José María Zayas, desde Madrid hasta Ourense: memorias de un electricista en los Saltos del Sil
José María Zayas llegó a Trives con 18 años para construir la central eléctrica de Ponte Bibei, la que ayudó a recuperar la luz tras el gran apagón. Regresa 50 años después a sus entrañas.
A veces, los viajes que cambian una vida comienzan con poco equipaje. El de José María Zayas Pérez, un joven madrileño de apenas 18 años, fue, hace cinco décadas, uno de ellos. Con una maleta ligera y muchas ganas de trabajar, se subió a un tren rumbo al noroeste. Lo esperaba un rincón de Galicia donde se gestaba una de las grandes obras hidroeléctricas de la época: la central de Ponte Bibei. Aquel viejo ferrocarril, que tardó más de doce horas en llegar a A Rúa, lo llevaría no solo a un destino laboral, sino al lugar donde encontraría su hogar, su familia y el amor de su vida. Hoy recuerda, como si fuera ayer, sus años en una de las obras más importantes de la España de los 60.
José María comenzó su formación en electricidad muy joven, en lo que entonces se conocía como Oficialía, hoy Formación Profesional. A los 16 años, y aún en fase de aprendizaje, empezó a trabajar en una empresa alemana de montajes eléctricos que colaboraba con Saltos del Sil -la histórica compañía que hoy conocemos como Iberdrola-, para convalidar los dos años de estudios que aún le quedaban. Pero nada se parecía entonces a lo que estaba por vivir en la cuenca del Sil. En apenas dos años lo destinaron a Galicia para incorporarse al montaje eléctrico de la nueva central. Para poder hacerlo –recuerda- “tuvieron que acelerar mi reconocimiento como oficial de tercera, un trámite imprescindible para entrar en la obra”.
La central de Ponte Bibei, con 315,32 MW de capacidad instalada, se puso en marcha en 1964 en Manzaneda. Con un salto de 356,6 metros, aprovecha el agua del río Bibei para generar electricidad y es una de las piezas clave de Iberdrola. La compañía lleva más de 80 años en la comunidad a través de Saltos del Sil que a su vez fue integrada en Iberduero y, actualmente, en Iberdrola, dando continuidad a la actividad económica, industrial, de generación y autóctona.
Del edificio de mando a la central
Corría el año 1962 cuando llegó por primera vez a la zona. Inicialmente, trabajó durante unos meses en Manzaneda, en el edificio de mando de Saltos del Sil, pero en cuanto comenzaron las tareas de instalación en la central fue destinado, junto a otros oficiales, a la central. Su cometido era claro: encargarse del montaje del alumbrado eléctrico en distintas zonas de la central, incluyendo la bóveda, las oficinas, las galerías y el túnel del grupo auxiliar. “Instalábamos tubos, focos, enchufes, de todo. Recuerdo incluso haber estado dentro del caracol de la turbina”, dice, con una sonrisa que mezcla orgullo y nostalgia.
José María recuerda bien la magnitud del proyecto. “Allí había gente de toda España, vascos, catalanes, madrileños, y de fuera, franceses, alemanes…”, cuenta. “Ingenieros, operarios, ayudantes, peones. Algunos vivían en los poblados de Manzaneda, especialmente los empleados directos de Saltos del Sil. El alojamiento para nosotros era básico, pero suficiente: residencias con habitaciones individuales, a pocos metros de la central”, recuerda. Las jornadas eran largas, de diez horas diarias, y se trabajaba también los sábados “y a veces incluso los domingos”, pero José María lo recuerda sin amargura: “Fueron años felices, de juventud, de trabajo duro y de vida buena”, asegura.
Entre esas memorias, José María guarda un respeto especial por la imagen de las mujeres que, pico en mano, abrían camino entre piedras y tierra de Manzaneda a la central. “Eso sí que no se me olvida. No había maquinaria, y ellas estaban con un mazo construyendo la carretera. No eran solo espectadoras del progreso, sino protagonistas silenciosas”, comenta.
Pero además del trabajo, en el Trives de entonces, pequeño, pero vibrante, había espacio para el ocio. Tenían cuatro bares -los únicos con televisión- y un cine con dos pases a la semana, donde el tiempo libre se convertía en tertulia, en comunidad. “Aquel rincón de Galicia era una gran familia”, dice Zayas, que aún evoca con emoción los inviernos de nieve persistente, y los veranos de sol, donde el trabajo no cesaba. A pesar de las condiciones, el recuerdo que persiste no es el del cansancio, sino “el de la camaradería, la dignidad del esfuerzo compartido”.
La caja de los recuerdos se abre
Fue en uno de esos fines de semana de ocio, cuando subían al pueblo para “tomar algo” o ir al cine, donde José María conoció a Pilar, una joven nacida en Monforte de Lemos que vivía en Trives porque su padre y sus hermanos también trabajaban en la obra. Fue amor a primera vista. El destino quiso que sus caminos se cruzaran en medio de una obra hidráulica. La historia que comenzó entre túneles y alumbrado eléctrico sigue escribiéndose. Se casaron y, desde entonces, no se han separado. Se instalaron en Ourense, donde vieron nacer a sus tres hijos. Hoy ya presumen de ser abuelos.
El pasado 29 de abril, algo removió todo eso. José María leyó en La Región que la presa de Ponte Bibei había sido clave para restaurar el suministro eléctrico tras el apagón, y algo se encendió en su interior. Al instante, su mente viajó en el tiempo. Con voz contenida por la emoción, cuenta lo que sintió al saber que aquella obra que ayudó a levantar -con sus propias manos, con cables, planos y jornadas eternas- seguía siendo vital, útil, viva: “Fue como si se me abriese una caja. Pensé: ¡Mira tú por dónde, todavía sigue ahí, funcionando!” dice, emocionado. Porque lo que él ayudó a construir sigue vivo, sigue dando luz a muchos gallegos y sigue siendo útil. Y eso, para alguien que dedicó su vida a llevar electricidad a los rincones más difíciles, vale más que cualquier reconocimiento.
La central sigue allí, firme entre montañas, y con ella, el legado silencioso de tantos hombres y mujeres que convirtieron una obra en una historia compartida. Porque, a veces, las infraestructuras no solo mueven energía, mueven vidas. Y hay memorias que nunca se apagan del todo.
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