae la salsa e impregna al mundo con ella.
“Te has ganado una serenata”, grandes promesas de Francisco Pastrana, hombre de apellido político, y profesional del entretenimiento por encargo. Tan-ta-ran-tan tan. Suenan las últimas notas de un número mariachi que ya se ha producido.
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