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HEMEROTECA
Los principales acontecimientos ocurridos tal día como hoy en Ourense, con la hemeroteca del periódico La Región.
Desde las doce de la noche del sábado, el barrio de San Francisco, uno de los más populosos de la capital, se quedó sin agua. Naturalmente, la falta del “líquido elemento”, cuya ausencia resultó imprevisible, causó serios y plurales trastornos en todo el barrio, no solamente en los hogares, sino en los establecimientos públicos del mismo.
Todo ello, a consecuencia de la rotura de una de las principales tuberías de abastecimiento de la traída general, que provocó el corte del suministro.
Al fin, desde las primeras horas de la mañana del lunes, la brigada municipal se empleó a fondo en reparar la avería, quedando el problema resuelto a mediodía.
En la mañana de ayer, nuestro fotógrafo Reza logró estas estampas en las que puede observarse cómo el agua es trasladada en cubos a los domicilios, uno de los fontaneros procediendo a la reparación y un surtidor provisional que distribuye agua mientras la avería no es reparada.
Foto de Reza (1974)
Blanco Amor le ha escrito a don Antonio Rey Soto, escribe de tarde en tarde. Acaba de pasarse un año en Chile, explicando Literatura Medieval desde los Andes al Pacífico.
Entre tanto su novela orensana “La Catedral y el niño”, cual si las viejas piedras a cuya sombra escribo se hubieran fundido, va extendiéndose a modo de lago áureo. Lo digo sin imagen excesiva, porque espera la traducción al portugués, francés e inglés, y algún día, cuando Galicia salga de su marasmo, también será vertida a la lengua que “La Catedral y el niño” necesita, a la dulce lengua secreta en la que fue sentida. “Hay fachadas arqueológicas que a mi me hablan tanto que casi me aturden. Sin ese poder, sin esa vocación de entrometerme y vitalizar en mi -casi a revivir- ese tramo del pasado, mi ‘Catedral’ no hubiera sido nunca escrita. Lo más vivo en ella es lo más muerto, las viejas piedras, amadas, evocadas, sufridas hasta la ternura del más consanguíneo suceso personal; anécdota y suceso entrañable, respiración y ritmo cardíaco casi”.
Es innecesario decir más sobre “La Catedral y el niño”, pero es necesario leerlo, libro fabuloso, abrumador, frente a la fiebre novelística de la Península.
¡Cuando la novela de Orense llegue a Orense…! ¡Qué mundo ¿verdad?, qué mundo absurdo éste en el que un pueblo tiene su novela -su crónica poética- y no la conoce! Algún capítulo, el de la Ramona del “Pichagrís” que sube a batir las campanas y el niño, allá arriba, siente impulsos suicidas, debiera ser leído en nuestra ciudad públicamente, desde el “patín” de don Juan de Austria. La gente, apeñuscada hasta Santa Eufemia, viendo la torre del campanario. Probablemente se produciría algún milagro, las campañas de la Catedral romperían a tocar solas.
ENVÍO: un abrazo, querido Blanco Amor, y mi agradecimiento a Xavier Bóveda. ¿Cuándo vendrán ustedes a mojarse en la lluvia de Orense para que nos conozcamos? Alguien, muy querido, me conminaba hace unas tardes lo que debo hacer. Es como si me hubiese preguntado: ¿Potestes bibere calicen…? Nada le contesté.
De la crónica de José Luis López Cid (1949)
En el campo de A Veiga se dieron cita los equipos de Unión Deportiva Castro Caldelas y un combinado del Ayuntamiento de Montederramo que respondía al nombre genérico de Santiago de la Medorra, con triunfo para los primeros por 5-1 con goles de Casiano (2), Javier, Salgado y Amaro frente al “gol del honor” logrado por David.
Los equipos formaron así:
UD Castro Caldelas: Pepe, Remigio, Lorenzo, Feliciano, Salgado, Amaro, Javier, Luis Manuel, Juan, Casiano y Víctor.
Santiago De La Medorra: Odilo, Ramón, Carlos, Pinturas, David, Pepe, Isaac, Luis, Juan (Calula) y Rodríguez.
Tarde nublada, con intervalos de sol y nubes que depararon al final una fina lluvia.
Lleno el estadio a causa de los seguidores de ambos bandos. Terreno en aceptables condiciones.
Podemos considerar este abultado tanteo como un resultado lógico presumible para muchos aficionados de la UD Castro Caldelas, un bloque sólido capaz de doblegar a un equipo como el de Santiago que aún no se le tenía en mucha estima.
Por todo, resultó un partido entretenido, jugado con corrección y sin novedad.
De la crónica de José S. Rodríguez (1974)
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