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Unas copas en el bar, un conductor sin una pierna y una larga persecución policial quedó finalmente en una anécdota para los amigos. No hubo que lamentar heridos ni detenidos, sino que todos los implicados pudieron dormir en su casa. La noche del martes no se presentaba muy prometedora para René y sus amigos, un grupo de jóvenes de Covadonga que quedaron para tomar algo en su barrio.
Entre unas consumiciones y otras, la consciencia se fue mermando y elevaron en exceso el tono del pequeño guateque. Alguna que otra queja llevó a la Policía Local a pasarse por allí para recomendar a los jóvenes que se marchasen o bajasen el volumen. Entonces, los amigos de Covadonga decidieron desplazarse al Rías Baixas (que está más aislado) para poder continuar. Allí fue donde conocieron a Benito, un hombre de 74 años con el que entablaron conversación.
Ya con él, del Rías Baixas pasaron al bar Stop, unos metros más adelante. Una vez dieron por finalizada su noche, a las 5 de la madrugada, aceptaron subir al coche de este nuevo integrante sénior que, en teoría, les iba a dejar en casa.
Benito arrancó. Pronto empezó a hacer movimientos extraños y la Policía Local apareció tras él. “Nos intentaron dar el alto pero él no frenó”, relata René. Benito pisó el acelerador de su coche automático y entre gritos de “¡Frena, por favor!” continuó la marcha. Los agentes corrían con el furgón en paralelo a ellos y los jóvenes a bordo trataron de buscar algún freno de mano para paralizar el coche. Como al conductor le faltaba una pierna, tenía la palanca de freno en el lado izquierdo, impidiendo así que los jóvenes pudiesen agarrarla.
El ritmo de la marcha no era excesivo, así que el furgón los adelantó y finalmente cesó la persecución. “La verdad es que no íbamos muy rápido y, por suerte, nos dejaron marcharnos. Eran los mismos policías que horas antes nos habían llamado la atención”, relata el pasajero.
Mientras los jóvenes de Covadonga volvían a su casa, el conductor se quedó con los agentes, que también llamaron a la grúa municipal.
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