El lobo ibérico: entre el mito y la supervivencia
DEAMBULANDO
Fuimos cuatro amigos de visita al centro de interpretación del Lobo Ibérico en Sanabria un jueves cualquiera. Viaje de escasas dos horas, pero que vale la pena por lo que te encuentras y francamente no esperas, que colma sobradamente el esfuerzo del, digamos, largo desplazamiento que se puede complementar con la visita a Puebla de Sanabria y también saborear los platos sanabreses. Llegados a la Puebla, que afamada por un castillo que sobresale sobre el medieval burgo y también por sus casonas, calles empedradas y vistas, y si me apuran por sus habones, que ya las delicias hacían de uno de los acompañantes, que más en palabras se extiende, que en hechos a la hora de comer, porque parco en manjares.
En ésta más que villa, tomamos dirección sur hacia Robledo donde se halla, un lustro ha, el edificio y cercado de un centro lobuno al que la Junta de Castilla-León ha puesto, con justicia, el nombre de Félix Rodríguez de la Fuente. Un aparcamiento amplísimo denota que en los fines de semana, acaso, insuficiente por lo que en un cuarto de su capacidad un día cualquiera, no espléndido y en cuarentena por la pandemia. Bien pensado el aparcamiento, no a pie de instalaciones si no que para acceder a ellas se ha habilitado un amenísimo camino entre el pinar de repoblación, carballos y un abedular en su mayor parte, entablado con puentes y pasarelas que te introducen en un edificio integrado en el medio, este día inapreciable, porque en obras en la cubierta, y con andamiajes y telones plásticos en su fachada, que luce al lobo en escultóricas planchas de hierro.
Allí se recibe por grupos, ahora reducidos y enmascarados y donde biólogos y veterinarios demuestran la profesionalidad esperada, además de un currículo de estudio del lobo de muchas décadas. Por eso cuando entras con otros siete en una sala donde ya te sorprende una piel de lobo sobre un mesal, lo primero que nos dijo Javier Merino, veterinario, lidiando con el canis lupus una treintena de años, fue: vosotros solo sabéis del lobo un 10 por ciento. Y cierto era en algunos casos, aunque en otros fuera más reducido el porcentaje. Nos gustó el lenguaje improvisado, que debe practicar, por lo que nos dijo, en cada visita, por lo que huye de la monotonía de loro del clásico guía turístico. Nos explicó, entre otras, con cráneos de lobo y mastín, que la presión de las mandíbulas del lobo era cuatro veces superior a las de cualquier cánido doméstico, por lo que sin discusión si un gran perro podría con un lobo, que le asesta un dentellada en el cuello y adiós al canis canis, sea un gran danés, un rodbailer, o un mastín o cualesquiera del género.
Javier, luego de hacer partícipes a los visitantes de todo cuantas preguntas estimulaba, nos llevaría a ver in situ uno de los oteaderos al borde de un cercado donde los lobos, y la sorpresa vino cuando otro biólogo del parque, Carlos Sanz, daba de comer desde una bolsa a una gran camada de lobos, algunos acercándose a comer de su mano y tres, espantadizos que recibían los trozos de carne esparcidos al vuelo. Mientras en esta faena, iba explicando el comportamiento de estos depredadores, en este caso nacidos allí y traídos de otros lugares, porque inmediatamente pasamos con otro grupo, hasta casi completar la veintena a otro oteadero donde el mismo biólogo, que formó parte del equipo de Félix allá por los 90, llamaría a otra manada de macho y hembra, salvajes en este caso, con su camada de tres lobatos, el macho de más de 40 kilos, que subido sobre sus cuartos traseros alcanzaba la talla del cuidador, que continuaba explicando los comportamientos del cánido salvaje, también seguido por la gran curiosidad de todos, que algunos nutridos por los cuentos infantiles de antaño sobre las maldades del lobo feroz de Caperucita, que aún perdura en muchas mentes cuando no por el mito del lobo galaico en la cultura popular, como terrible, sanguinario dignus exterminandi, y esto estuvo en un tris de suceder cuando los cazadores o loberos se dedicaron con saña al exterminio estimulados por una administración y premiados por el ignaro pueblo, y pagados en sus exhibiciones cuando por la ciudad traían al canis lupus sobre sus capots y se asentaban en la entrada del bar Túnel en la calle del Paseo donde los viandantes les donaban con unas monedas, o a esos lobos matados o que atados eran cazados en las loberas, esas trampas o foxos del lobo, y algunos llevados ritualmente a las aldeas para ser apedreados, acuchillados, alanceados o quemados en un más que rito, aquelarre. Y estábamos ya en los años 60 del pasado siglo.
Canis lupus signatus, distintivo del ibérico por unos hileras negras en sus delanteras patas y fauces, el mito a punto de exterminarte estuvo. Hoy centros como el de Sanabria, único en el país, contribuirán a tu conocimiento e interacción en el medio, amén de constituirse en imprescindibles y amenos parques para que nuestros niños se familiaricen con el salvaje cánido y contribuyan a su conservación.
Nosotros nos fuimos de bocata, unos, y otros de sanabreses habones y de treking los cuatro porque Muradellas, su castro, y sus caminos valían más que la pena.
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