Juan Fernández: “Miravé”, léxico de Colombia que anima a un emigrante

LA NUEVA OURENSANÍA

Tranquilo y con bastante morriña de su tierra, Juan Fernández Barrero rompe el estereotipo de colombiano fiestero y alegre que no perdona un feriado en los bares.

Miriam Blanco/ Marta Vázquez
Publicado: 13 ene 2025 - 04:00 Actualizado: 13 ene 2025 - 08:34
NUEVA OURENSANÍA | Juan Fernández

Educado, bello, discreto, diría de Juan Manuel Fernández Barrero si me lo volviese a encontrar de casualidad por la calle. Cruzaba un día soleado por un paso de cebra y, ante el atrevimiento de asaltarlo por su origen, para que nos cuente obras y milagros, responde con una sonrisa asimétrica, un lado de la boca ejecuta, pero el otro no acompaña. “No sé qué tan interesante sea mi historia”, dirá días después por teléfono. Siempre hay de dónde rascar Juan, comparte con nosotras qué haces de este lado. Así sea, se decanta finalmente por darnos una cita un mes después, su historia es efectivamente sencilla, pero tampoco nos falló el olfato. “Tengo una prima por parte de padre que lleva aquí cuatro años y me animó a venir”, aclara. Está Juan en el proceso de obtener su documentación y como puede se va manteniendo por estos lares. En su Colombia natal era técnico en sistemas integrados de gestión, “lo que tiene que ver con la calidad del medio ambiente y seguridad en el trabajo”, comenta. Ubicado en una constructora velaba por el bienestar de los empleados, pero con un salario, según Juan Manuel, un tanto bajo.

Allá dejó a sus padres y un hermano mayor. “Mi papá trabaja como conductor para una aplicación, mi hermano en una bodega a las afueras de Cali y mi madre en casa”, explica.

Vecino de Los Guaduales, un barrio de la capital del Valle del Cauca, reconoce que allí tenía una vida “un poco pesada”. “Bandas delictivas que establecen fronteras invisibles para controlar los espacios por drogas…”, relata, aunque explicita que como parte del entorno desde siempre “uno ya sabe cómo moverse para evitar altercados”.

Le preguntamos, como hombre joven que es, cuán fácil o difícil es mantenerse en un entorno así, al margen de marrullos y desmanes, y opina Juan que la familia es fundamental en estos casos. “Mi suerte fue que mis padres me inculcaron desde pequeño acerca del bien y del mal, y nunca me llamó la atención ese mundillo”, comenta. “Siempre fui del colegio a casa y viceversa, con los años al trabajo”, añade. Por su timidez, su forma de hablar y sus ademanes difícil sería colgarle el San Benito que acompaña a los nacidos en lugares señalados.

Vive ahora Juan en A Ponte, con una pareja, en un piso alquilado. “Yo tuve bastante suerte, pero por lo visto es difícil encontrar habitación”, comenta. Algún caso hemos topado de migrantes que denuncian que viven en apartamentos de alquiler cuyos propietarios, o en su defecto regentes, no les permiten empadronarse.

Si le preguntan por un sueño, le viene a la mente el retorno. “Me entristece la idea de que todos mis seres queridos se vayan yendo mientras yo estoy acá”, confiesa. Claro queda que por gusto no emigró, y que tampoco experimentó la grata sorpresa de, repentinamente aquí, petarlo. “Las cosas son como son”, explica con elegante resignación Juan, que sale poco, y como mucho “a comer, de bailar y eso nada”, comenta.

“Siento que la gente es amable y cálida, pero a veces… la vida es así, pues hay que hacerlo”, resume Juan el relato de una migración que se parece bastante a la que vivieron muchos de nuestros antepasados. Queremos animarle porque se nota que está un poco plof y de nuevo, de gentileza hace gala. Acepta los consejos que no pide con su semblante plácido, y no hay mejor comportamiento que este para hacer reflexionar a su interlocutora (en mi cabeza: quién me mandaría a mí, meterme en los asuntos de nadie). Fácil es hablar, lo de ponerse en su pellejo son otros cantares.

“Hay que ser fuertes”, de nuevo la media sonrisa de Juan, sincero su rostro al arrastrar esa frase. “¡Leite!, ¿café con leite cierto?”, ahora sí, una sutil carcajada conseguimos arrancar a este caleño, mientras su mano acaricia un anillo inquieto. El gallego lo va digiriendo, pero su sino lo describe una expresión colombiana que tuvo a bien compartir en otro momento. “Miravé”, dicen en su tierra, para animar a experimentar la otredad, en su caso el destino incierto.

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