TRAICIONÓ SU CONFIANZA
Admite que estafó 8.000 euros a un hombre al que cuidaba
Obituario
Tal día como hoy de hace veinticinco años fallecía en Ourense a los 89 años de edad Alejandro Outeiriño Rodríguez, durante décadas director y propietario de La Región. El óbito produjo profunda conmoción en buena parte de la sociedad ourensana, reflejada en la masiva asistencia a la misa de funeral presidida por el entonces obispo emérito de Mondoñedo-Ferrol, Miguel Anxo Araújo, y el sepelio en el cementerio de San Francisco. Incontables reacciones y notas de pesar dejaron constancia del general respeto que Don Alejandro, como era comúnmente tratado por cuantos le conocieron, en atención a las virtudes y méritos con los que se condujo a lo largo de una vida fecunda en lo personal y lo profesional.
Su trayectoria vital transcurrió en torno a tres ejes indisociables: la vocación empresarial, la social y, dentro de esas dos, un ourensanismo militante, que tenía como norte cuanto atañía a su tierra chica. Por ellas le llegaron, entre otras distinciones, la encomienda del Mérito Civil y la Medalla Castelao o y ya en 2010, a título póstumo, coincidiendo con el centenario de La Región, el Concello de Ourense le nombró hijo predilecto de la ciudad y dio su nombre al tramo de calle en la que durante 75 años estuvieron ubicadas las instalaciones históricas del periódico (parte baja de la antigua Cardenal Quiroga). Son los máximos honores que la institución puede dedicar a uno de sus convecinos.
Pero Alejandro Outeiriño fue mucho más que eso. Debajo de la figura esbelta, sobria y elegante que le acogía, iba el empresario de raza que, junto a su hermano Ricardo, convirtió La Región (el periódico y la histórica librería, que era una de sus criaturas preferidas) en referencia imprescindible de la vida de Ourense y marcó hitos profesionales más allá d
e sus fronteras, como la incorporación del sistema de impresión offset a mediados de los sesenta -pionero en España-; la creación de La Región Internacional -ya con su hijo José Luis-, el rotativo más importante de la historia para los millones de españoles esparcidos por el mundo y el de mayor tirada de la historia en el país; la puesta en la calle de Atlántico Diario en Vigo o las agencias de información general Imagen Press y Axencia Galega de Noticias (AGN), por citar algunos de los más destacados dentro del sector de la comunicación.
Para ello contó con dos colaboraciones inestimables: su hermano Ricardo en la primera etapa, que duró hasta los años sesenta, y luego su hijo José Luis, que muy joven se incorporó a la gestión del grupo imprimiendo dinamismo y audacia para alumbrar cada nuevo reto. Ambos constituyeron un tándem indisociable que le generaba un indisimulado orgullo por su hijo, y que éste mantuvo emocionalmente aún cuando ya la edad del progenitor menguaba sus fuerzas.
Desde su concepción liberal de la vida, Alejandro Outeiriño practicó y cultivó el máximo respeto por los demás, llevándolo a extremos inéditos en su tiempo. En el periódico tuvieron cabida después de la Guerra Civil personas represaliadas por el régimen, que en otras partes no encontraban generosidad ni acomodo; al lado, gente que tuvo problemas con la ley -algunos, gordos- y había saldado sus deudas con la justicia; jóvenes difíciles que venían de los llamados reformatorios, o con limitación intelectual. El único requisito exigido a todos era respeto en el comportamiento y solvencia profesional. A cambio, eran acogidos con absoluta normalidad e igualdad de trato personal y económico.
Esto último lo ilustra una anécdota de los años cincuenta, cuando el padre de un empleado se presentó ante él reclamando que se le abonase a él directamente la nómina de su hijo, aduciendo para ello la incapacidad intelectual del mismo. La negativa fue clara y rotunda: el joven cumplía su cometido laboral y gozaba del respeto de compañeros y empresa, por tanto, el salario correspondiente se le daría a quien lo ganaba; todo lo que ocurriese después, sería fuera de las instalaciones del periódico. Era, en la práctica, una política de integración e igualdad que las administraciones tardarían muchos años en abordar y todavía hoy está sin resolver de forma efectiva.
Ese patrón de conducta lo llevaba también a lo personal. Detrás de la apariencia de una seriedad estaba el hombre próximo y cercano que mantenía un trato afable y cariñoso con cuantos le saludaban, que acompañaba con un acusado sentido del humor que desplegaba socarrón, sin perder la compostura. Mientras estuvo al frente de La Región, conocía a todos los trabajadores, interesándose por sus cuitas personales o familiares y por eso hace más de cuarenta años se ufanaba de que la totalidad de la plantilla poseyese coche propio, uno de los signos inequívocos entonces del nivel de vida.
La más diáfana expresión de la preocupación por los suyos fue canalizada a través de la constitución de una cooperativa de trabajadores para construir un edificio de medio centenar de viviendas en As Lagoas, a la que La Región dio apoyo y respaldo de todo tipo -incluido el económico-. El éxito de la iniciativa cayó fuera del ámbito empresarial pero a él le produjo una inmensa satisfacción personal.
Los hermanos Alejandro y Ricardo Outeiriño.
Quienes tengan años suficientes reconocerán a Alejandro Outeiriño en su debilidad por el mundo de la cultura, en su sentido más amplio, y quienes la hacían. Culto, lector empedernido y siempre con libros bajo el brazo, apoyó a todos -a algunos incluso económicamente-. La redacción del periódico funcionó tradicionalmente como un pequeño ateneo en el que convergían a diario para hablar de lo divino y lo humano todas las sensibilidades de la sociedad ourensana, con un nivel intelectual de muchos quilates. Además de dar empleo a personas que llegaron desterradas tras la Guerra Civil, incluso algún militar.
