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Y Dios “el Baranda" de todas las religiones le contrató por noventa días. Quería para blancos, chinos, negros, para todos al mejor ser humano que hubiera trabajado en su ONU particular, en un cuasi teletrabajo…
El dos de octubre Julio Dorado lo anunció en su artículo El silencio del aviador, "éste será mi último escrito”… le sobró un día para cumplir con “el Baranda”.
Julio ha sido en opinión de muchos, entre los más cualificados mi apreciado Monxardín a la cabeza, el publicador con un lenguaje más valiente, provocador y rico en léxico de los últimos años. Tengo la suerte de poderle calificar como amigo desde hace más de treinta años y recordando a Hernández decir qué aunque anunciada “se me ha muerto como del rayo Julio, con quien tanto quería".
Julio terminaba el dos de octubre: "Espero el final con curiosidad, la muerte es el acto más íntimo que hay y aunque sé que llegaré puntual a la cita, ¡por fin!, me gustaría llegar preparado".
Es obvio pero verdad: mucho se muere en el alma cuando un amigo se va.
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