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LA NUEVA OURENSANÍA
Allá nos vamos, a una carretera oscura a las ocho de la tarde para que nos dé audiencia Julián Andrés Osorio Reyes, algún día escolta en su Colombia natal, hoy mensajero cuando se pone el sol, pero también cuando raya el alba. “Desde que cargas el camión hasta que terminas”, comenta sobre horarios laborales en un parquecito en Vista Hermosa, bajo puentes y circunvalaciones, allí donde se plantan porteadores profesionales, y algún oportunista de la carga y descarga. “Llegué a entregar 160 paquetes en un día”, revela otro día por teléfono, el dato nos deja estupefactas.
Nos cuenta que llegó en 2007 a Ourense, siguiendo a sus hermanos. Entró con todo en regla y un contrato de trabajo. “Estuve con el señor Elías un año”, comenta, no se olvidan esas cortesías, con el paso de los años. Su hermano estaba de carpintero aquí, y en el sector le tendió una mano.
Su familia es de origen rural, años ha sus padres trabajaban el campo. “Sevilla, en el Valle del Cauca”, revela sobre las raíces de los suyos. Tiempo después la familia se mudó a la gran urbe próxima, la conocida ciudad de Cali.
Respecto a lo de andar con chaleco y armas de fuego reconoce que era excitante. “Me encantaba porque viajaba mucho”, explica sobre aquel menester. En el presente, y a otro nivel, sigue con su actual trabajo de baile, pero la vida del pistolero no es fácil, y cuando llegó la oportunidad decidió dar el salto. “Alguna vez tuve que ir a ayudar a compañeros que atacaban a balazos”, comenta sobre la inseguridad y los riesgos por los malandros. Se reinventó en repartidor Julián Osorio por cuenta propia pasado un año de llegar a España. “Con la pandemia el bum de paquetería fue exagerado”, comenta. Anda en estos momentos entre el estrés de las Navidades y el pasado BlackFriday.
“Un cliente me agarró la mano y me jaló para dentro”, cuenta Julián que cierto día un vecino insatisfecho con un producto se tomó la justicia por su mano y lo quiso “meter en la casa”. “Le llevé unos zapatos contra reembolso y no eran de su talla”, explica. En un plis abrió el paquete el improvisado secuestrador, al que tuvo que convencer con promesas de devolución y buenas palabras".
“Ahora la gente se desespera con los regalos de los niños”, anticipa Julián el problema de Papá Noel y de sus duendes de otros orígenes saturados. “Este trabajo no lo quiere nadie”, comparte entre sonrisas. Así es la magia de la Navidad, las cosas tienen lugar misteriosamente, a costa del esfuerzo de unos cuantos.
Tiene Julián dos hijos de once y dieciséis años. “Son gallegos”, nos cuenta. Vive con ellos y su actual pareja originaria de Venezuela en el barrio de San Francisco desde hace años.
“Siempre me estoy riendo”, dice de sí mismo. Sueña Julián con volver con una pensioncita a Colombia. Cada cierto tiempo vuelve a ver a su madre y hermana, y a disfrutar de las bondades de su tierra. “Mi mamá también ha venido a pasear por aquí”, nos cuenta, y nos da a entender con sus ademanes y un poco con su acento, que aquí ya le conocen en todas partes. “Yo he trabajado mucho en la calle, desde el súper hasta la residencia”, menciona un par de lugares en los que le reconocen cuando pasa.
Juega al fútbol. “En los veteranos del Villamarín”, aclara. Cuando no trabaja ni le da patadas al balón, descansa. “A las diez estoy durmiendo”, comenta, bendito catre. Mientras con él hablamos intercepta un paquete humano por teléfono que viene a ser su hija que del voleibol está volviendo a casa. “Veo a los niños y a la cama”, comenta sobre el ratito que le queda por delante.
Antes de despedirnos y evitar que nos devore “a noite pecha” nos cuenta que hay una chica a la que le ha llevado hasta veinticinco cajas de una conocida franquicia textil en una sola semana. Mucho fashion victim hay por Ourense, y por lo visto también aficionados a los gatos. “Hay casas en las que comen más las mascotas que ellos”, revela. “115 euros de comida dietética que no dura ni quince días”, aclara. Todo esto sabe Julián de aquellos a los que porta bienes materiales y alegrías, lo suyo da para un buen relato.
“¡No compre!”, le dice Julián a una señora que ya lleva cinco pares de los mismos zapatos. Mala cosa el consumo porque hace dar vueltas, peor sería la ausencia de trueque pues le haría estar parado.
“Le puse la mano en el hombro y lo calmé”, vuelve el emisario al vecino ingrato que casi lo retiene por aquella mala compra contra reembolso, de la que hablaba hace un rato. Cerramos la puerta a Julián Andrés Osorio Reyes, mano derecha para hacer la entrega, e izquierda para salir por patas.
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