Con él y su hermano Ricardo como referentes, allí tuvieron su segunda casa los padres de la Xeneración Nós: Otero Pedrayo, Cuevillas… el citado Blanco Amor, Luis Trabazo, el pianista y académico Antonio Iglesias o el musicólogo Antonio Fernández-Cid, antes de irse ambos a Madrid; Risco, el Padre Crespo, José González Paz, los artistiñas, Carlos Casares, Ramón Luis Acuña, Conde Corbal, o algunos de la casa como Alvarado o Arturo Lezcano, entre otros muchos, algunos incluso ajenos a ese mundo pero encandilados por el ambiente, como el entonces joven Antonio Tabarés, del que decía siempre “é un rapaz moi listo”, intuyendo la que luego sería una brillante trayectoria profesional.
Veinticinco años después de su muerte, puede decirse que el poso que Alejandro Outeiriño en la historia de Ourense es incuestionable, hasta el punto de que muchas cosas hoy asociadas al ourensanismo serían inexplicables sin su participación e implicación.
Con la viuda de Prego de Oliver (centro) y su esposa, Rocío Rodríguez.
Los mayores de Ourense que conocieron a Alejandro Outeiriño le recordarán de distintas formas, pero su imagen pública más común era recorriendo el Paseo desde su casa en el Parque de San Lázaro a La Región o en sentido contrario. Su figura, su personalidad y la elegancia en el andar, junto con el respeto general que despertaba, hacían que aquel tramo se convirtiese en un continuo saludo a buena parte de las personas que se cruzaba. Todavía había otra más íntima y que a él le generaba especial arrobo, que muchos de sus conocidos destacaban: su presencia abstraída al lado de las estanterías de la librería de La Región ojeando libros y curioseando cuanto de lo que allí había llamaba su atención.
El popular establecimiento -que llegó a ser el segundo más antiguo de España en su categoría-, dedicado a librería, papelería, discos y todo lo que tenía que ver con el mundo de la educación y la cultura, era un negocio que poseía un marcado componente sentimental para él, en el que tenía puesto parte de su corazón y se situó entre los más importantes de España en distribución de papel.
Seguramente en esa especial relación con los libros tenía mucho que ver su condición de avezado lector amante de la cultura. De hecho, a instancia suya, el periódico mantuvo durante años una sección titulada “Libros”, sobre las novedades editoriales que él mismo se encargaba de alimentar. La librería tuvo luego otras instalaciones en las que él creía que había ganado más espacio y modernidad que encanto y romanticismo, si bien lo asumía dentro de la lógica de la evolución de los tiempos.
Fuera del sector de la prensa, destaca otra iniciativa señalada: la estación de montaña de Manzaneda, que durante años acogía a miles de personas cada fin de semana de la temporada invernal. Fue en los albores de los setenta, cuando abanderó la hercúlea idea de convertir las cimas de Manzaneda, en el Macizo Central ourensano en una estación de invierno, que pronto sería de montaña, con actividades a lo largo del año.
Respaldó el inmenso esfuerzo económico que supuso hacer realidad la idea a través de Manzaneda Estación Invernal S.A. (Meisa), en la que tuvo una participación imprescindible su hijo José Luis Outeiriño, con el concurso inestimable de José Manuel Fernández Anguiano, único de los tres que todavía está con nosotros. Poner en pie la estación no fue sólo de dinero -que se necesitaba mucho-, sino un sinfín de obstáculos y barreras administrativas y políticas, que se constituyeron en otra auténtica montaña, aunque virtual.
El empeño, la determinación y el trabajo se impusieron de forma que Ourense y Galicia contaron con unas instalaciones completas, que pusieron en marcha el turismo de invierno en el interior procedente de toda la Comunidad Autónoma, Castilla y León y el norte de Portugal, que generó un importante impulso al desarrollo económico de una zona tradicionalmente deprimida. Detrás, como tantas veces, queda la sombra de Alejandro Outeiriño Rodríguez.
Maribel Outeiriño lee unas palabras en el reconocimiento de Ourense a su padre.
La información y las libertades o la falta de ellas le crearon dolores de cabeza en muchos momentos de los viejos tiempos a Alejandro Outeiriño. Pero su trayectoria en la defensa de los intereses colectivos y sobre todos los de Ourense y los ourensanos, le reportaron también satisfacciones y honores. En 1992 recibió la Medalla Castelao, que la Xunta otorga a personalidades gallegas distinguidas para reconocer su aportación artística, literaria, intectual o de cualquier otro tipo. El presidente de la Xunta entonces, Manuel Fraga, que se la entregó, señaló especialmente la puesta en marcha de la iniciativa turística privada más importante del Noroeste español.
Estaba en posesión, además de la Encomienda al Mérito Civil y, en 2010, a título póstumo, coincidiendo con el centenario de La Región, el concello de Ourense le nombró Hijo Predilecto, al tiempo que dio su nombre al tramo al tramo de calle en la que durante 75 años estuvieron ubicadas las instalaciones históricas del periódico (parte baja de la antigua Cardenal Quiroga -su amigo personal y padrino de su hija Ana). Era alcalde Francisco Rodríguez y la instrucción del expediente de honores corrió a cargo de Isabel Pérez, concejala de Cultura. Ambas son las máximas distinciones que la institución municipal puede dedicar a uno de sus convecinos.
Antes, en 2004, el Liceo de Ourense le concedió la Medalla de Oro de la entidad por la profunda vinculación que don Alejandro mantuvo con la misma a lo largo de su vida, en la que ostentó la condición de socio número 1.
Manuel Fraga le entregó la Medalla Castelao en 1992.
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