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La vida de Marimar Blanco cambió para siempre tal día como hoy. Su hermano había sido secuestrado por la banda terrorista ETA y exigía el acercamiento de los presos vascos para su liberación. Veinticinco años después todavía le cuesta encontrar las palabras para describir el infierno que vivieron en aquellas 48 horas que dieron de plazo los terroristas para evitar su ejecución.
La liberación de Ortega Lara por las fuerzas de seguridad desencadena un deseo de revancha por parte de la banda terrorista ETA. Buscan un objetivo. ¿Por qué cree que eligieron a su hermano?
Ahora sabemos que el jefe del aparato terrorista Kantauri ordenó ir a por un concejal para secuestrarlo y pedir el acercamiento de los presos al País Vasco. Necesitaban un político de manera rápida y mi hermano era una persona de rutinas, con horarios iguales, a pesar de que mi madre le insistía en que cambiara turnos de trabajo y sus hábitos diarios. Mi hermano pensaba que él, concejal en un pequeño pueblo de Vizcaya, no era conocido ni podía ser objetivo de ETA. Lo que no sabía era que a ETA le daba igual altos cargos, que bajos cargos. Lo que querían era una presa fácil, y mi hermano lo era. Querían hacerle daño a él, también a su familia y, por supuesto, a toda la sociedad española.
¿Dónde estaba y cómo recibió la noticia?
Estaba viviendo en Londres. Recuerdo perfectamente que la última vez que vi a mi hermano y pude abrazarlo. Fue un 9 de marzo. Tenía que ir a Bilbao para coger un avión y era muy temprano. Entré en la habitación para despedirme sin pensar que ese iba a ser el último abrazo y la última vez que iba a poder hablar con él cara a cara. En aquella época no había móviles como en este momento. Yo hablaba con mi familia todos los domingos, pero de repente recibo una llamada un jueves. Mi primer pensamiento fue hacia mi padre, que igual había tenido una caída debido a su profesión de albañil. Pero nunca pensé que la vida de mi hermano estuviera en peligro.
¿Cómo vivieron esas 48 horas en el interior de la familia?
Llegué a casa el viernes por la mañana. No había billetes ni hacia Bilbao, ni hacia Madrid debido a las fechas en las que estábamos. Gracias a la implicación de la embajada española conseguí un vuelo que me llevara a casa. En el viaje pensaba que todo era una pesadilla y que me iba a despertar con mis padres y mi hermano esperándome en el aeropuerto. Toqué suelo y fui consciente de lo que estaba pasando cuando entré en Ermua y vi todas las calles empapeladas con la imagen de mi hermano y la frase “Miguel te esperamos”. Recuerdo entrar en casa y llegar hasta la cocina donde pude abrazarme a mis padres. Mi angustia era que no estuvieran solos, que, al menos, supieran que su hija estaba allí. Yo no era consciente del apoyo que teníamos por parte de nuestros vecinos. La casa estaba llena de familiares y de fuerzas y cuerpos de seguridad de Estado que nunca dejaron solos a mis padres. Los vecinos de Ermua estuvieron esos dos días en la calle, mostrándonos su apoyo en todo momento. Fueron 48 horas en las que no tengo palabras para poder describir los momentos tan duros que vivimos.
La sociedad vasca despertó de su silencio. ¿Esperaban esa reacción de los ciudadanos?
No, para nada. Antes de llegar a Ermua me imaginaba a mis padres solos en casa y con la angustia de no saber dónde estaba su hijo. Jamás pude imaginar esas movilizaciones que se vivieron en el País Vasco para exigir a la organización terrorista ETA que liberara a mi hermano. Incluso recuerdo que hubo militantes de Herri Batasuna que salieron a las calles y enviaron comunicados para que lo soltaran. Recuerdo en la manifestación de Bilbao que una señora se dirige a mí para decirme que es de HB y que rechazaba lo que estaban haciendo a su hermano. Le contesté que le agradecía su presencia, pero que si ella y los suyos hubieran estado allí mucho antes mi hermano estaría hoy en casa. La revuelta cívica y democrática que se vivió aquellos días y las manifestaciones posteriores después de su asesinato han marcado un antes y un después en la lucha contra el terrorismo de ETA. El asesinato de mi hermano marcó el principio del fin de ETA y nos trajo a los españoles las modificaciones legales que consiguieron asfixiar a la banda terrorista, como fue la Ley de Partidos que derivó en la ilegalización el brazo político de ETA, Herri Batasuna, o el Pacto Antiterrorista que marcaba unas líneas rojas en las que ningún constitucionalista debería haber cruzado, como es la no negociación con los partidos que ni reconocen el terrorismo, ni reconocen el daño causado, ni piden perdón a las víctimas.
¿Mantuvieron la esperanza de un desenlace que acabara con su liberación?
Eso fue lo que nos dio fuerza durante esos dos días, la esperanza. Si no hubiéramos tenido esperanza no habríamos sido capaces de hacer lo que hicimos, pero no solo los familiares, sino toda la sociedad española. Teníamos que hacer todo lo posible para salvar la vida de Miguel Ángel. Después de la multitudinaria manifestación de Bilbao regresé a casa y le dije a mi madre “amá, hemos conseguido salvar a Miguel Ángel”. Estaba plenamente convencida de que iba a ser así. De hecho, había muchos que pensaban que ETA no iba a dar la espalda a las grandes movilizaciones y que lo acabarían soltando, aunque fuera con un tiro superficial. Cuando se cumplió el plazo de las 48 horas y nos dicen que ha aparecido con un tiro y que lo llevan al hospital de San Sebastián, mis padres y yo vamos felices al hospital, creíamos en su recuperación, en que nos íbamos a abrazar todos y a olvidar esta pesadilla. Una vez allí nos dicen la verdad, que tenía dos tiros en la nuca y que su vida pendía de un hilo muy fino.
¿Se puede perdonar un acto así?
Es algo muy personal. Yo respeto las opiniones de las víctimas del terrorismo que deciden perdonar. Yo, sinceramente, ni perdono ni olvido. Tampoco me han pedido perdón. Y sé que tanto Txapote como Gallastegui, que fueron los autores materiales del secuestro y el asesinato, se sienten tremendamente orgullosos del daño causado en éste y en otros crímenes. Pero a día de hoy ni perdono, ni olvido.
Muchos analistas coinciden en que la muerte de su hermano acabó con ETA. ¿Supone un consuelo?
Al final a lo que aspiras es a que su muerte no haya sido en vano, ni su muerte ni la de las más de 850 víctimas de ETA. Y quiero pensar que ha sido así, que la muerte de mi hermano fue el principio del fin de ETA. A raíz de su muerte, a raíz de esas grandes movilizaciones y de la firmeza política en la lucha contra el terrorismo conseguimos sacar las mejores leyes que posibilitaron asfixiar a ETA y su entorno. Ahora lo que nos queda es derrotar el proyecto político de ETA y sacarlos de las instituciones.
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